viernes, 13 de diciembre de 2013

Los mantecados de mi abuela isabel

El que ayer la batería de mi coche después de casi 6 años de fieles servicios dejara a mi marido aparcado en doble fila frente al estadio tirado es pura casualidad. Y que el parque de atracciones de las Pin y Pon se haya agotado en el Hiperocio también. Y que hayan anunciado lluvias torrenciales repentinas para el fin de semana justo después de haber decidido ir a la oliva es sólo circunstancial.


Peeeeero en esta vida no todo va a ser sufrir, o mejor aún, como en aquella canción de los Monty Pythons "Always look on the bright side of life". Y eso hago nena, ¡todos los días!


Una de las cosas que nos pasan a algunos guiris cuando aterrizamos en esta tierra es esa especie de repulsión que sentimos hacia el fuerte y característico sabor de la comida española, y en particular la sureña de toda la vida. No podéis haceros una idea de lo que supuso para alguien de tan buen comer como yo cambiar los suaves, lechosos y delicados (ya van dos veces en una semana) aromas galos por un trozo chorizo (esto blanco y blando, ¿qué es? y que alguien me explique por qué no hay ni un solo tipo de embutido que no sepa a cerdo), un pimiento verde frito (pero ¿qué gente lo fríe todo en ese apestoso aceite de oliva? Sáquenme de esta cocina por favor!!!), un plato de cocido (¿en serio pensáis que me voy a comer algo donde flota una oreja?) o eso que parece una de mis añoradas galletas bretonas ricas en mantequilla pero, ¿a qué sabe esto? ¿pero qué le habéis echado para que sepa así?? ¿¿¿MANTECA DE CERDOOOO??? Pero ¡¡qué mente demente le echa grasa de cerdo a un dulce!!!!!


Fue una época dura en la que tuve que acostumbrar mi paladar a esta cocina de bárbaros. Y lo hice. Era eso o no comer. (¿Yo no comer? ¡¡Debe haber otra solución!!) Y vaya si me acostumbré.


Los mejores mantecados que yo haya probado nunca fueron unos que compramos en una panadería de Zahara de la Sierra, hechos con aceite de oliva y que resistirían el embate del paladar más exigente. Sin embargo, mi madre siempre nos habló de los mantecados que hacía mi abuela y que eran de lejos los mejores que nunca hubiera comido. Por desgracia, mi abuela nunca le mandó la receta de los mantecados cuando estábamos en Francia. Y luego al volver aquí y con el paso del tiempo, se le olvidó pedírsela hasta que fue demasiado tarde.

Pero me he enterado hoy que gracias a Dios y a Facebook ha contactado con sus antiguas vecinas y amigas de la Argentina y le han mandado la famosa receta!!! Por fin sabremos a qué sabían los mantecados de mi abuela Isabel.



Buen fin de semana!!! :))