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miércoles, 22 de abril de 2015

Cumbre política

Pillado in fraganti por la Guardia Civil un  alcaldable de la zona portando cocaína a la puerta de un prostíbulo (más bien un puticlub de los de toda la vida, que aquí no derrochamos en muchos lujos) el día de Andalucía (que es la manera normal de celebrar un día de fiesta que tienen los honorables padres de familia de los de toda la vida que en estos pueblos somos muy de tradiciones).

Y como si de una película de Bigas Luna se tratase, así amenizaban ellos los meses de precampaña en la comarca, ¡¡así así!!

domingo, 5 de abril de 2015

Les papillons batifolaient.

Estoy quemada, la cara ha tomado un color carmesí peligroso, espantoso, un ejemplo viviente de lo que no hay que hacer con respecto al sol, echados por tierra en unas horas cuatro años de tratamiento hidratante, siento cómo me arrugo como una pasa, lo noto, es un desastre, y menos mal que no me quedé en manga corta, el corte camionero habría sido funesto de cara a la comunión de la niña, un escándalo, y además tengo frío, ¿un poco de fiebre tal vez?

Y sin embargo vuelvo exultante, pletórica, bucólica, absolutamente pastoril. Lo que me gusta el campo tú. Podría vivir en medio del campo con un pequeño rebaño de cabrillas y un corral, estoy convencida de ello. No hay nada tan idílico como la vida campestre, lo intuyo.

Pues eso, ya sabéis "domingo de meriendas", la gente sale al campo a comer en pascua de resurrección bablabla y como el otro día descubrí que mi cámara, mi peque tan cuqui que no es reflex, tenía en modo manual (estoy probando opciones, saliendo del modo Auto, vamos, a dos clicks de ser un Capa) la opción súpermacro (y yo sé lo que eso significa) pensé, qué mejor momento para probar mi opción macro que un campo lleno de flores y de bichos y de bichejos repugnantes y de mariposillas. No creeréis la cantidad de mariposas diferentes que pude ver, blancas, ¡azules! de un azul lavanda espectacular, naranjas, e incluso las típicas anaranjadas con arabescos marrones de toda la vida, ya sabéis a las que me refiero. 

Ahora bien. Que alguien me explique cómo se le echa una macrofoto a una mariposa; porque, o ha dado la casualidad de que las que me he encontrado hoy eran todas del género hiperactivo, las TDAH de las mariposas o que me lo expliquen.

Opción 1: te sientas y te mimetizas con el entorno. El entorno y tú sois uno.
Y luego esperar a que una mariposa no se haya percatado del proceso de mimetismo al que te has sometido y se pose cerca del objetivo. Esperar al infinito... ¿No, en serio?
Opción 2: la atraes con perfume que atraiga a las mariposas. Desgraciadamente  no llevaba mi Chanel nº5 a mano.
Opción 3: la rocías con algún producto insecticida no tanto para matarla, pobrecilla, como para dejarla atontolinada.
Opción 4: coges la mariposa, la matas y la clavas con alfileres al entorno.
Opción 5: corres detrás de la mariposa hasta que esta se canse.

Total que de tanto "batifoler" como los "papillons" detrás de las mariposas me he quemado. ¿Mi macrofoto de una mariposa? Al final he logrado echarle una foto a una que se adivina así como a lo lejos posándose sobre un arbusto. Luego si eso os la enseño. Jadepú... 



Menos mal que existen otros bichejos más campechanos.

¡¡Feliz vuelta!! :))




sábado, 31 de enero de 2015

En medio de la ciclogénesis

Être au milieu de la cyclogénèse, c'est entendre les arbres furieux gronder dans les parcs, c'est voir les nuages dévaler le ciel poursuivis par le vent. 


Ciclogénesis, tiene nombre apocalíptico, me gusta.

