viernes, 26 de diciembre de 2014

El espejo

Los mismos pasos siempre. 
Uno y dos. 
Primero ven la foto, de soslayo, sin ningún interés, es sólo una foto más, vulgar e insignificante, de las miles de imágenes con las que los acribillan a diario. 
Segundo paso. Se detienen. Algo ha accionado un disparador automático invisible en sus cabezas. La mente se ha enganchado a un detalle, una impresión, una sensación que les hace volverse, instintivamente, hacia la foto. Contemplan la fotografía con asombro. 
Los mismos pasos siempre, uno y dos.
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A la gente le gustaban sus fotos. Por lo general y desde siempre. De vez en cuando surgía algún que otro crítico, pero la verdad es que sus fotos no dejaban nunca indiferente. Decían que ahí donde otros sólo conseguían una o ninguna, él tenía un talento único para capturar todas las evocaciones de un instante, que todo quedaba ahí impreso en el microespasmo de la fotografía. 

Es raro verlo desprovisto de su aparato, la cámara se ha convertido en sus ojos. Para él es más fácil contemplar el mundo detrás del objetivo. 

Sólo había una cosa que se le resistía, una cosa imposible para él de retratar. Lo había intentado mil veces, y mil veces lo había borrado todo, sintiendo un pavor infinito por dejar un mínimo rastro de su fracaso. Dirigía la cámara hacia su rostro, sonreía a medias y disparaba. Observaba con atención la foto, la ampliaba hasta ver los surcos de las arrugas a cada lado de la mirada, Y luego la reducía hasta ver toda la cara. Y entonces la borraba, inexorablemente, incapaz de reconocer aquel rostro retratado en la pantalla de la cámara. Y mientras lo hacía, surgía la misma pregunta de siempre, si aquel no podía ser él de ninguna manera, entonces en qué espejo andaba su reflejo atrapado.