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martes, 10 de marzo de 2015

Lecturas prohibidas

Ya os he hablado de "La bicyclette bleue" de mi madre y su obsesión por evitarnos cualquier contacto con la pornografía. 

En el fondo es peor prohibir. Prohibir es desatar la imaginación.

Y además no necesitaba leer ni "La bicyclette bleue" ni "Las 50 sombras de Grey". Yo leía mitología. Comprada por mis padres. Es que la niña está estudiando latín, sus profesores están encantados con ella y le gusta mucho la cultura grecorromana. No sé si mis padres tuvieron alguna vez conciencia de lo que mis ojos devoraban con ávida curiosidad escondida tras las cubiertas de mis libros sobre mitología. 

Bacanales, saturnales, orgías, llamadlo como queráis, lo cierto es que aprendí que no existe ninguna forma de amor ni de sexo imposible por muy descabellada que parezca. Está todo en la imaginación que se le quiera echar al asunto.

Pero contársela a niños es harina de otro costal. Y no me llaméis depravada que fueron ellas las que eligieron el libro de cuentos mitológicos eso sí con dibujos muy cándidos. Y lo cierto es que hasta ahora había logrado esquivar las aventuras de Zeus que como todo el mundo sabe andaba más enamorao que el burro del tío Bojas. Pero es que anoche tocó el cuento de Pasífae, la mujer de Minos, la que le pidió a Dédalo que le hiciera un disfraz de vaca para poder montárselo para pasearse con  el toro blanco de su marido del que se había enamorado. Y todos sabemos cómo acabó aquello.

Creo que el truco está en leer con naturalidad. Por muy truculento que sea lo que se lee, todo está en la naturalidad con la que se lee. 



Eso sí, y muchos recuerdos...

jueves, 11 de septiembre de 2014

Mi cuarto Wallander

Anoche acabé el sexto volumen de la saga. Por fin. "La quinta mujer".

La última vez que fui a la librería, me dirigí recto a la estantería que había memorizado desde mi primera visita. Faltaban la cuarta y la quinta parte. Supe que no me quedaba otra alternativa que llevarme la sexta y la séptima. A  pesar de que en algún momento sus lecturas me desvelarían trazos de las historias anteriores. Porque de no haberme llevado a Wallander me habría obsesionado, sé como soy.

Pero me he dado cuenta de que necesito volver al verano para disfrutar de su lectura. Y es que nada como estar relajada y de buen humor para leer de un tirón una densa novela sobre asesinatos macabros. El hecho es que hélas hemos vuelto y cuanto antes lo asimilemos, mucho mejor.

Más allá de lo largo que se me ha hecho, el que me muera de ganas por ir a Ikea, y aunque lo de las albóndigas no me llame demasiado la atención, que levante la oreja cual perrillo cada vez que huelo oigo o veo Suecia en algún sitio es una señal inequívoca de que me he vuelto Wallanderadicta. Y me queda un largo otoño de ver sus series online. Porque esta vez dejaré pasar un poco de tiempo hasta empezar el siguiente volumen.

Feliz tarde!!!

viernes, 23 de mayo de 2014

Belarmino y Apolonio

¿Veinte años? ¿Es posible que me lo leyera hace veinte años? Y aún los recuerdo a los dos muchas veces, con añoranza, los recuerdo literalmente en los donaires y afectaciones de algunas gentes que intentan imitarlos descaradamente sin conseguir el engaño y me resulta tan divertido. Sé que me tuvo que gustar aquella lectura, nadie recuerda nada veinte años después si no es para bien, o claro, para mal. Pero no. Aquí estoy segura. Por la sonrisa que se dibuja en la comisura de la boca.

Y mira, ya que estoy, aprovecharé mi viaje de mañana a mis antiguos libros para traérmelo a casa y volver a leérmelo siempre con el temor de que veinte años después hayamos cambiado él y yo y que los buenos recuerdos que guardábamos el uno del otro se difuminen y pierdan para siempre jamás. Y no vuelva a haber sonrisa. ¿Y si no es así? Siempre con el temor de que todo vaya a salir mal cuando cabe la probabilidad de lo opuesto y si algo ha de perderse habrá sido pura quimera.

Pues no puedo más que recordar a Belarmino y Apolonio cuando lo leo, con ese lenguaje suyo extemporáneo surgiendo de no se sabe bien qué época fuera de este mundo donde habría sido sin lugar a dudas noble caballero y yo patán. Hubo una vez en que alguien que conozco bien y a quien quiero aunque no entiendo siempre también manejaba vocablos que sonaban tan raros como los suyos pero en un espacio diferente y en un tiempo que hélas ya no volverá.

sábado, 19 de abril de 2014

Atrapada en Macondo

Lo reconozco. He engañado a media humanidad para pasar la tarde en Macondo. 

