domingo, 14 de diciembre de 2014

Afflelou

¿Aquel par de gafas la estaba mirando a ella?
No podía ser.
Había levantado un segundo la vista, cansada de tener la cara en las manos, los codos sobre la mesa y echando de menos su sofá con el que se lo montaba de todas las posturas posibles mientras devoraban juntos sus libros.
Y se había topado de frente con aquella montura de pasta.
Un shock. 
Sigue leyendo disimuladamente. Sobre todo no te pongas nerviosa y procura actuar con naturalidad. Ahora fíjate por debajo del sobaco si hay alguien más. El otro sobaco. No. Soy la única opción en la sala. 
 Hizo un barrido a la sala con una mueca mezcla de indiferencia y de aburrimiento. No había lugar a dudas. Las gafas sentadas unas cuantas mesas más allá la estaban contemplando y su mirada sonriente le congeló el semblante. Sintió cómo le ardían las mejillas, su cara entera había tomado ya el tono carmesí de las grandes ocasiones.
Jolines, me está mirando de verdad. Apañaos vamos. Uuff. Menudo contratiempo. A ver. ¿Qué querrá? No te precipites en tus conclusiones. ¿Cómo no me voy a precipitar en mis conclusiones? Soy mujer, un par de gafas desaliñadas de montura metálica común tirando a vulgar y de complicada atracción pero mujer al fin y al cabo.
Y lo cierto es que la estaba mirando. Y además sonreía. De una bonita sonrisa. Y la confusión reinante dio paso al pánico.
Qué hacer ahora que el par de gafas sabía que ella sabía que la estaba mirando. ¿Qué era lo siguiente? ¿Qué debía hacer? ¿Debía hacer algo? ¿Qué opciones tenía? ¿Sonreírle? ¿Saludarle? ¿Un gesto de la mano? ¿Un me toco el pelo, un acaricio la patilla de la gafa? ¿Un abrir la boca o un morderme el labio? Nunca he hecho algo así pero no debe ser tan difícil. ¿No es lo que se suele hacer? Lo he visto mil veces en los anuncios de la tele. ¿Puedo moverme a secas siquiera?
Y buscando una combinación imposible de operaciones en su cabeza sin despegar la vista de las líneas del libro que se habían vuelto ilegibles e insignificantes, su pecho se puso a resollar, así que contuvo el aliento y aguantando la respiración casi se asfixia y todo por aparentar una normalidad para ella extraordinaria.


Me gustaría decir que la historia acabó de la mejor manera posible pero la verdad es que en la vida real con este tipo de historias los finales felices escasean. Cuando hizo acopio de valor y se atrevió por fin a levantar la vista dispuesta a devolverle la sonrisa, la montura de pasta se había esfumado. Nunca la volvió a ver. Y aquella noche su sofá dejó la lectura a un lado y después de secar sus lágrimas, la arrulló entre sus cojines. Aunque me han dicho que al día siguiente el par de gafas tristes se compró un par de gafas muy modernas, de pasta, e incluso ha aprendido a controlar su problemilla de apnea.



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PD: Que me ha dado por ahí, no hacer caso. Y feliz domingo, por supuesto.