jueves, 11 de abril de 2013

Justo antes de la tormenta

Escribí algo sobre ello. Pero ahora no puedo recordar dónde fue. Cuando tenga más tiempo, lo buscaré. Espero que no haya sido en este espacio. Lo de ser una abuela cebolleta no lo llevo demasiado bien. Sé que escribí sobre ello. Pero no sé dónde, y no quiero repetirme ni tampoco repetir a nadie. Me da pánico llegar a hacerlo. 



El momento que precede a la tormenta es perfecto, idílico, todo parece fluir en la dirección que tú has tomado aleatoriamente; todo dibuja complejos y armoniosos arabescos alrededor de ti, diluye lo discordante que se vuelve débil hasta acabar ahogándose en la armonía que reina en el mundo cuyo centro eres tú. Fuerte, grande, enorme, desafiante. Poderoso. Nada te es imposible. Y sonríes, triunfante. 

Entonces se hace el silencio en el mundo. Y al cabo de unos minutos queda roto por la primera gota golpeando el suelo. 

Puedo reírme del mundo ahora. Nunca me reí tanto. Llamémoslo experiencia. Llamémoslo paz. llamémoslo suerte. Sin embargo me queda ese regusto amargo de saber que tarde o temprano la tormenta acabará estallando y por más que la presienta o la esboce, no sé cuándo arreciará.