jueves, 13 de marzo de 2014

Días de penumbra en suspenso

El invierno prácticamente ausente durante todos estos meses ha dado un magnífico golpe de efecto. En fin. Y aquí estoy, envuelta en frío. Dónde acabo yo y dónde empieza la sombra. Agazapada en la oscuridad, no veo la hora en que pueda salir de aquí y que la luz me golpee la cara. Me gusta la primera luz de la mañana cuando calienta, me gusta ir a su encuentro y entonces cierro los ojos y dejo que me bañe entera.

Ya son tres días. Tres días de tedio por no poder hacer nada por culpa de la náusea incontenible que siento hacia casi todo. La opacidad de las palabras, de las miradas y de los gestos.



Huir. Huir habría sido probablemente lo mejor. Pasar de mí. Dejarme ahí tirada en un rincón mascando la penumbra y aprovechar un descuido para salir corriendo blandiendo una enorme sonrisa por montera como si nada ocurriera. Fingir sonrisas. Fingir afectos.
 Pero en lugar de eso, una vez más, me he quedado aquí conmigo a solas a esperar a que escampe o a que se haga de día en mi cabeza.


Dorian Gray

Es tercera hora. He salido un momento del aula en busca de algo. No recuerdo ahora qué pues tenía la certeza de que lo llevaba todo al llegar. 
No voy sola. Me acompaña Ana. La recuerdo andando a mi lado. Va a por algo que se ha dejado en su clase. El móvil. Se ha dejado el móvil que no debería siquiera traer al instituto. No me apetecía jugar al poli malo y la he dejado ir a buscarlo.
En el corto trayecto que separa el edificio donde se encuentra el aula del edificio central, me habla de los últimos exámenes que ha hecho y de lo mal que le están saliendo los parciales. En seguida llegamos a la gran puerta acristalada del edificio central. 
Me adelanto para abrir la puerta y es cuando veo el reflejo en el cristal por el rabillo del ojo. 
Su cabeza grande desproporcionada en comparación con su  cuerpo está tan encorvada que parece que tenga chepa. Su pelo lacio y descolorido cuelga escaso a ambos lados de la joroba. Los rasgos apenas marcados se diluyen en la inmensidad de una cara pepona. Las gafas de pasta empequeñecen unos ojos tan cansados que se han caído por los lados y que abren con dificultad. 
Desvío rápidamente la mirada pero ya es tarde. Sé que ella también me ha visto por el rabillo del ojo. No sólo me ha visto sino que incluso juraría que me ha sonreído y su sonrisa me ha helado la sangre.

martes, 11 de marzo de 2014

No, ¿en serio?

- ¿Y qué te ha dicho el médico?
- Nada. Me ha mandado hacerme una mamografía y hasta que no tenga los resultados, no me ha querido decir nada.
- Pues una mamografía duele muCHÍsimo.

Quien acaba de sentenciarme a un dolor atroz, que yo sé que duele, lo supe desde que vi aquella máquina de tortura medieval en la tele y sólo de pensarlo se me encoge el corazón, pues quien acaba de recalcar con claridad meridiana lo de "muCHÍsimo" a buen seguro no sabe ni cómo me llamo. Lo sé tan bien como que me apostaría el pecho izquierdo. Y ahora mismo me está mirando de reojo con una mirada maligna y media sonrisa muy a lo esmeralda maría alejandra mientras yo, o sea MOI, no doy crédito a lo que estoy oyendo.

- Y le pides que paren, que ya basta, que no aguantas más y entonces le dan un puntito más.

Se me ha encogido todo, si tuviera de eso, los tendría en la garganta, un sudor gélido recorre mi lóbulo parietal, pero por fin atino a decir en un tono disculpable un débil:

- Prefiero no saberlo. Dios mío. ¿Podríais no contármelo?... ¿por favor?
- Oy, hija, pues es lo que hay. Mejor será saber a qué atenerte.

No, ¿en serio? Jadeputa...

