viernes, 24 de abril de 2015

Yacer juntos

Ven a mi vera. Échate conmigo. Es este nuestro lecho, yace junto a mí. Acércate que pueda susurrarte al oído. Te preguntaste siempre a qué sonaban mis jadeos. Escucha mis resuellos. Échate, yazco desnuda. Deslízate dentro del tálamo, mete la mano y toca, lo soñabas despierto. Estoy ardiendo. El tacto de la piel enardece cuando está caliente. Tu también lo sientes. Estoy empapada. El sudor ha dejado su fragancia agria pero la piel sigue sabiendo a aguasal. Con tus labios y tu lengua cátala. Aquí estoy tan sola.


Ven a mi vera. Échate conmigo. Es este nuestro lecho, yace junto a mí. Acércate que pueda susurrarte al oído. Ya no consigo alzar la voz, ensangrentada la garganta. Chillé y chillé pero nadie me escuchaba así que dejé de chillar porque chillar agota y sangra y luego chillé en silencio hasta que me desgañité también por dentro. No hay nada tan feroz como la soledad de un lamento. Pero tú estás aquí, tú que me agasajabas y perseguías, estás conmigo, y te hablaré, y me escucharás, y nadie ni nada me distraerá más allá de ti. Te quiero.


Ven a mi vera. Échate conmigo. Es este nuestro lecho, yace junto a mí. Acércate que pueda susurrarte al oído. A veces, cuando la fiebre no me aletarga ni el aliento me causa ahogo, esta alcoba me espanta. Cuando el aire no está tan viciado que consigo respirar, me distraigo observando sus paredes y  juro que rezuman coágulos y que del techo cuelgan carámbanos de sangre. Te lo suplico, no me dejes en este nicho inerme que como un colgajo pende sobre las fauces de la muerte.