Estar en medio de la ciclogénesis es llegar a Cantoria, oír rugir a los árboles en el parque y sentir algo de miedo. Es que en la noche más negra, desaparezcan durante kilómetros pueblos enteros, así como sus habitantes, atrapados en la oscuridad.  Asistir a una carrera de nubes en el cielo, jamás las había visto correr delante de la luna como lo hicieron anoche. Estar en medio de la ciclogénesis es pasar una noche en blanco por los puñetazos y los chillidos proferidos por el viento contra las ventanas y las persianas de la casa. Pero esta mañana el cielo ha amanecido despejado y sin embargo llueve, el agua que las nubes están descargando a lo lejos, detrás de las sierras, el aire la trae y nos la está echando encima a nosotros. Hay un arco iris. Es temprano aún y hoy no habrá mercado. Nos encontramos a un grupo de mercaeros reunidos junto a sus camiones cerrados, llenos de mercancías que hoy no venderán. Ha venido la policía local y les ha dicho que no pueden montar los puestos. Que hay peligro por el viento y el eucalipto de treinta metros amenaza la plaza. Y ahí están, parados, compartiendo un cigarro y hablando en voz baja, esperando tal vez un milagro para seguir con su rutina. Nos decidimos a dar una vuelta, a goler los efectos del vendaval, y mientras andamos, el viento nos empuja, nos hace la silla, o al contrario, nos impide avanzar. La lluvia de siete leguas nos sigue salpicando, pero hace sol y el arco iris domina el horizonte. Ha caído la puerta de una de las cocheras y el otro batiente está amenazando con lo mismo. Las calles están prácticamente desiertas. Una señora está peleando con el viento intentando tirar del carro que este le quiere arrebatar. Le informamos de que hoy no habrá mercado. Un coche ha amanecido aplastado por una tapia. El ruido del aire lo cubre todo. Dicen que para las 6 habrá parado. Y a las 5 y media procesión. Veremos si sacan a la virgen de la Candelaria, veremos si no sale volando. 

viernes, 31 de octubre de 2014

Arboleas II

Al salir de la cochera, me sacudió los sentidos el suave aroma del azahar. No hay perfume en el mundo que pueda compararse con el azahar. En Semana Santa, mi pueblo huele a azahar. Es por los bancales de naranjos y limoneros que lo rodean al otro lado del río Almanzora. Pero estamos en otoño, mis sentidos debían estar equivocados, y no obstante el perfume seguía ahí, riéndose de mí con su presencia. Y me dio miedo de que por culpa de este calor anómalo los árboles engañados hubieran adelantado su floración, lo cual sería devastador. Y luego me pregunté si simplemente no era que el aire y la piel de mi pueblo habían quedado  impregnados para siempre jamás de la esencia con la que habían sido untados durante siglos. Si así era, no me había percatado hasta aquel momento pero me sentí extrañamente reconfortada por dentro como si aquella dulce fragancia acabara de darles un caluroso abrazo a mis sentidos.

lunes, 21 de abril de 2014

La avioneta

Ha vuelto a llover hoy a las 3 igual que ayer.

Y hoy también y a su manera me ha gustado la lluvia.

Porque ayer en un descuido, cuando salía corriendo del coche para refugiarme en el porche de la casa, la lluvia se me coló por el cuello de la camiseta y  me mojó el cogote fría como estaba, y me estremecí  con un efímero y placentero cosquilleo que me hizo sonreír justo antes de refugiarme en el sofá debajo de la mantita rosa.

Esta tarde igual que ayer, a eso de las 3 llovía cuando salía del edificio de la ESO. De una llovizna de las que vaporizan el aire y lo dejan limpio y fresco, de las que lo hacen estremecerse con un efímero y placentero cosquilleo, de las que lo llenan de olor a lluvia y a tardes de caracoles.

Porque hay veces en que el sol me ofende de tanto que brilla, como si quisiera reírse en mi cara y me hiciera navegar a contracorriente de su insolencia. 

Ayer el sol se me nubló a las tres de la tarde, de una tarde de meriendas de domingo de Pascuas cuando la gente del Valle se tira al monte a asar fiambres y a preparar arroces a la lumbre y a emborracharse para celebrar que el Señor ha resucitado. 

