domingo, 16 de septiembre de 2018

Las leyes de Newton. Acción Reacción (I)

Durante meses, me fui adaptando, acostumbrando, mimetizando con el entorno hasta convertirme en una usuaria más del gimnasio. Ya conocía a los más asiduos, a los monitores, a los jefes, estaba familiarizada con las máquinas que me servían y con las que me eran totalmente inútiles. No perdía peso, apenas un par de kilos, eso también era cierto, pero lo compensaba el hecho de que cada vez me alejaba más de la zona de los "torpes anti-deportivos" adquiriendo habilidad, destreza y resistencia. 

Una tarde apareció Mari Carmen, una mamá del grupo de mi hija, por el mostrador del gimnasio. Había aprovechado la hora de inglés de la niña para venir a informarse. A todo eso no os he comentado que las niñas hacían la Primera Comunión en mayo. Los más avispados lo habrán captado.

Venía a informarse de lo que ofrecía el gimnasio para ponerse en forma y perder peso. Le explicaron que Víctor la vería, estudiaría su caso, le pondría una dieta y una tabla de ejercicios. El precio era irrisorio y los resultados espectaculares a juzgar por las fotos que nos estaban enseñando (yo en ese momento ya estaba pegadita a ella y seguía atentamente todas las explicaciones) de cambios increíbles como los que salían en "Mi vida con 300 kilos", "Mi familia pesa una tonelada" "Cambio radical: perdiendo peso" y demás programas del DKiss. Pero aún así ella no se decidía y mientras más le explicaban en qué consistía todo, más se me dilataban las pupilas, y de repente me oí a lo lejos decir "apúntanos a las dos. Vamos a hacerlo". No, no tenía otra opción, eso era exactamente lo que había estado buscando y no podía dejar escapar la ocasión de al menos intentarlo. Así que nos dieron cita a las dos para la semana siguiente, una a las 18:30 y la otra a las 19:00 para que analizara nuestro caso el famoso Víctor  del que ya había oído hablar a otras madres sin saber muy bien si era real o si era un mito y que además estaba en este mismo gimnasio.

Pero esa no fue la cita en la que conocí a Víctor. ¿El motivo? Cuando eran ya las 19:50 y la cosa no tenía visos de acabar, toqué a la puerta de la consulta y les dije a los dos (y fue la primera vez que supe quién era Víctor) que no podía esperar más y que pediría cita para otro momento. Sí, fue uno de esos momentos en los que mi macrofobia salió a flote, y como tantas otras veces, perdí el control y me largué. Pero no sin antes pedir cita para otro día.

Y ese día llegaría pronto. El 23 de enero de 2018. El día en el que Víctor se hizo cargo de mi caso. A partir de ese día, el nombre de Víctor se convertiría en "Trending Topic" de mi cotidiano y yo en una más de sus seguidores y defensores de su culto pues no en vano sería el artífice del cambio físico más increíble que he experimentado en mi vida.




sábado, 15 de septiembre de 2018

las leyes de Newton. Fuerza (III)

Cardio y fuerza.

Cumplir con la parte de cardio es lo más sencillo: se trata de alternar el trabajo en la cinta con la elíptica y hacer kilómetros. Nunca me había montado ni en una ni en otra y hasta la fecha, no ha habido ni una sola vez que al montarme a la cinta, no haya imaginado que protagonizaba uno de esos vídeos de youtube donde la gente se escoña. Así que siempre que me subo, tengo que controlar mis ganas de tropezar. Empecé suave, tan suave como andar todos los días 30 minutos a una velocidad media de 6 km/h durante semanas. A ambos lados, hay gente atlética que corre, que suda, con más fondo del que tendré jamás, pero no me preocupa, me conformo con que nadie repare en mí y me deje ir a mi ritmo. 

En cuanto a la fuerza, con paciencia, mi marido me rellenó un montón de papelitos con series de ejercicios. Cuatro series de veinte, cuatro series de quince, alternando las series de una rutina que consiste básicamente en dedicar cada sesión a una parte distinta de la anatomía, el primer día bíceps y pecho, el segundo tríceps y espalda, el tercero piernas y hombros, y vuelta al primero. Cada parte del cuerpo tiene un tiempo de reposo para generar músculo. Al hacer ejercicios de fuerza, se rompen las fibras musculares, y las células crean más fibras musculares para reparar esas roturas. Así es como crecen los músculos.