Mentiría si dijera que no tiene nada que ver con su muerte puesto que tiene todo que ver. 

Sí. Ahora que ha muerto es cuando por fin me he puesto a leer sus Cien Años de Soledad. 

No lo adquirí hace mucho. Fue en noviembre, para mi cumpleaños, cuando me autorregalé este y el Plenilunio.
Sólo sé regalar libros.
La fatalidad hizo que me pusiera a leer el otro antes y tan grande fue la decepción que dejé el Cien Años de Soledad dormitar encima de mi mesita de noche criando polvo. Como si él hubiese tenido la culpa de que el otro fuera una mierda.
Y es que la vida es así de injusta y estúpida en muchas ocasiones.

Y eso que llevaba más de veinte años queriendo leerlo. Desde aquel verano en que Mónica y Cristina lo leyeron. Hemos sido amigas de casi todo menos de dejarnos libros. Pero no se lo reprocho. A mí tampoco me gusta dejar libros. Lo detesto. La mayoría de las veces no vuelven y eso me da rabia. Pero es curioso que nunca nos hayamos dejado ningún libro.

Durante aquellos veranos en el pueblo, en las horas en las que sólo cabían el calor y el tedio, y mientras ellas leían libros tan mágicos como el Señor de los Anillos o Cien Años de Soledad, yo sólo tenía a mano los libros de una colección de literatura universal de mi tío Juanjo. No recuerdo la editorial, sólo que eran libros de tapa blanda, color verde oscuro con el título en rojo, y que me parecían feísimos, comparados con los libros de Mónica y de Cristina, de todos los tamaños, con esas tapas en tonalidades pasteles con ilustraciones de colores. Mientras ellas leían los libros que  me parecían los más extraordinarios jamás escritos, yo me tenía que conformar con leer la Metamorfosis, Borges o las Mil y una noches.

Sí. Uno de esos veranos de hace más de veinte años despertó en mí el deseo siempre presente desde entonces de leer Cien Años de Soledad. Y si no hubiera preferido leer Plenilunio por un antojo más inmediato en el tiempo, cuando anteayer todo el mundo se dirigía a Macondo, yo no me habría quedado como una pasmarota buscando en la wikipedia a ver a dónde iban. 

Y ayer no aguanté más. 

Hay gente a la que le gusta hacerlo lentamente, saboreando cada cachito, se tiran días y días haciéndolo. A veces incluso semanas. Tienen una paciencia infinita. Yo sin embargo no. Soy de lectura brutal y compulsiva, de las de aquí te pillo y aquí te mato; si un libro me atrapa, en cuanto me adentro en sus páginas y hasta que no acabo no puedo salir, no puedo hacer nada más que devorarlo sin más. 

Pero, ¿sabéis qué? No sólo soy una envidiosa asquerosa sino que además disfruto muchísimo más si sé que otros me envidian o me detestan o sufren por el placer que estoy sintiendo. Y resulta que estoy haciendo ahora mismo lo que la mayoría de vosotros ya no podrá hacer nunca más y es leer "Cien años de soledad" por primera vez, disfrutarlo por primera vez, sentirme por primera vez atrapada en Macondo, y eso sé que en el fondo me lo vais a envidiar...

Feliz final de Semana Santa!!!

(shhhtttt... es broma... o tal vez no, no lo sé... ;)... )

jueves, 13 de febrero de 2014

Phèdre et Hippolythe

Acaba de pasar por debajo de mi ventana  y en cuanto mis ojos han sido incapaces de seguirlo, el tiempo se ha vuelto inútil otra vez. 

Y no seré nada hasta que lo vea de nuevo. 

No puedo estar sin él. Cada hora que pasa que no lo tengo, siento que muero un poco. Lo único que me mantiene viva ahora es que dentro de un rato subiré a la atalaya y desde allí, tranquila, sin que nadie lo sepa, podré observarlo paseando por la orilla del mar, como lo hace a cada atardecer.

¿Sabrá lo hermoso que es? Creo que no lo sabe. No lo sabe. Tiene esa mirada vacía de los solitarios, de los no amados, de los infelices. Si supiera que lo amo, se sabría hermoso. Y cuando lo descubriera, sus ojos no tendrían más remedio que sonreír triunfantes sobre mi derrota por lo que siento.

Gracias a Dios, por ahora cree que le odio. Y me va la vida en que nunca descubra que le amo con toda mi alma.

