jueves, 27 de junio de 2013

Informes

Conforme iba rellenando maquinalmente las casillas de los informes individuales por el séneca, las que le pedían que hiciera observaciones acerca de las calificaciones del curso, desfilaban uno tras otro los nombres de sus niños. Porque siempre eran sus niños. 


Iban desfilando aquellos nombres familiares uno tras otro al ritmo de las palabras huecas  con las que rellenaba las casillas una tras otra. Aquellas palabras que apenas decían nada de cada uno de ellos y que se repetían una y otra vez, bien, regular, muy bien, excelente como aquel poema de Jacques Prévert, un et un deux, deux et deux quatre, quatre et quatre huit, huit et huit font seize, répétez dit le maître...

El cansancio y mareo de las pocas horas dormidas el día anterior hizo que detuviera aquella marcha mecánica de las palabras y se puso a observar los nombres de los niños. Y conforme los observaba, pensó en todas las observaciones que se le iban ocurriendo acerca de cada uno de ellos y que no tenían cabida en aquellas casillas. 


Y entonces se dio cuenta de que este año se había acabado por fin o hélas porque aquellos niños habían volado de su nido, que nunca más volverían a serlo como durante aquel curso y que nada de lo ocurrido entonces por suerte o por desgracia volvería a pasar nunca más.


Y como cada año cuando aquello sucedía, centró la mirada en la pantalla para que nadie observara cómo sus ojos se iban rellenando poco a poco de lágrimas.