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- ¿Y cuándo va a ser la puesta de bandas?
- Pues será el jueves después de la selectividad porque como este año acabamos el sábado y la puesta tiene que ser en jueves porque como más de un profesor se va a su puebloblablabla
- Pues yo voy a pedirle a fulanico que me ponga la bandablablabla
- Yo quiero que me la ponga menganicoblablabla
- Y yo quiero que me la ponga blablabla
- Yo dudo entre tal y cual blablabla 
- blablabla

¿Holaaa? ¡Estoy aquí! ¿Me he vuelto invisible de pronto? O sea, no. Aun no me han dado los resultados de las pruebas que no me he hecho todavía y puede que por esas fechas aun no esté muerta, al menos no del todo, y aunque ya veo que no soy la profesora que queréis que os ponga la banda, me ha quedado cristalino, cuánta franqueza jo,  ¿podríais al menos tener la deferencia de respetar mi corazoncito y mis sentimientos??? Que los tengo, jo... ¡¿Hola!!??

- Blablabla- 

Uuufff... No, ¿en serio?

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- Ya es la hora, las 17:30 en punto, se acabó la catequesis, ¡nos podemos ir!
- Seño, pues mi amigo Javier Martínez dice que eres muy fea.
- ¿Tu amigo tiene madre? ¿La tiene? ¿Sí? Pues dile que lo que él opine sobre mí, que yo opino lo mismo sobre su madre, ¿se lo vas a decir? ¿sí? ¡Venga, hasta luego!

¿Qué les pasa a todos hoy?

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- Vamos a leer el catecismo si os parece. El tema 17, ¿verdad?
- Nooo, hermana, es el tema 18. El tema 17 lo hemos dado hoy.
- Ahh, el tema 18. Jesús sólo hizo el bien. Tenemos que marcarnos como objetivo que el niño se entusiasme con Jesús.

Mirada a mis compañeros. ¿Soy la única que se conforma con que los niños no tiren los salones parroquiales a lo Jericó? Bueno, vale, mejor me estoy calladita. Las monjas son como los inspectores, lo mejor es decirles que sí a todo, que luego siempre habrá tiempo de arreglar las cosas. O por lo menos camuflarlas... Nooo, por favor, ¡¡que alguien le diga a la hermana que no es el tema 17, que es el 18!!

- Bueno, pues ahora ¿qué os parece si os leo las actividades del tema?
- ¡Me tengo que ir!

Y gracias a Dios, nadie me ha preguntado. Porque de haberme preguntado el porqué, no es que pfff jo uufff... vale.



Buenas noches!! :))

domingo, 9 de marzo de 2014

Tattoos

Como siempre ha sido decirlo y arrepentirme de haberlo dicho en voz alta.

- Me voy a hacer un tatuaje.
- ¿Dónde te lo vas a hacer?- ¿Cómo quieres que sea?- ¡Te lo hago yo!- ¡No yo!- ¡En el hombro!- ¡En el tobillo!-

Ahí estaban mis dos fieras abalanzándose sobre mí pistolas de tinta imaginarias en mano sin que hubiera tenido tiempo a desperezarme siquiera. Y es que la última noticia que hemos tenido es que ya no quieren ser ni médicas ni maestras ni historiadoras ni arqueólogas. La última noticia que tenemos es que van a abrir un estudio de tatuajes juntas en un futuro no muy lejano. No me di cuenta del alcance de su afición por los tatuajes hasta el otro  día en el mercadona, cuando al cruzarnos con aquel British en manga corta, empezaron las dos a piar al unísono,

- ¡Mami! ¡Mami! ¿Has visto los tatuajes de ese hombre???  ¡Míralos mami mami mami!!!

