miércoles, 25 de febrero de 2015

Un tranvía llamado deseo

A veces nos empeñamos en destruir recuerdos. Llevo semanas haciendo acopio de ellos antes de marcharme. Tal vez lo inteligente sería dejarlo todo en impresiones que se vayan diluyendo con el tiempo, olvidar y empezar de cero.


Anoche me puse a ver "un tranvía llamado deseo". Desde aquellos años de mis recuerdos siempre había querido a Blanche. La dulce y frágil Blanche. La dama mutilada por la bestia. Y anoche decidí verla de nuevo. Y mientras la veía, se fue corrompiendo un recuerdo bello envuelto en la ingenuidad de una edad impoluta. Podría haber detenido la película al darme cuenta de lo que estaba sucediendo. Pero me empeñé en saber más allá de la línea que separa la fantasía de la memoria, de la realidad. Y a través de mi mirada desgastada, sentí piedad por la trastornada que no se vuelve loca con la violación, que ya estaba rota, que ya estaba loca. Y ya no siento apego por Blanche. Lo siento, no puedo. La locura me aterra, me aterra tropezar y caer en ella.

He dependido tantas veces de la amabilidad de los extraños, tantas veces he sido expulsada de la cercanía.


A veces deberíamos dejar de perseguir recuerdos.