domingo, 10 de febrero de 2013

La página en blanco

Una de las ventajas de monologar es que puedes escoger cuándo, cómo y qué. El con quién es obvio. Otra de las cosas que me gusta de monologar es dejar que el pensamiento fluya por sí solo y que poco a poco aparezca ante tus ojos esa pequeña obra tuya, ese cacho de ti con forma de palabras. 


Cuando era adolescente, tenía el profundo convencimiento de que fuera cual fuese el tema, por absurdo que pudiera parecer, pongamos la mermelada, (yo siempre ponía la mermelada como ejemplo), era capaz de hablar sobre él indefinidamente, entretejer frases al infinito formando complicados entresijos de proposiciones y de sintagmas hasta conformar una larga y argumentada estructura, y todo ello por el mero placer de disertar. En aquella época, llegué incluso a escribir una obra de teatro muy influenciada por los musicales de los años 60.



Y vinieron las páginas en blanco. Horas dedicadas a la elaboración de sinopsis y árboles genealógicos, de mapas de provincias ficticias, dibujos. Semanas repasando el mismo párrafo hasta encontrar la musicalidad satisfactoria de sus vocablos como el loco de Grand, en La Peste de Camus y su imposible amazona a lomo de su caballo. Meses buscando el revés, "le tournant" que transformara la historia en algo extraordinario. Y de pronto, sin avisar, sin nada que dejara presagiar lo que iba a ocurrir, la hoja en blanco. La página en blanco puede surgir desde la primera frase aunque también hay veces en que te deja escribir y escribir, durante semanas, meses e incluso años, alentándote con su ausencia. Admito que pocas cosas, puede incluso que sea ahora la única que de verdad me frustra, por arbitraria e injusta. 


Pero pese a la página en blanco,  aquí sigo, como no he seguido en ningún otro sitio jamás ni antes ni después, el único sitio donde tengo la seguridad de que seguiré siempre, aguardando pacientemente el dichoso día en que ella me deje poner el punto y final.