jueves, 13 de marzo de 2014

Días de penumbra en suspenso

El invierno prácticamente ausente durante todos estos meses ha dado un magnífico golpe de efecto. En fin. Y aquí estoy, envuelta en frío. Dónde acabo yo y dónde empieza la sombra. Agazapada en la oscuridad, no veo la hora en que pueda salir de aquí y que la luz me golpee la cara. Me gusta la primera luz de la mañana cuando calienta, me gusta ir a su encuentro y entonces cierro los ojos y dejo que me bañe entera.

Ya son tres días. Tres días de tedio por no poder hacer nada por culpa de la náusea incontenible que siento hacia casi todo. La opacidad de las palabras, de las miradas y de los gestos.



Huir. Huir habría sido probablemente lo mejor. Pasar de mí. Dejarme ahí tirada en un rincón mascando la penumbra y aprovechar un descuido para salir corriendo blandiendo una enorme sonrisa por montera como si nada ocurriera. Fingir sonrisas. Fingir afectos.
 Pero en lugar de eso, una vez más, me he quedado aquí conmigo a solas a esperar a que escampe o a que se haga de día en mi cabeza.