martes, 29 de septiembre de 2015

Lacónica

y asombrada. Perpleja. Como estado actual. 
No deja de fascinarme cada nuevo día en este giro voluntario que ha dado mi existencia. Cada nuevo día.

Dicen que aquí no llueve. Pero cuando caen cuatro gotas como las de hoy parece que los techos se nos vayan a desplomar encima y se va la señal del wifi. Claro que la ausencia de cortesía por parte de -dejémoslo en algunos- hace que sea prácticamente imposible acceder al único ordenador que nos queda en la sala de profesores. 
Teníamos dos. Ordenadores. Hasta el viernes. Pero el viernes el de la fotocopiadora
-un engendro de la informática que hace fotocopias por usb e incluso por señal del internet y que además te las grapa; lástima que no venga con un conserje incorporado que la entienda-
bueno, que el viernes vino el técnico del engendro, un calvo con un insufrible acento de Madrid y una rubia incorporada (es en serio, yo nunca os miento) porque la dichosa máquina al parecer no tiene manual. No. Es el tonto calvo con acento de Madrid el que te cuenta como va la cosa. Pero que no te lo cuenta a ti sino que se lo cuenta a la secre del SESO (sí. Resulta que esto no es un IES sino un SESO, interpretadlo como queráis) que es rubia y guapetona. Dos horas de blablabla incesante y ninguna escapatoria. Ahora entiendo a los nenes de la FPB. Porque en los barracones no hay departamentos. Sólo una minúscula sala de profesores donde te acorralan los técnicos de fotocopiadoras. Y no nos engañemos. Que si hubiese sido a Miguel y a su bigote, el calvo este no le cuenta ni los buenos días. 
Resumiendo. El viernes, el de la fotocopiadora se llevó el otro ordenador para configurarlo a la fotocopiadora supersónica. O sea que nos queda un ordenador y hay que madrugar y sacar ticket para poder utilizarlo. 
No sólo no tengo ningún ordenador a mi disposición sino que las guardias son un infierno. Sip. Una hora entera encerrada en una habitación que es la mitad de mi cocina con menos equipamiento que una sala de interrogatorios con dos chicos de 4º de diver a los que no había visto antes en mi vida, los tres castigados en aquel zulo sin poder sacar el móvil y sin tarea que hacer (ellos).  Por la ventana como único paisaje un descampado con pinta de escombrera. Un panorama para salir por patas y no volver. Y ante su amenaza de fugarse o cometer cualquier otro tipo de tropelía, pues una ha hecho lo que mejor sabe hacer que es de animadora social juvenil y al parecer la cosa no ha ido tan mal porque al final me han aguantado toda la hora. 
Y ese es otro de los motivos por los que por el momento prefiero hablar poco. No me pasa nada pero es que cada vez que abro la boca es para hacer una lista pormenorizada de todo lo que carecemos aquí. La historia va de a teacher que tenía un puesto de trabajo ideal donde había logrado encontrar un equilibrio y que de repente es catapultada al guantánamo de los centros. Así que me estaré calladita porque todo lo que pueda decir irá en contra de mi resiliencia.
En cuanto a mi post anterior, la cosa va viento en popa. Hoy sólo he tenido que pedirle por favor y con voz suave y calmada que borrara los penecillos que se había dedicado a pintar durante toda la hora por todo el libro de 1º. Y lo ha entendido, ha atendido a mi petición y sin montarme ningún pollo.  

Uuf. Buenas noches. 


martes, 22 de septiembre de 2015

¡Bonita!