Durante meses me dediqué a subirme a máquinas que había visto en la tele pero que nunca pensé que acabaría usando un día. Ahí estaba yo haciendo pecho en un press de pecho, o haciendo piernas en un press de piernas, o tirando de las poleas altas a veces para tríceps y otras para dorsales, o de poleas bajas para bíceps, cogiendo pesas a pares, de dos kilos para los hombros, o de cinco para los bíceps, siempre con mis papelitos y mi toalla de un lado para otro. Sólo ha habido una máquina que no he conseguido entender (dados mis antecedentes, nada de qué extrañarse): la máquina de abdominal crunch. Pero hice buen uso de todas las demás.

De esos primeros meses, saqué varias enseñanzas. Primero y fundamental, la gente que va al gimnasio no es tan tonta ni tan superficial. Y no lo digo porque vaya yo. Puede que unos sean más vanidosos que otros, que haya gente fanfarrona, pero por lo general es gente que sólo pretende estar a gusto consigo misma y no veo cómo eso puede suponerle un problema a nadie. Además, el sacrificio es muy grande, uno no amanece un día con un cuerpo escultural y sano. Requiere de mucho sacrificio. Así que  RESPECT.
Segundo, hay muchas mujeres de mi edad que se resisten a ir al gimnasio porque creen que van a ser objeto de burla por parte de los demás. Craso error. Nadie se fija en los demás porque están todos pendientes de ellos mismos. En los espejos que cubren todas las paredes del gym, sólo se ve a gente mirándose a sí misma. que el camuflaje ayuda a sentirse igual a todas las demás, es cierto. Pero llega un momento en que te das cuenta de que todo eran imaginaciones tuyas y de que nadie está pendiente de tus michelines, de lo que estés haciendo, de si sudas o no.

En esos primeros meses, me di cuenta de que no era tan inútil para los deportes como lo había pensando siempre. Era capaz de conseguir pequeños logros con mi cuerpo, pequeñas victorias como subir unos kilos en las prensas, o hacerme una serie de más. Un día, mi pequeña que había venido conmigo, viéndome andar en la cinta, me preguntó si podía correr y pensé por qué no probar unos metros, y al rato estaba corriendo y desde entonces no he vuelto a subirme a la cinta que no sea para correr.

Nunca es tarde, ¿verdad?

viernes, 14 de septiembre de 2018

Las leyes de Newton. Fuerza (II)

La decisión estaba tomada y era irrevocable. Me apuntaría al gimnasio.

La siguiente pregunta fluyó naturalmente: ¿Qué indumentaria y equipación se requerían para ir al gimnasio?

Sí que había visitado gimnasios con anterioridad, de hecho este en concreto muchas veces, a esperar a que las niñas acabaran sus clases de spinning. Pero de eso que sin querer, al toparse la mirada con semejante despliegue de pechos y de bíceps vigorosos, se abren los ojos y se dilatan las pupilas desorbitadamente, y automáticamente el cuerpo se encoge en la silla y fija la mirada hacia el suelo, el móvil o la "Voz de Almería" para aparentar impasibilidad y evitar la agitación del resto de sus miembros. En esas condiciones, siempre fue imposible determinar qué es lo que llevaba nadie.

Equipación adecuada para la práctica de actividades deportivas varias que se realizan en un gimnasio:

- ropa deportiva.

Tenía un chándal bicolor rosa y marrón claro "de marca" comprado en rebajas de aquella vez  que decidí,  justo después de dar a luz a mi segunda hacía ocho años, ponerme en forma corriendo por la rambla de Albox. Jamás he sentido tanto dolor como tras aquel único minuto y medio corrido. Pero eso ahora no es reseñable. Ocho años después, el chándal seguía como nuevo y me quedaba un poco ancho de piernas pero medianamente en condiciones. 
¡ERROR! 
Una  no puede ir de cualquier manera a un gimnasio y mucho menos ataviada con un chándal enorme color marrón claro si no quiere acaparar todas las miradas.
Como norma no escrita, las mujeres van con mallas, los hombres con pantalones cortos y todos con camisetas de lycra. Es así. Y el color camuflaje que usan las mujeres es el rosa fosforito para top y el negro para las mallas. Hay tantos tops rosa fosforito y mallas negras que una ni se reconoce cuando se mira en el espejo. "¡Mírame qué cuerpazo y cuánto peso levanto! Ah no, que yo no soy esa, que yo soy la que está justo detrás sudando como un pollo en el press de banca".