Mirada flemática e indiferente hacia el British en cuestión para evitar que este creyera que aquellas dos querubines gesticulantes y chillonas tenían algo que ver conmigo. Pero lo cierto es que tenía el brazo absolutamente tatuado.
Dicen que su repentina nueva vocación tiene que ver ligeramente con el hecho de que el otro día nos pusiéramos a ver juntas aquel programa sobre tatuadores californianos. Eso dicen. Pero yo pienso, baaah, ¿¿cómo va a ser eso posible???
El caso es que ahora luzco un maravilloso dibujo en el hombro derecho y otro me ocupa media espalda y espero no tener que quedarme desnuda ante nadie desconocido al menos hasta que consiga que se me vayan. Bueno, espero que ninguna de las tres nos tengamos que quedar desnudas porque como buenas tatuadoras que son están cubiertas de garabatos debajo de la ropa.
Todo sea porque mis niñas nunca nunca nunca me puedan echar en cara que su madre intentó cortarles las alas.

¡¡¡Feliz domingo y leve semana!!!

Sara cabreada

Anoche, antes de dormirme, me visitó mi muso a esas horas en las que no tengo papel ni boli ni una pizca de gana de levantarme de la cama para apuntar las frases que me inspira. Sí. Mi muso es un cachondo que normalmente me deja a medias. Pero esto es más o menos lo que me dijo.



La vida de Sara mantiene un equilibrio imposible
Y el hilo del que pende es tan fino y endeble
Que a la menor ráfaga de aire,
esta acabará desprendiéndose.


Lo último que vi antes de apagar el móvil e irme a la cama fue una foto suya en el instagram. Sara no se llama Sara en realidad, pero a nadie le interesa cómo se llama. En la foto, Sara estaba visiblemente enfadada. La foto la retrataba justo en el momento en el que se volvía hacia el fotógrafo, con la ceja levantada, una sonrisa a medias y esa mirada fría de pasar de todo. Sara ya no es esa niña siempre risueña, ahora tiene días de esos de estar cabreada con todo.

Sara no es una chica espectacular, su físico no llama la atención. Sus progenitores la dejaron tirada en la estacada hace ya tiempo. No entiende de mates, apenas de historia, pero es la biología la que le provoca pesadillas, tiene muy claro que nunca la superará. Y ahora además su chico está a punto de marcharse a otra ciudad, así que puede que lo suyo también tenga los días contados.

Desde que nos conocemos, hay días geniales en que Sara es feliz y se ríe y otros días no tan geniales en que con muy mala cara, se aparta a un rincón en el que cuelga el cartel de no molestar. Y entonces no la molestamos ni yo ni nadie porque Sara tiene sus razones.

viernes, 7 de marzo de 2014

La siesta

Hace un rato, mientras dormías, me he sentado a tu lado. Como solía hacerlo. Tú te dormías y entonces yo me sentaba junto a ti, aguardando a que despertaras. No tenía prisa en que lo hicieras. Aprovechaba para hacer mis mil cosas de siempre. Ya sabes que yo no echo siestas. De hecho, de un tiempo a esta parte, he perdido el sueño y mi cuerpo cansado y renqueante anda de día a duermevela y a veces también de noche. Así que cuando anunciabas que te ibas a echar la siesta en parte me consolaba que al menos uno de los dos lo hiciera.

Me he sentado a tu lado y te he mirado, dormías ajeno a mí. Y sin pedirte permiso, me he acurrucado contra ti. Como solía hacerlo. En aquel entonces, tu regazo me parecía tan confortable, seguro y cálido que tenía la ciega convicción de que nada malo me podía pasar estando ahí.

Mientras tú echabas la siesta, he estado susurrando una y otra vez las palabras que te iba a decir por teléfono. Sonaban tan naturales, casuales, imprevistas e improvisadas como lo puede ser una llamada telefónica cualquiera. Sonríe.

Hace un rato, mientras escribía estas palabras que nunca leerás, desde el velatorio de esa especie de anomalía congénita que fue lo nuestro, he hecho tiempo por no coger el maldito teléfono, calculando cuánto gastaba el segundero en dar una vuelta al reloj y preguntándome por qué tardaba tanto en marcar el momento en el que me tenía que ir porque despertabas.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Tribulaciones hipocondriacas

Tribulación... No es una palabra que hubiera elegido personalmente, fundamentalmente porque no me llama la atención, no es lo que se dice bonita, y sin embargo, observo cómo se va instalando poco a poco en mi cotidiano. En fin, de eso va la entrada de hoy. De tribulaciones hipocondriacas,


O del día en que morí (otra vez)


La persona que más se parece a mí genéticamente no es mi hermana, ni mi hermano, ni mi hija, ni mi otra hija, ni ninguno de mis padres, ni tan siquiera mi marido. La persona a la que más me parezco genéticamente es mi tía homónima. 