Y estaba yo en aquella clase de 1º de la ESO que dicho sea de paso yo no sé lo que le dan a los niños de aquí pero son más grandes. Me refiero al tamaño. Para que os hagáis una idea aquí un 2º de la ESO talla M es como un 4º de la ESO de la talla G de allí. En fin. Que yo ya no me sorprendo de nada. 
Pues estaba yo en aquel 1º de la ESO cuando me percaté, ¡años de experiencia!, que un alumno de los que suelen presentar una conducta disruptiva durante la hora de clase, dos veces en dos horas de clase que hemos tenido ¡años de experiencia! estaba trabajando tan arduamente sobre su pupitre que llevaba un rato sin disrumpir la clase. Y cuando un disruptor no disrumpe, los años de experiencia indican que no está haciendo lo que debería estar haciendo. Eccolo qua. Efectivamente no era ¡hélas! mi asignatura el sujeto de tan digno esfuerzo. Así que me dispuse a emplazarlo a dejar de trabajar en aquella otra materia y dirigir sus recién hallados esfuerzos por la actividad académica hacia la tarea encomendada de repetir el alfabeto con sus camaradas. A mi tercera intervención pedí a aquella alma de cántaro que me diera el libro de tan fascinante asignatura que no lo dejaba encauzar sus energías estudiantiles hacia lo mío y le encomendé que se dirigiera a la docente correspondiente para recuperar el manual cuando de pronto aquello fue como una explosión del sálvame el MYHYV la Maite del Gran Hermano y la niña del exorcista. ¿QUE YO LO ESTABA AMENAZANDO? ¡QUE SÍ, QUE YO LO ESTABA AMENAZANDO DE TENER QUE PEDIRLE EL LIBRO A LA PROFESORA!! ¡BONITA! (literalmente) ¡¡QUE EL LIBRO SE LO IBA A DAR YA, A-HO-RA, BO-NI-TA!! ¡¡EH EH EH!! ¿¿Y QUE QUERÍA PONERLE UN PARTE?? ¡¡PUES BONITA PONME EL PARTE QUE ME LO PASO POR AHÍ POR AHÍ ABAJO!! ¡EH BONITA!

Qué espanto. Aún no me he recuperado del shock de tamaña disrupción. Ha sido como una macrodisrupción. Una supernova de las disrupciones. Como yo aquí soy nueva como aquel que dice, he preguntado si eso era lo normal  pero me han asegurado que no lo es. Que yo ya no me sorprendo de nada. En fin. Que hoy se cumple una semana. Magnífica forma de celebrar esta efeméride. 
-"Si los niños son buenos, aquí son buenísimos, ya veréis, aquí no vais a tener problemas"-
Ok...

Good night!!

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Día 2 (II)

El plan es muy sencillo. Llamar a la guardería. Decir que no nos esperen pero que luego las recojan. Llamar a Estrella, nuestra conserje, y decirle que avise que la de francés llegará, no sabe cuando, tarde, pero que llegará. Llamar al seguro y esperar. En media hora. Tiempo suficiente para llevar a las niñas al cole corriendo, volver y esperar. Volvemos después de tropiezos y malas caras en el cole, lo siento, yo no debería estar aquí, y segunda llamada de mi marido al que ladro ululo y cuelgo. Esto cada vez nos va gustando menos.  En la calle sólo queda el coche accidentado con la ventanilla abierta y yo. Y por fin llega la grúa, un poco antes de la hora acordada, y el gruista es amable, saca sus pinzas y una batería portátil que parece de fácil manejo, ¿cuánto pide por esa batería? la quiero la necesito, con esa batería ¡¡nada de esto habría pasado!! Para mi cumple quiero una batería con pinzas. El coche arranca a la primera y antes de dejar irse a mi salvador, le pido que por favor me haga un justificante o que me firme al menos una nota en la agenda como que mi marido me ha dejado su coche a traición antes de huir hacia el curro y que es testigo de que no me he inventado lo de la batería. 