(El camuflaje es imprescindible en los primeros tiempos como os contaré más adelante)

Son las tres y media de la tarde y urge obtener todo lo necesario pues es fundamental comenzar con el plan a día 1 de septiembre. (Porque esto es como dejar de fumar, como no lo hagas el día 1 de enero, el día 2 ya es tarde, y es asín)

¡Qué sería de nosotros la clase media sin el decathlon! ¿Os acordáis cuando la ropa deportiva "especial" tenía que comprarse en tiendas deportivas "especiales" de marcas especiales y CARÍSIMAS??? En un viaje me agencio un par de mudas conjuntadas (una de ellas, la consabida equipación de camuflaje), un par de toallas medianas para el sudor, un bidón para el agua, un par de sujetadores/top fitness, una gorra, una cinta, un pulsómetro, un porta-smartphone, unos cascos inalámbricos, unas chanclas, un bote para el champú, otro para el gel y otra toalla grande para la ducha.

¡¡¡Y ya estoy preparada para dar el gran salto!!! (con toda la felicidad, excitación y nerviosismo que implica embarcarse en una nueva etapa de mi vida)

¿Cuál es el plan?

Pues ir al gimnasio.

¿Y qué vas a hacer en el gimnasio?

... Gimnasear.

... ¿Cuáles son las actividades que te gustaría realizar en el gimnasio?

Pues... no sé... hacer cosas de gimnasio... ya tú sabes... cosas

¿Te quieres apuntar a clases de spinning, de zumba, de crossfit?

Nops. No voy al gym a hacer amigos

¿Aeróbicos, anaeróbicos, mantenimiento?

....

Y esto también es fundamental. Cuando una se apunta al gimnasio tiene que ir con un plan. Y finalmente, después de consultar in extremis unos pocos gurús e influencers fitness, me decidí por una combinación de cardio y fuerza, con un objetivo muy claro: conseguir el cuerpo 10.


martes, 11 de septiembre de 2018

Las leyes de Newton. Fuerza (I)

September, 1st, 2017. Friday. 08:00 a.m

—Me voy a apuntar al gimnasio.
—¿Qué?
—Que me voy a apuntar al gimnasio.
—¿A qué gimnasio?
—Pues a tu gimnasio.
—¿Qué?
—Que me voy a apuntar a tu gimnasio.
—¿Quién?
—Yo.
—...

Esa había sido la idea fabulosa que había tenido de madrugada. Apuntarme al gimnasio. Podría haberme sentido algo molesta por la confusión, incredulidad y escepticismo que dos palabras, "yo" y "gimnasio", despertaron en todos aquellos a los que anuncié la decisión que había tomado en firme, como si en mi caso los elementos "yo" y "gimnasio" fueran a implosionar al entrar en contacto el uno con el otro. De hecho, creo que hubo una porra por ahí de cuántos días aguantaría.

Pero no me enfadé, no, era más que lógico dado mi historial. Durante toda mi vida me había declarado la persona más anti-deportista del universo (en el sentido de opuesto, no de en contra) y no por convicción sino por una cuestión pura y duramente física.

Creo que la primera vez que tomé conciencia de mis escasas dotes para el deporte fue cuando en 2º o en 3º de primaria, al desplazarnos cogidos al rebosadero de la piscina municipal, me solté sin querer en la parte honda y estuve a punto de ahogarme de no ser porque me agarré a la culotte de una compañera. Ese fue el primer toque que me dio la Educación Física, su primera advertencia de que no estaba hecha para el deporte. Luego, en secundaria, fue la única asignatura que me quedó siempre. Cuando oigo a los "expertos" decir que no se debería promocionar a un alumno que no lo haya aprobado todo, sigo bendiciendo el sistema educativo galo que se regía por medias y no absolutos, de lo contrario jamás me habría sacado siquiera el graduado escolar.

Era mala no, lo siguiente. ¿Conocéis ese personaje caricaturesco que sale en las comedias americanas sobre high schools de empollón absurdamente torpe? Pues por desgracia, en mi caso, no se trataba de una ficción. No hubo ni una sola modalidad en la que destacara en aquellos años. Ni una sola marca en saltos, carreras y lanzamientos que superara. Al contrario. Si existiera el antónimo de superar, en el sentido de establecer récords en negativo, yo habría sido su mejor ejemplo en contexto.