Y entonces, reunidos alrededor de la mesa del comedor coronada con  una fritá de conejo y una paleta de cordero en salsa, empezaron las apuestas para saber si acabaría lloviendo o no. Y los hombres de la casa sentenciaron con rotundidad que no. Que ya se encargaría el avión rompe-lluvia de no dejar que lloviera. A lo que las mujeres como si se hubiesen unido por su condición se echaron a reír por aquel cuento infantil de la máquina destruye-aguaceros. Y los hombres, cargadetes de vino, aseguraron que era cierto, que cuando el cielo se cubría, se podía oír en el  Valle el motor del avión antilluvia aniquilando las nubes. Y las mujeres replicaron que no tenía sentido tamaño esfuerzo realizado en una zona de la que nadie se acordó nunca. Y los hombres contestaron que aquel era un avión contratado por las grandes empresas agrícolas asentadas a unos cuantos kilómetros de allí las cuales, regadas por el agua buena del Negratín, querían evitar a toda costa que sus cosechas de lechuga quedaran devastadas por las granizadas y las lluvias torrenciales que de tanto en tanto asolaban la región. Pero acto seguido y para rebatir, una de las mujeres tuvo a bien recordar la novela de su más ilustre paisano en la cual cuarenta años antes ya se hablaba de aquel avión fantasma que nadie vio varado en tierra alguna y que bien debía heredarse entonces de padre a hijo de una raza maquiavélica desconocida. Aquella anotación pareció desbaratar definitivamente el argumento de los hombres y demostrar que todo resultaba de una leyenda que los hombres se inventaron de pura rabia porque no encontraban otra explicación del porqué de una zona tan deprimida y tan olvidada siempre de todos y de todo que hasta la lluvia se olvidaba de ella por años y a veces decenios.  Y como en estos y en otros, todos los asuntos de importancia se dirimían en el google, una de ellas se cogió el móvil y buscó y se sorprendió de pronto al encontrar que no hacía tanto se había conformado una asociación en el Valle en lucha contra aquel avión destroyer.

Y fue cuando se puso a llover, e imaginando que las lluvias habían debido de pillar al piloto del avión rompe-nubes en un renuncio o borracho de meriendas o llanamente en el váter, mientras daban buena cuenta de las viandas que la coronaban, todos los congregados en torno a la mesa se echaron a reír. 






sábado, 19 de abril de 2014

De Semanas Santas


Pues ¿qué queréis que os diga? 
Que donde se ponga la Semana Santa de mi pueblo, que se quiten las madrugás y los cristos del gran poder,
Que con to'lo pequeña y recargada que es, la iglesia de mi pueblo es la más bonita del mundo, 
Que merece la pena levantarse cuando aun es de noche para volver a pasar en procesión de Vía Crucis por la Placeta y por el Barranco, 
Que pasa lo mismo que en las familias, que da igual que nos queramos, que nos llevemos, que nos hagamos la vida puta, que da igual, por más años que pasen, que somos para siempre de destinos entrelazados,
Que no hay nada como una tarde de confesiones para recordar de donde procede uno, 
Que este es el punto de partida universal al que conviene regresar cuando uno se pierde, y aunque te creas que echando para atrás vas a dar más arrodeas que siguiendo pa'lante, créeme, te será de más provecho, que no tengo motivo alguno para engañarte,
Que sin saberlo pero sí buscándola como el que busca agua cuando tiene sed, me he dado de bruces con la parte de mí que me pertenece, que es mía, que me es más inherente que las otras porque es la que siempre ha estado aquí, inalterable y me he dado cuenta de que yo soy por ella,
Y ese reencuentro ha sido tan provechoso y de tanto gozo que después de mucho tiempo, he vuelto a sentir en mi pecho la liviandad que se siente de niño, tanto es así que a estas horas sigo sonriendo.

miércoles, 16 de abril de 2014

En estado de gracia

Bueno. Uno no se imagina lo que son las tardes de confesiones hasta que no decide ir a una de ellas. Y la verdad es que hasta hace unos días, no se me había pasado por la mente asistir a ninguna. Es una de esas cosas que están ahí pero que no parecen ir contigo. Algo parecido a... No se me ocurre ningún símil adecuado.

No es que no me haya confesado nunca. Tuve que hacerlo para mi Primera Comunión. Y luego para mi boda. Y mi padre como compañero de fatiga de todas mis confesiones. Sí. Los hay que van al fútbol con su padre, o a regar, o los hay incluso que van a... En fin... Yo con mi padre voy a confesarme. 

La vez que nos confesamos para mi boda el cura tendría prisa porque nos hizo un dos por uno y nos absolvió así nomás sin oír siquiera lo que teníamos que confesar. Y que te absuelvan de tus pecados sin necesidad de pasar por el trance de contarlos mola. 