9:30 de la mañana. Autovía del Mediterráneo. Una loca va a dos mil por hora con el corazón en un puño, un justificante en el asiento del copiloto que a punto está de salir volando por la ventana, porque llega tarde en su segundo día de clase en los barracones, dispuesta a que le echen un rapapolvo o que le echen a los leones, que tienen toda la razón, que mea culpa, que me fustiguen, que no tengo disculpa, vaaamos la tentación, que bien empezamos, que ningún gitano quiere buenos principios para sus hijos pero es que eso, a quien se lo diga, y un largo etc de frases hechas que surgen en esos momentos; 
cuando por fin logro aparcar el coche, me encuentro con un montón de señoras de mi edad vestidas de decatlón con mallas rosas y banda ancha en la cabeza pero ninguna que corra tan rápido como yo con mi bolso, mi bolsita de Mango, con mi termo, mis galletas, mi cuaderno tríplex y mi carpeta  pero oh Dios mío,
de cara a mí, en la puerta del campo está el piquete de huelga de los barracones, se me había olvidado el piquete, ahí están, un montón de padres, de niños, de jóvenes, algún que otro político, y unos cuantos policías locales, ay Dios, y yo con estos pelos,
Y claro, con el ruido que lían con los pitos y los gritos, pues que no se oye el timbre de la puerta, y entonces me pongo a gritar desde fuera, eso o intentar escalar la valla delante de toda esa gente, "¡Estrella! ¡Estrella!" a lo Marlon Brando  en "Un tranvía llamado deseo" hasta que por fin un alma caritativa dentro del campo de barracones me ve y se apiada de mis gritos y le da a la puerta pero la puerta no se abre así que llama a Estrella y llega Estrella con su manojo de llaves y no consigue abrir la puerta ni a la primera ni a la segunda así que le arranco las llaves para abrir yo pero tampoco atino y todo eso con gritos y pitidos en el oído, 
y entonces una de las madres también se apiada, el día de las piedades, y me coge las llaves y abre a la primera, y por fin entro yo con todo el equipo y sin pasar por ningún otro sitio me meto en clase.
Pero total, que resulta que nadie se había enterado de mi ausencia. Los niños en el aula estaban tan tranquilos que el de guardia al asomarse a la ventana ni se había enterado de que estaban solos. La secretaria del centro al ver entrar a la otra profe de Francés pensaba que al final había logrado llegar a tiempo. En fin y yo... Pa'habernos matao...

Con lo a gusto que estábamos en el fondo. 
En fin... 

Día 2 (I)

Siete y algo de la mañana. En otro sitio del mundo que ya no es el que era.
- ¿Y por qué dices que coja tu coche?
- Ya te lo he dicho. 
"Supongo que me lo habrá dicho ese un millón de veces en el que escuchaba otras cosas en mi cabeza. Y por qué no escucharé siempre..."
- Por la batería. Mi trayecto es demasiado corto para que se cargue.
- Si no me importa ir en tu coche, de hecho tu coche es mejor que mi coche. Pero es que ya no me acordaba por qué querías que fuera en tu coche. (Y si alguna vez lo dijiste, juro que no prestaba la atención suficiente ni ningún otro tipo de atención porque no recuerdo nada de ninguna batería. Me odio cuando no escucho)