Cuántas veces no intenté acatar las órdenes de los profesores de gym con lamentables resultados. Salté el potro una vez en mi vida. A la segunda estuve a punto de dejarme dos vértebras en él, de ahí el consiguiente miedo que le tomé a aquel aparato y mi renuncia para siempre. ¿Y la cuerda? Cómo acababa siempre sentada en el nudo y oscilando como un péndulo. No atinaba ni en los deportes de equipo ni en las prácticas individuales. Cuando me quitaron el soporte de pelota para batear, se acabó el baseball para mí. Nadie me quería en su equipo, ¿cómo reprochárselo? Sentía náuseas al correr, vértigo al subirme a la barra de equilibrio. El único ejercicio gimnástico que pude hacer nunca fue la voltereta y sólo hacia delante. En 1º de primaria, era todo un logro. En bachillerato ya no lo era tanto.

Así que no puede extrañarle a nadie que una vez finalizada la época de deporte preceptiva, cuando alguien me había alentado a hacer algún tipo de actividad, lo había ahuyentado a lo "vade retro satana". Y esto también indica claramente que no ha habido una faceta de mi vida donde no haya demostrado sentido común y buen juicio.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Las leyes de Newton. Inercia.

August, 31st, 2017. Thursday. 11:00 p.m 1ª ley de Newton. Inercia. 

Mañana me levantaré al alba, a la fresca, en cuanto abra los ojos, cuando los demás sigan durmiendo, me enfundaré mi indumentaria deportiva y mis tenis del decathlon, me pondré música en el móvil y los cascos en las orejas y haré el mismo recorrido que antes de las vacaciones cuando el calor aun no apretaba. Subiré por la calle de la escuela de kárate hasta el primer semáforo. Cruzaré y me dirigiré a la calle de Correos. Desde ahí bajaré todo el bulevar hasta divisar la estación de trenes a través de la reja. Andaré en paralelo a esta hasta llegar al cruce con la calle del 28 de febrero. Entonces subiré por el instituto y cogeré la calle que lleva al cruce de los Pinos. Daré otra vuelta por las urbanizaciones de la zona del Bronce y finalmente subiré por el parque hasta llegar a casa. Tardaré unos cincuenta minutos en hacerlo a paso ligero. Cuando llegue a casa, me ducharé, desayunaré y me iré al instituto. Y así para el resto de mi vida.

September, 1st, 2017. Friday. 06:50 a.m

El ruido del tráfico a lo lejos me despierta como todas las mañanas. Apenas empiezan a vislumbrarse las primeras luces del alba y ya han apagado las farolas. Me acosté con un propósito. Un propósito vital. No puedo seguir viviendo sentada o acostada como hasta la fecha. Mi cuerpo ha empezado a darme toques y hay mañanas en las que bajo las escaleras de lado por el dolor que siento en las piernas. Y está el peso. El peso no se mueve, apenas se tambalea unos cientos de gramos por abajo para, al día siguiente, subir el doble. Cuando me miro en el espejo, confundo mi papada con un bocio. Me he abonado a la 42, y cuando se casó mi hermano, lucía una hermosa y espectacular 44. Y no es que me me hinche a comer tampoco. Llevo a régimen toda la puñetera vida. A veces he pensado que debo tener algún tipo de desajuste hormonal, tal vez el famoso tiroides, que hace que engorde a lo loco si no me privo. O puede que fuera al dejar de fumar. Es posible que el cóctel de sustancias tóxicas no tenga otro propósito que hacer engordar hasta reventar a los incautos que osan dejarlo. El hecho es que con los datos objetivos en la mano, mi cuerpo ha dejado de gustarme. Ya sé que se lleva lo curvy, que debería sentirme orgullosa de mis formas rotundas, que debería abanderar la causa de todas esas chicas a las que quieren achantar por sus cuerpos porque se niegan a matarse a hambre, y quieren ser felices, y disfrutan de la comida y de la bebida, debería defenderlas contra viento y marea, disfrutar yo también de la comida, rendirme a la gula y gritar muy fuerte que cada cual es libre de hacer con su cuerpo lo que le da la gana. Pero el problema es que me miro en el espejo y ya no me atraigo. En lugar de gustarme, hago cuentas, calculo que de seguir subiendo así, pesaré los ochenta kilos antes de cumplir los cincuenta. Y entonces caeré bajo el yugo de la menopausia y en más o menos diez años alcanzaré los cien kilos.

Pero son las 7:00 de la mañana, y me resisto a levantarme y empezar tan pronto a torturar mi cuerpo sin saber si este enésimo intento mío servirá para algo esta vez. Así que tomo una decisión drástica en un segundo, una de esas decisiones que nadie nunca esperaría de alguien como yo. Pero es el último recurso que me queda. No  tengo escapatoria.
Me vuelvo a dormir con una sonrisa en la cara, convencida de que esta vez, lo voy a hacer bien.



domingo, 9 de septiembre de 2018

El día que me cargué el candy crush saga

Han pasado tres años desde que publicara una entrada que resultaría ser la última. Y lo hice hablando de "penecillos".