Nos dirigimos a la iglesia diez minutos antes de la hora emplazada, por eso de a ver si hay suerte y acabamos pronto con nuestras obligaciones morales. Mi padre no es que sea un gran pecador pero como que le gusta ir bien limpio a su cita anual con el lavatorio de pies del Jueves Santo. Y yo, pues como todo lo que hago. 

Bien. Nada más entrar vemos que los cuatro primeros bancos antes de llegar a los confesionarios están repletos de pecador@s. Que yo digo que si dicen a las 8 es a las 8 y no a las 7. Busco con la mirada a ver dónde se sacan los tickets. No hay tickets. Genial. Toca pelearse para que no te quiten la vez. Porque esto ni la cola para los boquerones un día de lluvia y materialmente no es que haya vivido mucho tiempo en mi pueblo tocayo pero que nos conocemos ya todas, ¿verdad chicas? 

Consternación al comprobar que sólo hay dos curas. Y los dos parecen cristianos, digo blancos, digo europeos, ¿pero qué digo??? Dos curas jovencitos y europeos. la cosa no pinta bien. Porque elegir a un cura que te confiese es como elegir a un pffff no se me ocurre ningún símil adecuado. Con lo que estaréis de acuerdo la mayoría de vosotras es que para según qué cosas, nunca se va ni al más guapo ni al más joven!!  Simplemente porque los guapos y los jóvenes cohíben. Una no está hecha de piedra, aunque lo aparente. Y mi padre refunfuñando a mi lado en estéreo, que es lo que tiene estar medio sordo de un oído que crees que nadie te oye, mientras la x se nos cuela por la izquierda, la y por la derecha, y la z lleva ya un cuarto de hora de reloj confesándose cuando es de comunión diaria, como tiene a bien informarnos mi padre a todos los asistentes y  en estéreo.  Yo le digo que no hay prisa, que en un momento de purificación de nuestras almas, no caben ni la ira ni la impaciencia cuando en realidad lo que estoy es a ver si el Señor encima de nuestras cabezas (una imagen bellísima de Jesús resucitado encima del altar) obra el milagro y aparece el tercer hombre. Y el Señor parece querer congraciarse con nosotros porque de la sacristía surge el pequeño cura asiático y oigo de pronto cánticos de Aleluya y a partir de ese momento sé que no voy a tener problemas para confesarme. 

Podría hablar largo y tendido sobre los que nos congregamos a confesarnos ayer por la tarde en la iglesia de mi pueblo. De hecho, podría hacerlo porque como estoy en estado de gracia desde ayer. Pero me ha dicho mi marido que no parezco tener muy claro el significado de lo de estar en estado de gracia, así que por lo de las moscas, y para no cagarla, mantendré la boquita cerrada.

Feliz Miércoles Santo!!





(- ¿Qué pecados has cometido hija?
- Jibia.
;))

miércoles, 19 de febrero de 2014

Pequeñas noticias locales (II)

Despertar complicado con resaca. O mejor dicho la resaca como único elemento destacable del día. Y todo por media botella de vino apadrinado por  Emilio Moro que por culpa del martilleo incesante que me produce en el cráneo afirmo que no está al nivel. No soy sommelière, sólo distingo un buen caldo por dos cosas, que me pueda beber dos copas seguidas sin fruncir el ceño y que no tenga resaca al día siguiente. Todo lo demás son chumineces inalcanzables.

A un despertar complicado le suele seguir un comienzo difícil, con un desarrollo incierto y un solo objetivo real, el final del día y cuanto antes por favor. Llegada al insti sorpresiva por el simple hecho de llegar, mismamente, parada en boxes/conserjería donde informo de mi estado deplorable de borracha nocturna, porque sé que a mi Rosi le hace gracia verme así, y yo por una sonrisa mato o muero, que en este caso es más bien lo segundo y entonces es cuando ME ENTERO, OH DIOS MÍO, que anoche hubo tiros. En la calle de siempre. La suya. Disparos a eso de las diez y media de la noche. Cara de póker. A esa hora estaba viendo el capítulo octavo de la quinta y última temporada de Breaking Bad con los cascos puestos e intentando centrarme en otra cosa que no fuera el mareo. Qué porquería de vino.