Ocho y media de la mañana.
Me siento satisfecha. He conseguido nutrir vestir y peinar a mis dos retoñas sin que lleguemos a las manos, con paz y serenidad, y vestirme, acicalarme y tener todo preparado para dejarlas en la "guardería barra aula matinal barra transporte escolar barra comedor" y así podré llegar con el tiempo suficiente a mi nuevo liceo barra olimpo barra agrupación de siete barracones donde hoy por hoy ejerzo mi labor. Monto en el coche a las niñas, sus carteras, mi bolsita de papel de Mango con mi termo de café, mi taza, mi vaso de plástico y un táper lleno de galletas Chiquilín, mi carpeta y mi cuaderno tríplex y me dispongo a arrancar mi segundo magnífico día laboral cuando con un ronquido agónico la "batería" me dice que no. ¿Cómo que no? Que no, que no va a arrancar nada. Pero ¿por qué no? Pues porque si escucharas en lugar de chillar en arameo como lo estás haciendo ahora mismo, te habrías enterado de que esa batería está en las últimas. No, por Dios, que sólo llevo medio día de clase, no puede estar pasando, que qué van a pensar en los barracones, y ¿las niñas? hay que dejar a las niñas en la guardería barra aula matinal barra transporte escolar barra comedor antes de irme al liceo barra campo de concentración. 
Qué hago Dios mío, ¿¿qué hago?? Y ¿por qué se me queda la mente en blanco cuando más la necesito? ¿Qué hago? Pues lo lógico en esas situaciones: implorar al cielo que tenga piedad de mí e intentarlo una última vez. Pero entonces la peque baja  la luna eléctrica que tiene a su lado agotando así la mieja de batería que quedaba y con ella toda esperanza de redención. Ya estoy llorando a moco tendido por dentro. Y entonces hago lo que haría cualquier mujer en esa situación. Sí. Llamar a su esposo. Al fin y al cabo él es el que nos ha tendido la trampa de la batería. Y ¡sorpresa! ¡Que no me lo coge! ¡¡Y si se estuviera quemando la casa!!! Odio creciendo y explotando en cuatro tres dos uno. Piensa piensa. ¿En qué? En un cigarro. Sí. Pensaría mucho mejor con un cigarro. Dos meses y catorce días sin fumar. Pero es un momento crítico y cualquiera entendería que rompiera aquel compromiso que contraje conmigo misma en un momento de renuncio. Pero no hay tiempo para fumar. Además de nada les serviría una madre drogada a las niñas en esta situación. ¿E inventarme una enfermedad repentina y muy contagiosa que hayamos contraído las tres y así no ir ninguna a ningún sitio y quedarnos en casita metidas con un coche sin batería y la ventanilla bajada en la puerta??? Claaro. No. No puedo gastar la baza del ébola tan pronto. Sería poco creíble. ¿Qué haría una persona racional y responsable en esta situación? ¡Piensa piensa! Y mientras golpeo el capó del coche a lo Scarlett O'Hara cuando jamás volvería a pasar hambre oigo la voz de un hombre detrás del coche. Es el vecino de la esquina y se está ofreciendo amablemente a llevar a las niñas. Y me parece tan bonito que alguien se digne a ayudarme pero no puedo aceptarlo aún. Pero se lo agradezco. Y entonces hago lo que haría cualquier persona razonable. Llamo de nuevo a mi marido que por fin me lo coge y se me pone a hablar flojito, muy flojito, como si hubiera alguien durmiendo o como si estuviera impartiendo su primera clase en su nuevo centro mientras yo estoy hablando muy alto, altísimo como si no estuviera en mitad de la calle y como ninguna de las soluciones que me da implica dejar a las niñas, dejarme a mí en los barracones y que otro solucione el problema, y todo en los próximos cinco minutos decido actuar por fin.

lunes, 6 de julio de 2015

Injerencias telefónicas

Sábado por la mañana. Misma rutina mañanera de siempre. Encender el rúter, coger el móvil y comprobar las notificaciones. Vistazo rápido al whatsapp. Pues no. No se trataba de un capricho pasajero. Mi wiko ha decidido a lo mutis por el foro borrar/ignorar/suprimir/anular/aniquilar a la mitad de mis contactos. Olé. Indiscriminadamente y sin miramientos. De tal forma que puedo llamar a mamá pero papá ha pasado a ser una serie de números aleatorios completamente desconocidos. Intento entrar a contactos para medir la amplitud de la catástrofe. Pero mi wiko ha decidido que tampoco me deja. Y todo ello a una hora de irme a la playa a años luz de cualquier ordenador o módem que me solucione la papeleta. Tras cinco intentos de reinicios y de pedirle amablemente a mi Wiko que recapacite, acudo al Sr Lobo de las TIC, o sea a mi hermano. Mensaje de auxilio al grupo familiar del whatsapp cuyos miembros no reconozco más que por las minifotos de perfiles. O sea que bien podría estar comunicándome con cualquier otro grupo llamado familia García. Ya no están la  mayoría de ellos, son números y no más. Sólo queda mamá. Mi hermano abierto las 24 horas del día me da en seguida la solución. Al android se le va la pinza de vez en cuando así que sólo tengo que restaurar el móvil. ... ... ¿Restaurar el móvil es eso que se hace y que hace que el móvil se quede sin todo lo ocurrido y descargado a lo largo de estos últimos dos años y pico y que me vuelva a hablar en franchute como en nuestra primera cita? Dos años y pico, ahí está el problema. El wiko como cualquier otro aparato occidental made in china tiene programado su autodestrucción para cuando se acabe la garantía. Uuufff. Me tomo el finde para plantearme la reprogramación o sacrificar a la mitad de mis contactos. Difícil elección.

Domingo tarde. La decisión está tomada. Un teléfono que no me deja llamar a Papá no me sirve de nada así que he procedido a formatearlo. Y ha funcionado. He recuperado mi libreta de contactos, a papá, a los demás miembros de la family, a mi marido perdido también, ya vuelvo a comunicarme con gente con nombres y no sólo con números, vamos, que la operación ha sido todo un éxito. La pantalla del móvil se ha quedado pelada pelada completamente pero bueno nada que no pueda encontrar en la play store.