Claro que de haber sabido que era mi última entrada, habría escrito algo épico, asombroso, con un punto lacrimógeno, intriga y un trágico desenlace, generando tantos miles de likes y de aplausos virtuales y de shares y de súplicas que al final me habría quedado.

Ahora bien, hay cosas que no se planean. Como lo de esa entrada. Simplemente ocurren. Hay finales abruptos que dejan historias a medias y condenadas al olvido, despedidas sin estridencias, abrazos ni adioses, huidas hacia adelante, un partir simplemente sin vuelta atrás.

Por cierto, debería renovar esto un poquito. El papel pintado de este blog guarda un tufillo a rancio imagino que por el polvo acumulado en estos tres años.

Ayer, y después de buscar incansablemente la manera de hackear el puñetero candy crush,

traducido al castellano: ver vídeos youtube de voces distorsionadas que te explican cómo encontrar el enlace que anhelas entre la maraña de links de spams y de páginas que se abren por obra y arte de magia pidiéndote una y otra vez tu teléfono y tus datos; 
conseguir sin atender al sentido común descargarme tres o cuatro archivos de procedencia desconocida tanto en móvil como en pc para comprobar no una sino cuatro veces que son una tomadura de pelo y quedarme con la duda de si estos youtubers proveedores de links dudosos no son en realidad bots rusos en busca de archivos secretos o intentando cargarse un portátil cuya batería pasó a mejor vida hace dos años y que lleva el cable de alimentación atado con trozos de fiso a un costado para evitar que la clavija se me vuelva a ir a la mierda

¿Y por qué querría yo hackear el candy crush saga, a sabiendas de que no sólo es ilícito sino que corro el peligro de pillar un montón de bichos desagradables??  Y sonaría igual de patético si lo escribiera de otra manera, pero me he tirado los últimos tres años intentando alcanzar el último nivel de ese maldito juego para dedicarme a hacer otra cosa como escribir el próximo pulitzer, subir unos cuantos ochomiles, hacer un máster, dedicarme al crochet y/o aprender otro idioma. Estaba convencida de que si le sacrificaba todo este largo verano, lograría acabarlo de una vez por todas.

Recuerdo la desagradable sorpresa que me llevé cuando al alcanzar el nivel 1000, descubrí que había un nivel 1001, y un 1002. Durante tres años, y conforme me acercaba a la meta, los hijueputas de sus creadores seguían y seguían sacando niveles. Pero a mediados de agosto,  en una de mis comprobaciones, me cercioré de que el nivel 3700 era por fin el último y que sólo me quedaban unos cincuenta niveles para alcanzarlo. En dos semanas como mucho, conseguiría por fin mi objetivo y acabaría con ese maldito juego de una vez por todas, y antes de que empezara el nuevo curso escolar para poder dedicarme a lo que me diera la gana. Pero si fuera así, no estaría ahora escribiendo esto.

Anteayer descubrí que en una noche aciaga, con nocturnidad y alevosía, esos cabrones habían sacado 80 niveles de golpe. Supe que esos malnacidos no estaban dispuestos a dejarme marchar y que nunca me liberaría del candy crush saga. Y bajo ningún concepto quiero que en mi esquela pongan, "alcanzó el nivel 300.000 y ahí se quedó". No. Me niego. Bien es cierto que no he podido hackear el candy crush saga, ni cargarme a esos malnacidos. Simplemente lo he desinstalado. A los del candy crush saga, ¿quién es el pringado ahora?? .l. ¡Losers!






martes, 29 de septiembre de 2015

Lacónica

y asombrada. Perpleja. Como estado actual. 
No deja de fascinarme cada nuevo día en este giro voluntario que ha dado mi existencia. Cada nuevo día.

