sábado, 10 de mayo de 2014

L'école buissonnière II

Segunda y escueta parte del día en que hice novillos para acompañar a mi padre a su operación de cataratas pero que tendré que relatar por el acabamiento de la parte previa del relato.


(11:40)
A todos los trastornos que ya he mencionado a lo largo de estos años, tal vez habría que añadirles una insignificante fobia a las salas de espera y a la sensación cuando estoy en una de ellas de que nunca saldré de ahí, atrapada para siempre en un bucle temporal donde el fin es proceso y la causa efecto. Así que cuando me entero de que el buen señor de Olula se ha tirado una hora en quirófano y de que todavía quedan cuatro pacientes por delante, no me cuesta mucho trabajo hacer un rápido cálculo mental que da como resultado que JAMÁS SALDREMOS DE AQUÍ!!!

Pero logro mantener el pánico dentro de la cabeza e intento distraerme con la buena enfermera sentada detrás de mí que no para de hacer "chuuut" desde el púlpito. Uy que creo que me estoy cabreando. Ese "chuuut" ¿A qué se debe? ¿Me voy a tirar la eternidad en esta sala metida y pretende que esté callada? Qué chica más maja. Cuando se acerca a echarle las gotas al buen señor de Olula compruebo que esa mala leche no se debe al ruido por otro lado razonable que estamos haciendo los acompañantes (me gustaría meterla a usted en mi clase de 2ºESO, para que se entere usted de lo que es ruido) sino a un cuerpo poco agraciado y a un acento no andaluz pronunciado. Y créanme, nada bueno puede resultar de semejante combinación. Así que queda oficialmente bautizada como Señorita Rottenmeier. 

Uy, pero qué huele mi fino olfato. Olor a tabaco. Sí, es otra de las cosas que tengo desarrollada. Sí. Fallé la vocación de perro rastreador (me niego a hacer la concordancia). Pero independientemente de todo ello, aquí cerca hay alguien fumando y mi astuta mente de detective acaba de darse cuenta de que la salita de aquí al lado de donde entran y salen sin cesar gente ataviada de batas sirve de lugar de esparcimiento de nuestros funcionarios sanitarios. Pero ¿en serio que hay alguien fumando justo al otro lado de la puerta???? 

Entre el chuuut, el olor a tabaco, una conexión vodafone de mierda, la batería agotándose por minutos, la certeza de que nunca saldré de ahí, el ayuno de mi padre, la diabetes de mi padre, que mi padre tenga que esperar todavía cinco horas para ser atendido, 
sí, exacto, empiezo a hiperventilar por dentro. Y ¿Qué hago cuando me pongo en modo hiperventilación??? Que mi comportamiento se extravía y empiezo a quejarme en voz alta, a moverme y a resoplar y a- lo que viene a ser un cuadro.


(12:40)
Contra todo pronóstico, la señorita Rottenmeier se acerca a mi padre y le susurra (no vaya a ser que nos enteremos los demás) que es el siguiente. No se vayan a creer que mi padre quiebra el secreto de confesión de la señora.
- ¿Pero qué te ha dicho?
- Que soy el siguiente.
- Aleluya.

Por fin viene la enferma encargada de las cargas y descargas, recoge el paquete, la señorita Rottenmeier nos informa que debemos esperar al paciente en la sala VIP, perdón en la sala UVI, y en cuanto nos pierde de vista aprovechamos para salir corriendo por el puente que une los dos edificios hacia el quiosco de las revistas. 

Porque por buenas que sean nuestras conexiones, nunca sustituirán la lectura de una buena revista del corazón mientras estás en una sala de espera. Es lo que pega, y lo que pegará siempre.
 ...

(4:30. de la tarde)

No puede agachar la cabeza. No puede levantar nada de peso. No puede hacer ningún esfuerzo. No puede mirar de reojo. No puede dormir apoyado en el lado del ojo operado. Sólo puede mirar de frente. Debe levantar todo lo que esté leyendo a nivel de los ojos. No puede salir a la calle sin gafas de sol. Mejor quítese las gafas de sol de su mujer que le da una extraña apariencia a chulo travesti. Tápese el ojo para salir. No puede conducir. Debe ponerse este parche para dormir no se le vaya a caer el ojo...

Le habría preguntado a la sustituta de la Señorita Rottenmeier si era francesa si no estuviese tan acojonada por las contraindicaciones que nos va recitando con una voz serena y una sonrisa amable. Pero creo que ese acento sí era francés aunque este tipo de información se debería de dar antes de entrar a un quirófano y no después. 

El caso es que salíamos pletóricos del hospital (una vez más escapaba a la fatalidad de las salas de espera) y al minuto siguiente nos despedíamos como el rosario de la aurora a la puerta del piso de mis padres (con gritos e imprecaciones varias). Total para nada, porque al parecer las enfermeras habían exagerado un pelín. En fin. Esto ya es otra historia.

Feliz Eurovisión!!