Puede que esa sea la tristeza que refleja su rostro. Puede que él sí me ame y se crea no correspondido. Ya está. Mi mente enferma vuelve a divagar. Me viste la infamia de anhelada esperanza. Quiere verme caer. Quiere hacerme creer en lo no creíble para que acabe delatando lo que siento. Pero no lo haré jamás. Que crea que lo detesto antes de que sepa que lo amo. Incluso preferiría la muerte antes de que lo supiera. No quiero, no puedo. No. No. 

Y sin embargo lo amo. Tanto que me conformo con verlo feliz desde mi atalaya. Daría tanto por verlo reír como antes. 

Acaba de pasar por debajo de mi ventana y apenas me ha dado tiempo a contemplar sus dulces rasgos. Se ha parado un instante a hablar con Théramène. He oído el flujo de su voz sin ser capaz de distinguir una sola palabra. Hablaban tan bajo. Ya ni siquiera me está permitido oír su voz ahora, cuando recuerdo un tiempo no tan lejano que inconscientemente desperdicié. Un tiempo en que disfrutábamos de la compañía del otro, un tiempo en el que nos divertía tanto ser madre e hijo. Éramos tan felices entonces.

Maldito seas tú que me has infundido este amor tan maldito como tú. Maldito mil veces. Ardas en el infierno en el que me has hundido y que pueda verte con mis propios ojos padecer la mitad de lo que yo padezco.
Él nunca sabrá que le busco siempre. Que aunque no me vea, yo lo observo siempre, que conozco cada uno de sus gestos, que adoro cada uno de ellos, y es tan hermoso. Y nunca sabrá que todas las noches me desvelo con el roce imaginario de sus labios. Los más hermosos, suaves y carnosos que he visto nunca. Y que no me vuelvo a dormir imaginando que está durmiendo a mi lado. Imaginando un mundo en el que Phèdre e Hippolythe se aman al fin.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Decepción (II)

Por fin acabado. 

Sí, lo reitero, escrito con una prosa soberbia, excelente en la forma. En cuanto al fondo. Pfffff...

Creo que el fallo está en el inspector. Es un auténtico gilipollas. Y tan de cliché. Si ya de entrada el prota me cae mal, nuestra sociedad estaba predestinada al fracaso más rotundo. Parece creado por la mente de un tío en plena crisis de los 40 cuando les da a algunos por el multifolladismo como única opción para escapar del paso ineludible a la adultez definitiva. He corrido no, volado para cerrar definitivamente un libro que no volveré nunca a abrir. Y repito, no soy aficionada a los nunca, pero en este caso es rotundo. 

No sé, esa condescendencia tan expandida hacia el putero, el adúltero, el que se deja a la muñeca vieja y rota que ya no le sirve por una muñequita tan mona y tan coqueta más joven siempre, no puedo con ella.

 Yo lo que siento ahora mismo es la imperiosa necesidad de una doble dosis de alguna Bridget Jones real para que me desintoxique de tanta concubina complaciente y sierva con fecha de caducidad.

¡A la paz de Dios!

(Y que me perdonen todos los supermegachachis críticos de este país pero no me gusta malgastar mi tiempo)

jueves, 31 de octubre de 2013

Pena de muerte

No me gusta. Lo leeré porque no me queda más remedio que conocer el final pero no me gusta. No sólo no me gusta sino que su lectura se está haciendo intolerable. La prosa descriptiva de Muñoz Molina es intachable, excelente, superior, envidiable, sí, realmente envidiable de cómo es capaz de dar vida y cuerpo al objeto más insignificante, sin aburrirnos, sin sorprendernos, de la manera más natural del mundo; nos hace cómplices de su visión de las cosas, nos es fácil entenderla y casi participar de ella, y a la vez apabulla por la precisión y la belleza de la palabra. Pero estoy irremediablemente empezando a detestar ese libro. Es atroz, abominable. No puedo leer la muerte de una niña, no puedo leer cómo la han violado ni cómo le han metido las bragas por la boca, no puedo leer el dolor infundido y quedarme indiferente como si la cosa no fuera conmigo. Y ese conato de empatía indeseada es lo que me hace abominable la novela de Muñoz Molina. Y me gustaría coger el libro, enterrarlo y olvidarme de que se me ocurrió una vez abrirlo. Pero es que quiero que ese excremento muera de la manera más indecible y abyecta que pueda imaginarse. Y como Muñoz Molina no se ponga de parte de la víctima, al mínimo intento por humanizar ese excremento, no volveré a leer a Muñoz Molina en mi vida.

Sí, lo admito, soy así de fanática.

Y debe haber una manera más allá de la muerte, más terrible que esta de que estos excrementos la paguen. Sólo es cuestión de pensarla.