El caso es que animada por mi éxito telefónico me he lanzado a la ardua tarea de conseguir que mi marido conectara por fin el móvil al ordenador, cosa que lleva ya unos días intentando. Y NO, SEÑORES DEL SAMSUNG, NO HE TENIDO QUE DESCARGARME EL KIES PARA CONSEGUIRLO. O mejor dicho sí. Me lo he descargado y he tardado tres intentos en desinstalarlo de mi portátil. No quiero esa mierda en mi ordenador (y agradecedme que directamente no lo llame puta mierda).

Después de mucho bucear, esto es lo que lo ha solucionado ipso facto:

- configuración/ajustes; desarrollo; depuración de usb; desconectar. 

Y por ello, desde aquí quiero darles las gracias al Sr Lobo y a todos esos anónimos que nutren foros y foros al infinito con sus comentarios con el único propósito de hacernos la vida más fácil. A todos ellos, THANK YOU. ¡¡¡Feliz semana!!! :))





jueves, 2 de julio de 2015

Ikea

Mis fans y asiduos lectores ya estarán al tanto, pero para todos los demás, hagamos una pequeña retrospección. 

Verano de 2014. Aburrida como una ostra, encuentro casualmente en un supermercado de playa  entre las chanclas y los sudokus una novela de Wallander, un personaje del que he oído hablar en los foros de aficionados a la novela negra. En un arrebato, me lanzo a la aventura de leerlo. Porque descubrir a un nuevo personaje implica los mismos riesgos que cuando conoces a alguien, no se trata de descifrar una sucesión de vocablos y encontrarle un sentido sino que se establece claramente una relación interpersonal en la cual lo mismo te decepcionan como por el contrario acabas enamorándote y a partir de ahí entrará a formar parte de ti. No sé si me explico bien. El caso es que pronto descubro que me encanta. No sólo eso sino que a medida que avanza el verano voy devorando todos los Wallanders que pillo y siento crecer en mí una pasión incipiente por todo lo sueco. 

Lo que nos lleva al día de hoy. Tenía que ir. Ikea. Como suecófila, era un lugar de peregrinaje ineludible. Mi primera vez. (Bueno, realmente en Francia ya iba al Ikea pero no eran los mismos ikeas y no eran aquí y por aquel entonces tampoco es que me llamara tanto la atención lo sueco, de hecho lo sueco me sonaba a película de Esteso y esto ha sido una pasión tardía, tanto que me estoy planteando jubilarme en Suecia, los suecos aquí, yo allí, y así el mundo no se vuelca. No) 

El caso es que quería ir a Ikea y no sólo para comer albóndigas suecas con puré de patatas con grumos suecos y probar el café sueco y buscar a algún dependiente o dependienta sueco/sueca a ver a qué huelen los suecos y todo ello amenizado con las vistas al parking observando a maridos intentando meter en micromaleteros cajas enormes e imposibles bajo la mirada concupiscente de sus esposas. Sin embargo ni rastro de ningún sueco que trabaje en el ikea de Murcia. Una pena. No. Tenía que ir para dejar de imaginar cómo sería estar en un trocito de Suecia in situ. Y vivir allí no debe ser tan malo. En la planta de exposición me refiero. Es tan bonita y tan bien puesta. Y la verdad es que ha sido una experiencia casi mágica y me he traído un felpudo de la república independiente de mi casa y un corazoncito achuchable como souvenirs. 


Jag älskar Sverige!!! :))


miércoles, 1 de julio de 2015

Estampas de verano

Son las 6.51 de la mañana, hállome despierta y somnolienta y de madrugada y enfurruñada cuando ya por decreto no me toca, y es que lo de dormir y sudar puestos en este orden concreto es algo que llevo bastante mal a la par que me parece un absurdo despropósito. 
Echaremos siesta con  Castle. 