Dicen que aquí no llueve. Pero cuando caen cuatro gotas como las de hoy parece que los techos se nos vayan a desplomar encima y se va la señal del wifi. Claro que la ausencia de cortesía por parte de -dejémoslo en algunos- hace que sea prácticamente imposible acceder al único ordenador que nos queda en la sala de profesores. 
Teníamos dos. Ordenadores. Hasta el viernes. Pero el viernes el de la fotocopiadora
-un engendro de la informática que hace fotocopias por usb e incluso por señal del internet y que además te las grapa; lástima que no venga con un conserje incorporado que la entienda-
bueno, que el viernes vino el técnico del engendro, un calvo con un insufrible acento de Madrid y una rubia incorporada (es en serio, yo nunca os miento) porque la dichosa máquina al parecer no tiene manual. No. Es el tonto calvo con acento de Madrid el que te cuenta como va la cosa. Pero que no te lo cuenta a ti sino que se lo cuenta a la secre del SESO (sí. Resulta que esto no es un IES sino un SESO, interpretadlo como queráis) que es rubia y guapetona. Dos horas de blablabla incesante y ninguna escapatoria. Ahora entiendo a los nenes de la FPB. Porque en los barracones no hay departamentos. Sólo una minúscula sala de profesores donde te acorralan los técnicos de fotocopiadoras. Y no nos engañemos. Que si hubiese sido a Miguel y a su bigote, el calvo este no le cuenta ni los buenos días. 
Resumiendo. El viernes, el de la fotocopiadora se llevó el otro ordenador para configurarlo a la fotocopiadora supersónica. O sea que nos queda un ordenador y hay que madrugar y sacar ticket para poder utilizarlo. 
No sólo no tengo ningún ordenador a mi disposición sino que las guardias son un infierno. Sip. Una hora entera encerrada en una habitación que es la mitad de mi cocina con menos equipamiento que una sala de interrogatorios con dos chicos de 4º de diver a los que no había visto antes en mi vida, los tres castigados en aquel zulo sin poder sacar el móvil y sin tarea que hacer (ellos).  Por la ventana como único paisaje un descampado con pinta de escombrera. Un panorama para salir por patas y no volver. Y ante su amenaza de fugarse o cometer cualquier otro tipo de tropelía, pues una ha hecho lo que mejor sabe hacer que es de animadora social juvenil y al parecer la cosa no ha ido tan mal porque al final me han aguantado toda la hora. 
Y ese es otro de los motivos por los que por el momento prefiero hablar poco. No me pasa nada pero es que cada vez que abro la boca es para hacer una lista pormenorizada de todo lo que carecemos aquí. La historia va de a teacher que tenía un puesto de trabajo ideal donde había logrado encontrar un equilibrio y que de repente es catapultada al guantánamo de los centros. Así que me estaré calladita porque todo lo que pueda decir irá en contra de mi resiliencia.
En cuanto a mi post anterior, la cosa va viento en popa. Hoy sólo he tenido que pedirle por favor y con voz suave y calmada que borrara los penecillos que se había dedicado a pintar durante toda la hora por todo el libro de 1º. Y lo ha entendido, ha atendido a mi petición y sin montarme ningún pollo.  

Uuf. Buenas noches. 


martes, 22 de septiembre de 2015

¡Bonita!

Y estaba yo en aquella clase de 1º de la ESO que dicho sea de paso yo no sé lo que le dan a los niños de aquí pero son más grandes. Me refiero al tamaño. Para que os hagáis una idea aquí un 2º de la ESO talla M es como un 4º de la ESO de la talla G de allí. En fin. Que yo ya no me sorprendo de nada. 
Pues estaba yo en aquel 1º de la ESO cuando me percaté, ¡años de experiencia!, que un alumno de los que suelen presentar una conducta disruptiva durante la hora de clase, dos veces en dos horas de clase que hemos tenido ¡años de experiencia! estaba trabajando tan arduamente sobre su pupitre que llevaba un rato sin disrumpir la clase. Y cuando un disruptor no disrumpe, los años de experiencia indican que no está haciendo lo que debería estar haciendo. Eccolo qua. Efectivamente no era ¡hélas! mi asignatura el sujeto de tan digno esfuerzo. Así que me dispuse a emplazarlo a dejar de trabajar en aquella otra materia y dirigir sus recién hallados esfuerzos por la actividad académica hacia la tarea encomendada de repetir el alfabeto con sus camaradas. A mi tercera intervención pedí a aquella alma de cántaro que me diera el libro de tan fascinante asignatura que no lo dejaba encauzar sus energías estudiantiles hacia lo mío y le encomendé que se dirigiera a la docente correspondiente para recuperar el manual cuando de pronto aquello fue como una explosión del sálvame el MYHYV la Maite del Gran Hermano y la niña del exorcista. ¿QUE YO LO ESTABA AMENAZANDO? ¡QUE SÍ, QUE YO LO ESTABA AMENAZANDO DE TENER QUE PEDIRLE EL LIBRO A LA PROFESORA!! ¡BONITA! (literalmente) ¡¡QUE EL LIBRO SE LO IBA A DAR YA, A-HO-RA, BO-NI-TA!! ¡¡EH EH EH!! ¿¿Y QUE QUERÍA PONERLE UN PARTE?? ¡¡PUES BONITA PONME EL PARTE QUE ME LO PASO POR AHÍ POR AHÍ ABAJO!! ¡EH BONITA!

