jueves, 2 de julio de 2015

Ikea

Mis fans y asiduos lectores ya estarán al tanto, pero para todos los demás, hagamos una pequeña retrospección. 

Verano de 2014. Aburrida como una ostra, encuentro casualmente en un supermercado de playa  entre las chanclas y los sudokus una novela de Wallander, un personaje del que he oído hablar en los foros de aficionados a la novela negra. En un arrebato, me lanzo a la aventura de leerlo. Porque descubrir a un nuevo personaje implica los mismos riesgos que cuando conoces a alguien, no se trata de descifrar una sucesión de vocablos y encontrarle un sentido sino que se establece claramente una relación interpersonal en la cual lo mismo te decepcionan como por el contrario acabas enamorándote y a partir de ahí entrará a formar parte de ti. No sé si me explico bien. El caso es que pronto descubro que me encanta. No sólo eso sino que a medida que avanza el verano voy devorando todos los Wallanders que pillo y siento crecer en mí una pasión incipiente por todo lo sueco. 

Lo que nos lleva al día de hoy. Tenía que ir. Ikea. Como suecófila, era un lugar de peregrinaje ineludible. Mi primera vez. (Bueno, realmente en Francia ya iba al Ikea pero no eran los mismos ikeas y no eran aquí y por aquel entonces tampoco es que me llamara tanto la atención lo sueco, de hecho lo sueco me sonaba a película de Esteso y esto ha sido una pasión tardía, tanto que me estoy planteando jubilarme en Suecia, los suecos aquí, yo allí, y así el mundo no se vuelca. No) 

El caso es que quería ir a Ikea y no sólo para comer albóndigas suecas con puré de patatas con grumos suecos y probar el café sueco y buscar a algún dependiente o dependienta sueco/sueca a ver a qué huelen los suecos y todo ello amenizado con las vistas al parking observando a maridos intentando meter en micromaleteros cajas enormes e imposibles bajo la mirada concupiscente de sus esposas. Sin embargo ni rastro de ningún sueco que trabaje en el ikea de Murcia. Una pena. No. Tenía que ir para dejar de imaginar cómo sería estar en un trocito de Suecia in situ. Y vivir allí no debe ser tan malo. En la planta de exposición me refiero. Es tan bonita y tan bien puesta. Y la verdad es que ha sido una experiencia casi mágica y me he traído un felpudo de la república independiente de mi casa y un corazoncito achuchable como souvenirs. 


Jag älskar Sverige!!! :))