El niño en el carro tocando la pandereta con alborozo, la misma que le regalaron a su tía la del pandero de segundo premio, lo que viene a ser una pandereta de plata, el abuelo, sentado en la mesa de al lado entre menestra de verduras y rajas de melón, conmovido y animado por el arte táctil del postlactante carialegre, arrancándose por soleares a cantar villancicos de Navidad y así sentados en aquel bar, todos grandes y pequeños pusiéronse a celebrar con alegría y entusiasmo, la ansiada llegada del verano.

martes, 30 de junio de 2015

Del estío

Me parece súper fatal que esta mañana al buscar en internet "ganador de masterchef 3" me pusieran quién iba a ganar el masterchef 3 de esta noche. Tan difícil es entender que hay cosas que por mucho que queramos decirlas, no hay que decirlas nunca, que por más que queramos saberlas, es mejor no salir nunca de la ignorancia. Como por ejemplo quién ganará masterchef 3 de esta noche. Y así de puaj empezó la que iba a ser mi última jornada en Macael. Y me encantaría ponerme trágica y que me embargara la emoción. Y mira que  tengo motivos de sobra. Como por ejemplo ese magnífico mortero que me han regalado como regalo de despedida después de insistir insistentemente (de leerme probablemente Gabo y Stephen King acaban de pegar un brinco en la caja) (con todos mis ceremoniosos respetos a sus pies siempre) (y que Stephen King no está técnicamente muerto) (pero es que me va a costar horrores dejarme el vicio de los adverbios en -mente aunque dicen que prescindir de ellos es la conditio sine qua non para devenir en un gran escritor) bueno pues que yo lo decía insistentemente, como soy yo, una pesada, pero nunca en serio, lo de que quería mi mortero de despedida, ya sabéis como soy, "es broma" "siempre", y conmigo han tenido siempre una paciencia infinita, y mira que les he dado motivos para no tenerla, pues han pillado y me lo han regalado. Sí. El mortero. ¡¡¡se puede ser más adorable!!!! y creo que nunca me van a tratar con tanto cariño en ningún otro sitio y que los voy a echar mucho de menos, independientemente del mortero, y no tiene nada que ver con mi culo, y es todo tan triste. Pero es verano. Y verano y tristeza son antitéticos. Jeje, tetas. Así que mi consejo de hoy en este inicio del estío es que si no estáis dispuestos a saber la verdad, no la busquéis en el google.

Feliz verano, ¡estaremos bien!

viernes, 26 de junio de 2015

La malota

Por eso, hasta 12 horas después de haber ingerido alcohol, el test de alcoholemia puede llegar a detectar rastros de alcohol en la sangre

Mierda. Si me tomé la última copa a las 5, eso significa que probablemente sigo borracha. Oé. Y eso explica este estado de ánimo excesivo.  Así que nótome tan contenta pese a que el despertador no me haya dejado dormir más de tres horas. Su señoría, prometo no volver a liarla así de parda. Si es que tampoco tiene una tantas ocasiones. No, su excelencia, no pretendo basilarle. Pero es que me voy pa'siempre. ¿Cuántas veces se va uno pa'siempre? Si yo le contara la pena que llevo dentro. Sí, ya lo sé, lo disimulo de cojones. Una que fue siempre un poco artista sabe usted. Es por la empresa. Eso y que aparentemente sigo borracha. Qué vergüenza y qué bochorno. Si sólo fueron dos copas. Y un granitín. Y yo que sabía que el granitín lleva ginebra. Bueno, sí, lo cierto es que lo sabía. Copas a cascoporro. Pero sea usted indulgente. Que canté el eres tú de mocedades hasta desgañitarme la garganta. Oé. Aunque lo mejor estaba por llegar. De esas cosas que una dice que le habría gustado hacer pero que no la dejarían nunca. Al menos en esta existencia concretamente. No. Eso no. Eso ya lo he hecho. Y eso también. Un montón de veces. Eso lo hago de lujo. Y no le basilo a usté. Empiezan a sonar los primeros acordes del bar Coyote. "¡Las mujeres tienen que subirse a la barra a bailar!" Y allá que voy corriendo, la primera o la segunda, a la carrera, cojo taburrete y súbome con las plataformas a la barra, es mi momento, por fin voy a cumplir el sueño de años ha de subirme a la barra de un bar, pese al vértigo, a Zas, al futbolín, a los hombres del dominó, a la noria, a la victoria, a la gloria, a las risas, a las plataformas, al alcohol, a la tristeza, a los adioses, al tiempo que se acaba, a pesar de todo, allí estaba yo, subida a la barra de un bar, con mis plataformas imposibles, sosteniendo el techo y el cielo a dos manos y dándolo todo. Lo resto ya es leyenda.