Qué espanto. Aún no me he recuperado del shock de tamaña disrupción. Ha sido como una macrodisrupción. Una supernova de las disrupciones. Como yo aquí soy nueva como aquel que dice, he preguntado si eso era lo normal  pero me han asegurado que no lo es. Que yo ya no me sorprendo de nada. En fin. Que hoy se cumple una semana. Magnífica forma de celebrar esta efeméride. 
-"Si los niños son buenos, aquí son buenísimos, ya veréis, aquí no vais a tener problemas"-
Ok...

Good night!!

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Día 2 (II)

El plan es muy sencillo. Llamar a la guardería. Decir que no nos esperen pero que luego las recojan. Llamar a Estrella, nuestra conserje, y decirle que avise que la de francés llegará, no sabe cuando, tarde, pero que llegará. Llamar al seguro y esperar. En media hora. Tiempo suficiente para llevar a las niñas al cole corriendo, volver y esperar. Volvemos después de tropiezos y malas caras en el cole, lo siento, yo no debería estar aquí, y segunda llamada de mi marido al que ladro ululo y cuelgo. Esto cada vez nos va gustando menos.  En la calle sólo queda el coche accidentado con la ventanilla abierta y yo. Y por fin llega la grúa, un poco antes de la hora acordada, y el gruista es amable, saca sus pinzas y una batería portátil que parece de fácil manejo, ¿cuánto pide por esa batería? la quiero la necesito, con esa batería ¡¡nada de esto habría pasado!! Para mi cumple quiero una batería con pinzas. El coche arranca a la primera y antes de dejar irse a mi salvador, le pido que por favor me haga un justificante o que me firme al menos una nota en la agenda como que mi marido me ha dejado su coche a traición antes de huir hacia el curro y que es testigo de que no me he inventado lo de la batería. 

9:30 de la mañana. Autovía del Mediterráneo. Una loca va a dos mil por hora con el corazón en un puño, un justificante en el asiento del copiloto que a punto está de salir volando por la ventana, porque llega tarde en su segundo día de clase en los barracones, dispuesta a que le echen un rapapolvo o que le echen a los leones, que tienen toda la razón, que mea culpa, que me fustiguen, que no tengo disculpa, vaaamos la tentación, que bien empezamos, que ningún gitano quiere buenos principios para sus hijos pero es que eso, a quien se lo diga, y un largo etc de frases hechas que surgen en esos momentos; 
cuando por fin logro aparcar el coche, me encuentro con un montón de señoras de mi edad vestidas de decatlón con mallas rosas y banda ancha en la cabeza pero ninguna que corra tan rápido como yo con mi bolso, mi bolsita de Mango, con mi termo, mis galletas, mi cuaderno tríplex y mi carpeta  pero oh Dios mío,
de cara a mí, en la puerta del campo está el piquete de huelga de los barracones, se me había olvidado el piquete, ahí están, un montón de padres, de niños, de jóvenes, algún que otro político, y unos cuantos policías locales, ay Dios, y yo con estos pelos,
Y claro, con el ruido que lían con los pitos y los gritos, pues que no se oye el timbre de la puerta, y entonces me pongo a gritar desde fuera, eso o intentar escalar la valla delante de toda esa gente, "¡Estrella! ¡Estrella!" a lo Marlon Brando  en "Un tranvía llamado deseo" hasta que por fin un alma caritativa dentro del campo de barracones me ve y se apiada de mis gritos y le da a la puerta pero la puerta no se abre así que llama a Estrella y llega Estrella con su manojo de llaves y no consigue abrir la puerta ni a la primera ni a la segunda así que le arranco las llaves para abrir yo pero tampoco atino y todo eso con gritos y pitidos en el oído, 
y entonces una de las madres también se apiada, el día de las piedades, y me coge las llaves y abre a la primera, y por fin entro yo con todo el equipo y sin pasar por ningún otro sitio me meto en clase.
Pero total, que resulta que nadie se había enterado de mi ausencia. Los niños en el aula estaban tan tranquilos que el de guardia al asomarse a la ventana ni se había enterado de que estaban solos. La secretaria del centro al ver entrar a la otra profe de Francés pensaba que al final había logrado llegar a tiempo. En fin y yo... Pa'habernos matao...

Con lo a gusto que estábamos en el fondo. 
En fin... 