Todo el mundo pregunta. Lo siento. No sé nada. Yo siempre me entero de todo la última. Pero en el fondo tiene su lógica. El alcalde les ha montado un pleno para echarlos del pueblo. Después de eso, una de dos o te metes el rabo entre las piernas y renuncias a tu sustento o marcas tu territorio pegando tiros al aire un martes por la noche.

No sé ni la cara que tienen. Si me cruzara con ellos, no lo sabría. Camuflada de don nadie mientras iba a por tabaco y a sacar dinero, esa es la pregunta que me he hecho con cada uno de los viandantes y los coches con los que me he cruzado. Hay más coches patrullas. O es el mismo pero que da más vueltas que de costumbre. ¿Dónde estarán ahora? Mi mente con vocación detectivesco-criminal me dice que están planeando el siguiente paso, fijo.

Seguía camuflada de don nadie cuando he ido a comprar el arroz para mañana y aquella mujer ha bajado un poco el tono de voz cuando se ha cruzado con mi mirada. Cara de pocos amigos no, señora, esto se llama resaca y hace tiempo que no tenía una como esta. No tema usted y despotrique todo lo que quiera, estoy ávida de detalles. Además me da gusto oír que hablan ustedes todos del tema. Antes, cuando ellos aun no se habían marchado para volver ahora, la gente no hablaba de esto a cara descubierta, me acuerdo yo de cómo todo el mundo se callaba. Ahora apenas si te miran de reojo cuando irrumpes en la tienda en plena batalla dialéctica.

Puede que en todo este tiempo, la gente se haya acostumbrado a no tener miedo y a no ser amenazados ni extorsionados y si es así, les va a costar trabajo dar ese paso atrás.
Tras los disparos de anoche, a estas horas aún no se ha procedido a ninguna detención.


sábado, 8 de febrero de 2014

Pequeñas noticias locales

Estaba yo en el puesto de Tomás esta mañana. Hace más de un año que voy a su puesto de frutas y verduras en el mercaíllo que montan los sábados por la mañana a la vuelta de mi calle. Acababa de apartar una pequeña bolsa de présoles y estaba escogiendo los tomates raf, que a una servidora que es muy sibarita en lo que se refiere a comer le gustan con un chorro de aceite de oliva de la Jata y unas cuantas escamas de sal.

No tenía prisa y además había concurrencia a esas horas tardías. Las once de la mañana ya se me hace muy tarde para ir al mercado, acostumbrada a ir por lo usual recién amanecido. Pero hoy es un sábado por la mañana sin prisas ni agobios. Así que hoy no me iba a pelear con ninguna de mis convecinas para ver a quién atendía antes Tomás y estaba echándole un vistazo a la mercancía que es así como de costumbre suelo comprar. A ojo. Me han llamado la atención unos hermosos pomelos de un color amarillo pastel tirando a rosado, cuando de pronto un estruendo ha silenciado a todos los que estábamos allí congregados mientras girábamos al unísono las miradas hacia el lugar de donde procedía el ruido.

- ¡Se ha caído un muro!
- No, ha sido el puesto de los churros- he dicho yo.
- No, ¡que ha sido un muro!- la mujer a mi lado, un poco mayor que yo, rubia de pelo corto y con gafas, tan igual a tantas que no la reconozco, lo repite con un punto de agudo en la voz,
- No, ha sido un puesto de la ropa, allí más allá de las plantas, el viento se lo ha llevado-, esta vez quien opina es un señor de mediana edad y de etnia gitana a mi lado.

Seguíamos sin movernos de allí y a lo lejos observaba cómo la mujer del puesto de los churros luchaba con las patas metálicas del toldo, un toldo recién estrenado además, lo he visto desde la ventana de mi casa cuando me he levantado, con un "CHURRERÍA" que lucía en lo alto, para retirar la tela de encima del puesto sobre el que se había desplomado. 

- Ha sido el puesto de la ropa- repite él,
- No, ha sido el de los churros- repito yo.