Y por todo lo expuesto anteriormente, sirva como atenuante, ruego a su señoría clemencia,

Muy agradecida siempre.


¡¡Feliz fin de semana!! ¡¡Besis!!

(Cualquier parecido con la realidad es absolutamente fictional y casual)

domingo, 21 de junio de 2015

Fin de curso

"mi abuela tenía una granja en Tottle Brook y solía decirme que Dios estaba en la lluvia".
(Valérie. V de Vendetta)



Tengo ahora mismo un nudo en la garganta, o en la boca del estómago, o en cualquier parte donde moleste tener un nudo que se va apretando cada vez que me paro a pensar en el poquito tiempo que queda para dar carpetazo a los últimos catorce años. Así que procuro no pensar.

Cierro los ojos. Lo primero en lo que me fijo es en el cielo cubierto de nubes negras encima de mi cabeza. Huele a caracoles y a hierba mojada incluso antes de que se ponga a llover. Estoy en el patio de la escuela, la escuela Jean Jaurès, en Saint-Priest. Es un patio grande y abierto, muy abierto. En la esquina de la derecha está la caseta y la cerca de los conejos, y bordeando la línea del fondo están las pequeñas parcelas de tierra a modo de minúsculos huertos que hemos plantado con nuestro maestro de CM2, Mr Zombardi. Una alambrada separa nuestros jardincillos de los campos de cultivos que lindan con la escuela. Es el último día de clase, mi último día en Jean Jaurès y el  cielo está encapotado. ¿Y por qué lo recuerdo? Porque lo recuerdo desde siempre, desde la primera vez que levanté los ojos al cielo y me pregunté por qué el cielo se ponía gris el último día de clase.

Tengo el estómago encogido por culpa del nudo. Después de tantas despedidas sé que hay cosas, personas, momentos que no volverán a repetirse y lo que estoy a punto de perder para siempre, por insignificante que sea, me produce una enorme desazón.

Cierro los ojos de nuevo. Estoy en el aparcamiento donde los autobuses privados del Colegio Jeanne d'Arc de Genas Azieu descargan a las alumnas cada mañana y las recogen cada tarde, el mismo lugar donde aquel primer amor loco e intenso me había dado un cabezazo entre dos autobuses unos meses antes. Y me había quedado quieta, paralizada, sin poder hacer nada. Pero había sentido una enorme vergüenza por todas aquellas miradas que habían asistido con avidez al espectáculo a través de los cristales de los autocares. Una hilera de árboles altísimos me había acompañado durante cuatro años hasta el edificio central. No podría recordar ahora si eran tilos, hayas, plátanos o robles, pero eran altísimos y frondosos y majestuosos y hermosos. La encontré en el facebook. Era imposible que olvidara su cara, era ella. Pero me di cuenta también que hacía tiempo que aquella tía que tanto daño me había hecho había dejado de tener cabida en mi existencia. Levanto la mirada. El cielo está encapotado o debe estarlo a la fuerza porque es el último día del curso de troisième y ya no volveré.

Me gustaría estar en el momento en que la ausencia haya dejado de doler, cuando todo haya pasado, tengo miedo a los días de tristeza que me quedan por delante.

Cierro los ojos. Estoy en la puerta del instituto Charles Foucauld. He ido a vender mis libros de Terminale. Es la última vez que asistiré a aquel trueque. Me despido de mis compañeros. Dentro de unos días me marcharé de aquella vida. No volveré a verlos nunca, lo sé. Es difícil coincidir con nadie a 1500 kilómetros de distancia. Es difícil incluso a 20 kilómetros. El cielo encima de nosotros debe estar gris tirando a negro pero la calle no huele a caracoles. En las ciudades la lluvia no huele como en los pueblos, huele a agrio, no huele bien. Lloverá dentro de poco porque es el último día del curso y es imposible que sea de otra manera.