Cuenta la leyenda que muchos años ha, la joven, que no contaba más de veintitantos años por aquel entonces, aquejada de pronto de múltiples males y harta de tantas vicisitudes, se decidió por fin a convocar a toda la familia y anunciarles la funesta noticia de que sin lugar a dudas se estaba muriendo. Tan súbito fue el golpe infligido en aquel momento a su pobre madre y a sus hermanos que cuentan que los vecinos despavoridos al oír los gritos y lamentos se fueron acercando apesadumbrados a la casa familiar para presentar su más sentido pésame. Y nueve meses después, más o menos, nació mi prima. La escena se repitió a posteriori tres veces más.


Yo también he muerto unas cuantas veces así. La más sonada fue probablemente aquella fístula que me salió donde salen las fístulas, o sea en la rabadilla, al caerme por las escaleras del piso en el Beaterio del Santísimo, en Granada. Aquello fue espantoso. Un verdadero dramón familiar lié yo por la fístula. Tanto que conseguí movilizar a mis tíos de Granada que fueron ipso facto a visitar a la moribunda, o sea a mí, y eso que en aquel entonces no había ni móviles ni pollas (como dicen por allí, perdón).

Y ahora estoy en plena crisis de una de esas pequeñas muertes (que no "la petite mort" à la française, rien à voir hélas!!), porque llevo unos días que me duele el pecho y aunque mis compañeros se han empeñado en que la causa sólo puede ser benigna (agujetas, contractura, tirón, mala postura, la regla, las hormonas, la menopausia, una crecida repentina del pecho, la piscina del otro día, el día de la semana pasada en que me fumé diez cigarros etc etc) yo los escucho con cara compungida de plañidera, dándole vueltas y más vueltas a la misma idea. 

Porque entre vosotros y yo, alguna vez será la definitiva, de eso no cabe duda. Pero claro, de tanto anunciar que me muero un día sí y un día también, pues el día que lo haga de verdad, en el tanatorio eso va a ser un cachondeo... Lo cual en el fondo no me disgusta... Mi marido me ha dicho que ya que me empeño en hacerlo, a ver si puede ser antes de agosto, no por nada personal, sino porque ahora mismo tengo vigentes dos seguros de vida, y en agosto se me cumple uno. De todos modos, lo dice sin ninguna mala intención. Podría haber sido al revés. Le he dicho que voy a ver lo que se puede hacer y que favor por favor, que se busque cuanto antes a otra esposa, que las niñas son pequeñas todavía, que se acostumbrarán pronto a la nueva y así no acusarán mi ausencia, que luego con la edad del pavo se pasa peor, pero él dice que de eso nada. He intentado convencerlo diciéndole que tan mala suerte no va a tener dos veces seguidas y en esas estamos. En fin..



En serio, intento tomármelo con humor pero no os hacéis ni una remota idea de lo complicado e insoportable que se hace a veces esto de ser hipocondriaca. Al menos esta vez estoy aguantándome las ganas de meterme en internet en busca de mis síntomas. Uuuff...



Buenas noches,






martes, 4 de marzo de 2014

Podando

Me han relegado a la cocina. Para no faltar a la verdad, me he relegado yo solita sin que haya habido ni un solo amago por mi parte de hacerme con el mando de la tele. Hoy me he despertado imbuida de espíritu hogareño. Ese es el sentir, y por eso estoy ahora aquí sentada en la cocina, viendo Rebeca, entre vapores de ollas y olores a puchero y a habichuelas estofadas.