Día 2 (I)

Siete y algo de la mañana. En otro sitio del mundo que ya no es el que era.
- ¿Y por qué dices que coja tu coche?
- Ya te lo he dicho. 
"Supongo que me lo habrá dicho ese un millón de veces en el que escuchaba otras cosas en mi cabeza. Y por qué no escucharé siempre..."
- Por la batería. Mi trayecto es demasiado corto para que se cargue.
- Si no me importa ir en tu coche, de hecho tu coche es mejor que mi coche. Pero es que ya no me acordaba por qué querías que fuera en tu coche. (Y si alguna vez lo dijiste, juro que no prestaba la atención suficiente ni ningún otro tipo de atención porque no recuerdo nada de ninguna batería. Me odio cuando no escucho)

Ocho y media de la mañana.
Me siento satisfecha. He conseguido nutrir vestir y peinar a mis dos retoñas sin que lleguemos a las manos, con paz y serenidad, y vestirme, acicalarme y tener todo preparado para dejarlas en la "guardería barra aula matinal barra transporte escolar barra comedor" y así podré llegar con el tiempo suficiente a mi nuevo liceo barra olimpo barra agrupación de siete barracones donde hoy por hoy ejerzo mi labor. Monto en el coche a las niñas, sus carteras, mi bolsita de papel de Mango con mi termo de café, mi taza, mi vaso de plástico y un táper lleno de galletas Chiquilín, mi carpeta y mi cuaderno tríplex y me dispongo a arrancar mi segundo magnífico día laboral cuando con un ronquido agónico la "batería" me dice que no. ¿Cómo que no? Que no, que no va a arrancar nada. Pero ¿por qué no? Pues porque si escucharas en lugar de chillar en arameo como lo estás haciendo ahora mismo, te habrías enterado de que esa batería está en las últimas. No, por Dios, que sólo llevo medio día de clase, no puede estar pasando, que qué van a pensar en los barracones, y ¿las niñas? hay que dejar a las niñas en la guardería barra aula matinal barra transporte escolar barra comedor antes de irme al liceo barra campo de concentración. 
Qué hago Dios mío, ¿¿qué hago?? Y ¿por qué se me queda la mente en blanco cuando más la necesito? ¿Qué hago? Pues lo lógico en esas situaciones: implorar al cielo que tenga piedad de mí e intentarlo una última vez. Pero entonces la peque baja  la luna eléctrica que tiene a su lado agotando así la mieja de batería que quedaba y con ella toda esperanza de redención. Ya estoy llorando a moco tendido por dentro. Y entonces hago lo que haría cualquier mujer en esa situación. Sí. Llamar a su esposo. Al fin y al cabo él es el que nos ha tendido la trampa de la batería. Y ¡sorpresa! ¡Que no me lo coge! ¡¡Y si se estuviera quemando la casa!!! Odio creciendo y explotando en cuatro tres dos uno. Piensa piensa. ¿En qué? En un cigarro. Sí. Pensaría mucho mejor con un cigarro. Dos meses y catorce días sin fumar. Pero es un momento crítico y cualquiera entendería que rompiera aquel compromiso que contraje conmigo misma en un momento de renuncio. Pero no hay tiempo para fumar. Además de nada les serviría una madre drogada a las niñas en esta situación. ¿E inventarme una enfermedad repentina y muy contagiosa que hayamos contraído las tres y así no ir ninguna a ningún sitio y quedarnos en casita metidas con un coche sin batería y la ventanilla bajada en la puerta??? Claaro. No. No puedo gastar la baza del ébola tan pronto. Sería poco creíble. ¿Qué haría una persona racional y responsable en esta situación? ¡Piensa piensa! Y mientras golpeo el capó del coche a lo Scarlett O'Hara cuando jamás volvería a pasar hambre oigo la voz de un hombre detrás del coche. Es el vecino de la esquina y se está ofreciendo amablemente a llevar a las niñas. Y me parece tan bonito que alguien se digne a ayudarme pero no puedo aceptarlo aún. Pero se lo agradezco. Y entonces hago lo que haría cualquier persona razonable. Llamo de nuevo a mi marido que por fin me lo coge y se me pone a hablar flojito, muy flojito, como si hubiera alguien durmiendo o como si estuviera impartiendo su primera clase en su nuevo centro mientras yo estoy hablando muy alto, altísimo como si no estuviera en mitad de la calle y como ninguna de las soluciones que me da implica dejar a las niñas, dejarme a mí en los barracones y que otro solucione el problema, y todo en los próximos cinco minutos decido actuar por fin.