jueves, 19 de marzo de 2015

Animals

Busco la canción. La 48 en la lista de reproducción. Un chico que quiere tirarse a una chica. La historia de siempre. Pero no es la historia lo que me interesa. Busco otra cosa. Impresiones que han quedado en la mente de algo imposible y que quiero comprobar. Suenan los primeros acordes. Cierro los ojos. Ya estoy dentro.

Tengo una costra en la comisura del labio. El labio superior. La punta de la lengua relame nerviosamente la costra hasta que consigue arrancarla. 

El volumen ahora mismo es atronador. No oigo nada más. Me pregunto si es posible que una canción te transforme en otra persona. Si es raro. Si soy normal. Si estoy loca. Que te llene de un poder que no tienes, que sientas que podrías recorrer cientos de leguas con sólo cuatro zancadas, que podrías acallarlo todo con un solo rugido, que nadie ni nada te podría volver a hacer daño. 

La punta de la lengua sigue relamiendo la herida. Siente la carne blanda y cálida que ha quedado al descubierto al caerse la costra. Le gusta relamerla.

No es sólo transformarse en otra persona. Es otra cosa, más salvaje. Un animal que se alimenta de carne. Grande y poderoso. Un animal que podría correr sin agotar nunca la energía que se le derrama por dentro. La siento. Me siento fuerte, ahora mismo sé que puedo con todo.

La carne cálida y tierna del labio se ha cuarteado al hacer una mueca la boca y ahora sabe a sangre. 

Me pregunto si las hienas dejarían de reír y si se pondrían a consolarse las unas a las otras de perder a una de ellas.

Me gusta el sabor metálico de la sangre. Me devuelve a la cordura. Me reconforta. Es un sabor tan antiguo como yo.

Tocan los últimos acordes. Vuelvo a la realidad. El león acabó devorando a la reina hiena. Pero a mí nunca me gustaron los leones. Y me repugnan las hienas. La canción acaba por fin.