Pero mi día ha sido mucho más interesante de lo que pudiera parecer. Me he vestido temprano y me he subido al coche para hacer la plaza. El martes es día de mercado en el pueblo. Habría ido andando pero el viento de estos días hace casi imposible cruzar el puente sin salir volando. No hemos tenido invierno este año, sólo viento. Así que he cogido el coche. Y mira que no me gusta ir en coche al pueblo. Casi tan imposible como cruzar el puente es encontrar un sitio donde aparcar. Pues sí, este es un pueblo sin agua potable y sin aparcamientos. En fin...
Después de muchas vueltas y al borde del colapso emocional por no poder aparcar, de hecho a puntito de desistir, no me puedo creer la suerte que he tenido al conseguir dejarlo justo al borde de la zona amarilla de seguridad frente al cuartel de la Guardia Civil, con una agente de la Benemérita hablándole a su smartphone justo a mi lado. Dios bendiga los smartphones. Porque es que además iba sin el cinturón puesto. De un tiempo a esta parte, no me pongo el cinturón para callejear por el pueblo, llamémoslo "rebelión contra el sistema" o "vivir peligrosamente".
Una vez aparcada, he ido a sacar dinero por iniciativa propia y a la vuelta me he parado en un puesto que ocupaba el puesto del hombre mayor al que le compro los pocos martes en que me puedo acercar a la plaza y que hoy no estaba. No es comparable a Tomás pero este señor mayor tiene la inmensa virtud de hablarles de usted a sus clientas y eso es algo que me hace gracia. Este tendero era igual de calvo que mi señor educado pero algo más joven. Y un poco chulillo. No me gusta la gente chula pero me he percatado un poco tarde para irme. Le he pedido consejo acerca de las mejores peras y me ha dicho que me tenía que fiar de él sí o sí. ¿A qué ha venido eso? No tenía pimientos morrones. Un hombre se los ha llevado todos a primera hora. Le he dado vueltas a la cabeza intentando imaginar qué clase de persona desabastece un puesto y tal vez todo el mercado de pimientos morrones y con qué intención. Pero he pensado que eso era pensar demasiado. Le he dicho que quería una caja de fresones pero que fueran españoles, no los de la caja esa que pone "Países Bajos", y no me lo puedo creer, se ha reído de mí, alegando que lo de "Países Bajos" era sólo la marca. De hecho se ha puesto un poco pesado enseñándome donde ponía que eran de Huelva, y finalmente ha añadido que además los Países Bajos no son un país sino varios. Me he callado oportunamente y he agachado la cabeza. No ha lugar, he pensado. Y tanta gracia le ha hecho mi humilde incultura que sin pedírselo, se ha ofrecido a llevarme la mitad de la compra hasta el coche.
Luego he ido a mi carnicero. Menos mal que estaba él y no su mujer. Aunque reitero que lo nuestro es puramente platónico. Se ha disculpado por metérmela toda en una sola bolsa. La carne me refiero. Le he dicho con una sonrisa complaciente que no pasaba nada, que tenía el coche cerca.
Al salir, he comprado una barra de pan enfrente, y me he traído un bollo para probar a hacer la porra de ayer. Después del desayuno en familia, me he puesto a preparar el cocido, y las habichuelas estofadas para la noche. Y ahora estoy aquí sentada en la cocina viendo Rebeca.

Lo cierto es que he quedado un poco tocada al leer algunas entradas de los blogs que sigo. Parecen haber sufrido todos una implosión de sensualidad con la llegada de la primavera, tríos, intercambios de pareja, amores con "p" de pasión desbocada, y yo mientras aquí preparando sopa de cocido y friendo la cebolla y los ajos de las habichuelas.

En fin, menos mal que está Rebeca en la tele para olvidar mis preocupaciones. Todo un lujo para el mediodía de un martes. Hay días en que envidio la vida de las amas de casa que pueden disfrutar de Rebeca sentadas tranquilamente en sus cocinas.

Max acaba de darle un puñetazo a Favell. Uy, pero qué falta de gallardía en el golpe.  Me sorprende la cabriola que ha hecho el tal Favell al caerse.

