sábado, 25 de enero de 2014

Las franchutas

Los veranos en Arboleas cuando éramos niños no eran todo lo idílicos que habría deseado.

Visto con distancia, lo cierto es que eran tiempos distintos en un pueblo tan chico como obsoleto donde los críos se pasaban la vida en la calle. Imagino que de habernos dejado, habríamos disfrutado de la calle por igual. Me da envidia cuando otros me relatan sus cuatrocientos golpes de cuando eran críos, porque es el momento en el que hay que hacerlos y echo de menos una época en la que los niños no corrían peligro en la calle. Ahora ya es impensable hacer algo así.

Pero no nos dejaron disfrutar de la calle. Y no es que nuestros padres no nos dejaran, al revés insistían mucho en que saliéramos a la calle, y yo que no, y ellos que sí, y yo que no, y al final era que sí, y para qué. Sigo conservando en la recámara algún que otro recuerdo pero no tantos tampoco. A cada cual su importancia en el trascurso de una vida, y estos más bien están metidos en una $papelera de reciclaje que no sé cómo vaciar.

Había un grupito de niñatos de Arboleas, casi como nosotros, hijos de gente de Arboleas que volvían al pueblo en vacaciones, sobre todo recuerdo a las charnegas, que manda cojones lo de su independencia, pero después de conocer a quien conocí tampoco me sorprende mucho. Y con perdón, unos hijos de puta de aúpa. Aquellos niñatos se dedicaban a hacernos la vida imposible cada vez que se les antojaba. Y todo ante la indiferencia más absoluta de los adultos que en aquella época pensaban que los críos se las tenían que apañar solos, y que lo que no te mata, te hace más fuerte. Sólo imaginad a dos niñas de ciudad bien educadas y del género modosito a las que de pronto sueltan en mitad de un pueblo de salvajes cuya única diversión era perseguirlas para arrearles. Espeluznante. No. Mis recuerdos me dicen que la mayoría de las veces lográbamos escapar in extremis. 

Y así pasaron los veranos y los años. Y crecimos. Y vaya si crecimos. Y cuando ya nos salieron las tetas, bastó una noche para agarrar al más bajito, que como vinieron luego sus abuelitos a quejarse, era el pobre asmático (no, desgraciadamente no se murió del ataque el angelito). O con dejarle señaladas las uñas en el cuello a aquel grandullón de mirada imbécil y boca chocho justo para las fotos de la Comunión. (Mamá del niño de la mirada imbécil y de la boca de chocho, te jodes).

Y cuando pensábamos que ya nos habíamos librado de aquella chusma, una noche que estábamos sentadas en la puerta de nuestras amigas de San Javier, Ana y Pilar, vimos delante de nosotras cómo una de las catalanas, la que tenía forma de botijo achatado no, la otra, la bizca, perseguía a mi hermano y entonces se lió la de Dios.

Sí, admito que nunca me sentí tan bien al engancharme con alguien. Y sí. Me llevé un buen manojo de aquel pelo rubio. Y volvería a hacerlo una y mil veces. Y cuando me las he cruzado a las dos charnegas en Terreros me ha costado un pelín reprimir las ganas de volver a arrearles. Y justo llegaban por la calle su padre y el mío. Aquel momento fue el final glorioso de toda una época.

El otro día, grabando para el trabajo de ética de Jose Toro sobre discriminación, lo volví a recordar.  Pero ante todo, paz y amor. Que no pasa nada!!

Lo dicho, buen finde!!