Y poco a poco bajamos la guardia y dejamos de mirar nuestro punto fijo y la vista se pone a mirar hacia donde dicen los demás y vemos que han sido los dos puestos los que se han derrumbado, que hay gente que va y viene sin prisas, de un lado para otro ayudando a que los dos puestos vuelvan a la normalidad cuanto antes mientras en los demás puestos se afanan en atar firmemente las cuerdas que sujetan los toldos de tela o en quitarlos para evitar que otro golpe de aire se los lleve; una mujer viene de allí y al pasar por detrás de nosotros asegura que podría haber pasado algo pero que al final no ha pasado nada. Y el que se ha dado cuenta de que había sido el puesto de la ropa se pregunta cómo es posible con la buena mañana que había amanecido que el viento se haya levantado de aquella manera. Detrás de nosotros, el viento con sus sacudidas amenaza con abatir sobre nuestras cabezas las ramas más altas de los eucaliptos. El mismo viento que azota día sí día también este lugar, he pensado yo, mientras me encojo dentro de mi anorak para guarecerme.


Y al final me he llevado un pomelo.

¡Feliz sábado!

domingo, 12 de enero de 2014

Vidas de serie B: acólitos

El encuentro de esta mañana ha sido fortuito. Llevaba dos días pensando en otra entrada, desde que los vi a los dos vendiendo caracoles. O eso creía. Ella se rió de mí. Siempre lo hace. Oí que me ofrecía coles en lugar de caracoles y mi malentendido le hizo gracia. Le dije que no quería caracoles, que los caracoles me dan asco de siempre y que nunca me he comido ni uno. Es la verdad. ¿Así se ganan la vida? pensé, ¿vendiendo caracoles? Pero estaba equivocada. Cuando fui de segundas a por los churros, vi que ya no estaban detrás de las dos bolsas de caracoles. El dueño había vuelto de desayunar y a cambio de vigilarle el puesto se habían ganado el café de la mañana. 

Nunca le caí en gracia ni ella a mí tampoco. Mucho antes de lo que es ahora, cuando aún vivía en una casa de verdad, con techo y con su propio dormitorio, no nos caíamos bien. Por qué lo íbamos a hacer ahora.

Pero siempre que la veo no dejo de preguntarme qué o quién decide los derroteros de cada existencia, qué hace que yo tomara el mío y no uno como el suyo.

Vidas de serie B: L'épave

Llegamos a la rotonda que sale de la autovía. Ahí, por el arcén, va andando un hombre. Parece un indigente. Lleva ropa de un color oscuro uniforme, no se distingue muy bien dónde acaba la túnica y dónde empieza la cintura del ancho pantalón. Está gordo, es mayor, anda con la panza por delante y los hombros echados hacia atrás. Anda de puntillas a ratos. Lleva melena, en realidad más que melena son greñas que le cuelgan alrededor de la coronilla absolutamente calva. Nunca lo he visto antes. ¿Qué hace en mi pueblo? Nos acercamos. Esa mirada de ojos achinados, la conozco. Es él. Dios mío.

Frecuentaba el reservado del Roque en la misma época que nosotros. Alto, moreno, desgarbado, con un aire mestizo, unos pocos años mayor que nosotros, siempre iba con Leoncio hasta que mataron a este último en un accidente de coche. El conductor del coche que chocó contra el suyo iba borracho. Tenía entonces veintipocos años y no recuerdo por qué le decíamos Leoncio.

No sé si bebía antes de que muriera Leoncio. Sí sé que Leoncio era un chico prudente, educado y sano. Así que lo asocio con él y no me creo que fuera muy distinto. 

Antes de esta mañana, el recuerdo que guardaba de él era el de hace unos pocos años, una ruina, siempre ciego, siempre borracho, siempre drogado, con la mirada vacía y endurecida, ida, al que procuraba no mirar demasiado por no provocar en él nada que no fuera indiferencia. 

Bueno, en realidad, hasta esta mañana hacía tiempo que no guardaba nada de él.




Épave evoca en sólo cinco letras y dos sílabas los restos de un barco abandonado en la orilla de alguna playa desierta, una máquina rota, desconchada, sucia y oxidada y la carcasa de lo que fue alguna vez un hombre.

viernes, 10 de enero de 2014

Encuentros en el Mercadona

Hacía tiempo que no lo veía. 

Si queréis ver a alguien, id al Mercadona con regularidad y os acabaréis cruzando con esa persona tarde o temprano. 

Me recordó que hubo un tiempo en el que daba clases particulares de inglés en verano para sacarme unas perrillas. Será porque fueron muchos veranos que detesto dar clases particulares. De hecho, una clase con menos de seis alumnos consigue agobiarme bastante.