He apartado las habichuelas y ahora la sopa se está cociendo a fuego lento. Tengo un ojo puesto en la pantalla de la tele y por fin me he podido sentar un ratito a podar mis entradas de ayer. Soy incapaz de dejar una entrada tal y como la he publicado en primera instancia si no me satisface el posicionamiento y la sonoridad de cada uno de sus elementos. De hecho, y si tuviera tiempo, me pasaría el día entero cocinando entradas nuevas y podando las antiguas.

Y es que hoy me he levantado así. Qué le vamos a hacer.

lunes, 3 de marzo de 2014

La estación de trenes

Es una estación de trenes chica, tan chica que de lo chica que es podría pasar perfectamente por insignificante. Sólo consta de un edificio que apenas logra tapar el andén desde la carretera. Su fachada que fue una vez antigua ha quedado renovada a golpe de brocha encalada y de tan blanca que ha quedado ofrece el aspecto aséptico de una enfermería. Se halla perdida en medio de una carretera que bordea los campos de hierba verde.

Durante el tiempo que estuvimos en la ciudad el año pasado, no pasamos por allí ni una vez. No hubo tampoco motivo. Pero ayer, íbamos a unas pequeñas urgencias y al verla, me acordé de inmediato.

¿Por qué no había caído antes de que estaba allí? ¿Por qué no la recordé? Mi memoria no encontraría motivo para hacerlo.

Hubo una vez unas tardes de viernes en las que estuve en ese andén que no se ve desde la carretera, esperando un tren. Hacía trasbordo en aquel pueblo que me sonaba mucho pero del que materialmente sólo conocía aquel andén. Era el punto de inflexión entre el tren que acababa de alejarme del apartamento donde vivía sola y desde el que oía las campanas de la Plaza de las Campanas y el que me llevaba lejos. Durante un año, aquella estación sólo fue un lugar de paso cuyo suelo me quemaba y moría con impaciencia por dejar para subirme corriendo a un tren que me llevaba a donde quería estar.
Los pocos viajes de regreso que hice en tren no pararon nunca allí. Así que nunca fue una estación donde fumarme la agonía de tener que volver al apartamento desde el que oía las campanas de la Plaza de las Campanas. Durante un año sólo fue una estación de ida. Sólo un andén de huida.

Ayer nos detuvimos unos minutos ante la estación a mi requerimiento.  Y me di cuenta de que nunca antes había estado a este otro lado. Y me pregunto si de alguna manera aquella que esperaba hace años su tren habrá notado mi presencia.

De puente

Cómo era aquello de viajar... Viajar es morir un poco... 

??? 

No, no puede ser así, no tiene sentido. 

Yo y mi proverbial tendencia a tergiversarlo todo. Yo y mi tendencia absoluta a tergiversar proverbios.

Viajar no es morir. Viajar es cambiar. Cuando sales de casa, ligero de equipaje, con sólo lo imprescindible, hay que soltar lastre antes del viaje, debes de tener muy claro que vas a cambiar ineludiblemente durante su curso. Nunca se vuelve igual de un viaje, para bien o para mal.

Creo que es por los procesos de ensanchamiento y de expansión que sufre el cuerpo al salir de su concha que hace que sea imposible que vuelva a ocupar el mismo lugar que dejó al salir. ¿En serio? Sonríe. Ahí tienes una oreja y ahí la otra. 

El viaje ha llegado a su fin. Y en esta ocasión ha sido un viaje abrupto. Con la ciudad recibiéndonos de nuevo, un año después, con hostilidad climatológica. Amores reñidos. Una lluvia incesante y un aire loco de los de aquí que nos han estado tocando los violines en un aria continua al desánimo y a la melancolía.

Cuando uno sale de viaje, no sabe muy bien cuánto tiempo va a tardar en volver. Yo por ejemplo no he vuelto del todo. Mi cabeza sigue allí y ahora, y por la ventana del hotel, puedo ver el aparcamiento y la carpa blanca. Fuera llueve.