jueves, 28 de mayo de 2015

De cortocircuitos

Cuando el karma se da la vuelta, le crecen a una las calamidades y las zorras. Es un hecho "constatable" y esa cantidad de zorras es a veces tan ingente que me he preguntado en alguna ocasión si en el fondo la zorra no era yo. Pero luego dejo de pensar y se me pasa. 

Cuando las calamidades se multiplican cual panes y peces, hay varios caminos que tomar. Arrastrar las penas y pesares por los rincones como una magdalena desconsolada mientras se pasa las horas en webs enteras sobre ñoñería emocional y mentes maravillosas (como la mía) (he llegado a contabilizarme diez síndromes y cuadros sintómaticos simultáneos que ilustraban a la perfección lo que me acontecía) buscando una razón para regodearse en papelones de caritristes.
Aburrido.

Se puede echar una a los ansiolíticos pero con la afición a las adicciones que una padece, en un momento de clarividencia recurre in extremis a la cerveza y al buen vino hasta que se da cuenta una mañana que padece resaca crónica y que le ha crecido un michelín extemporáneo, que está muy bien ahora que se lleva lo fofisexual (que suena a tocarse con guantes quirúrgicos) pero la perspectiva de aguantar la respiración y portar fajas y demás instrumentos de tortura en temporada de asueto desalienta.

También puede hacerse el amago de nadar a contracorriente pero a pesar de este tipazo que luzco, una nunca fue atlética y pufff, eso cansa, y luego están las agujetas.

Así que queda una última opción que es el de subirse a la cresta de la ola de las calamidades (y de las zorrrrrras, así, vibrando bien la erre) y disfrutar de las vistas.


Y en eso estamos ahora.