Sigue igual de alto, of course, mucho más alto que yo pero su pelo se ha vuelto gris. Ha envejecido. Igual que yo, supongo.

Al parecer sus primos han regresado al pueblo. En el poco tiempo que llevan aquí ya han logrado cerrar un bar con sus amenazas y chantajes. Nadie se sorprende. Son ellos. Los de siempre. No hace tanto tiempo que los que mandaban aquí eran ellos, no lo suficiente como para olvidar.

Y yo un verano acabé dándole clase de inglés a uno de ellos.

Y por cierto. Nunca me pagó. 

domingo, 5 de enero de 2014

El olivar

Pasado el puente el camino se desdobla hacia abajo hasta llegar a la ramblilla que siempre llevaba agua hasta este año. Va seca. Es extraño. Una de dos, o alguien se está quedando con el agua o este año ha sido más seco que ninguno. La rambla se ha secado y ahora guarda el aspecto de un camino de tierra. 

Si tiras para arriba, te encuentras pronto con el carril que va rodeando los cerros hacia los bancales de olivos. Andan desperdigados por las laderas escalonadas por ribazos tan viejos como los propios árboles o escondidos en barrancos que el ojo inexperto jamás descubrirá. Son árboles centenarios, los más jóvenes, los plantones, no andan lejos de los 70 años de edad. La tropa de jornaleros conoce cada paraje por su nombre, desde el de las aguas vertientes en el cerro más alto hasta el del aguaor abajo. Y en uno de ellos quedan, y mientras media tropa camina carril abajo, carril arriba, portando los fardos y la espuerta, algunos sacos y las escaleras, como por casa, los otros cruzan por los cerros, subiendo y bajando como cabras el monte. Hablando de animales, esta mañana hemos visto bajar como alma que lleva el diablo a cinco jabalíes enfrente de nosotros. Uno de la tropa se había percatado antes que el suelo había sido escarbado y se ve que los hemos sorprendido por donde estuvimos ayer, en busca de nuestros desperdicios. El aire trae aromas que no consigo distinguir pero con los que me lleno los pulmones. Me informan que es romero, y tomillo, y que también puede ser la albaida que huele muy bien.

Se escoge el olivo y se pone los fardos por debajo para que las olivas queden recogidas en la red. Aquí se les llama olivas, no aceitunas. Se corta la retama que no deje que se estire bien el fardo. Con el trabajo que cuesta cogerlas nadie quiere que se escape ni una. Se avisa de si hay algún agujero que haya quedado tapado, la entrada a la madriguera de algún conejo o de algún zorro. Las caídas y los esguinces no son raros en un terreno tan escarpado. Algunos recuerdan cómo antiguamente se daba caza a los conejos con hurones, que luego prohibieron. No mucho más lejos encuentran la salida.  Las mujeres cogen las olivas de las faldas, incluso las del suelo, los hombres se atreven a subirse a las escaleras a por las ramas más altas. Se sierran algunas. Cuando se acaba la recogida, se recogen los fardos, se le quita la broza más gorda, se llena la espuerta y de la espuerta al saco, y a otro olivo. 

El sol pega pero no quema. El viento sopla de vez en cuando y estremece. Pero se está a gusto o no hay tiempo para pensar en el tiempo, sólo que no quede ninguna de esas olivas negras escondidas entre las ramas espesas de hojas verdes y platas que brillan con el sol de cara, ciegan y no dejan verlas. 

Empieza a haber hambre. Se llena el saco con el último fardo, se recogen los aperos y se baja hasta el siguiente bancal. La tropa se sienta en el suelo, no hay lugar para remilgos, no se come, se devora, nada hay más bueno que una comida en el campo. Es así. Pero hay que volver pronto a la faena y se vuelve porque es lo que hay que hacer. 

Y por encima de todo, está el sentimiento de que estamos solos. En ese momento no hay nadie más en el mundo que nosotros. Estamos solos. Hasta donde alcanza la vista no hay nadie. Sólo cerros y más cerros. Se oye el viento. Los demás ruidos apenas se distinguen. No hay nadie más que nosotros y el tiempo ha debido de parar para los demás porque el día ha transcurrido en aquel lugar y sólo para nosotros.