domingo, 23 de noviembre de 2014

La misa de los domingos

Los domingos tocaba misa. Y lo que en un principio había sumado a la categoría "maneras diversas que tiene la existencia de malgastar tontamente mi valioso tiempo" se fue convirtiendo en una obligación íntima aunque difícil de admitir a pesar del vacío que había notado las veces en las que había faltado a su cita. Sin querer. Un sentimiento de falta inconfesable.  Inconfesable porque no podía admitir algo así a nadie, esa no era su naturaleza, no; desde hacía tiempo ella se sabía de corazón oscuro, puede que no el más negro pero si lo suficiente como para no albergar posibilidad alguna de remisión. No es que no tuviera fe, siempre creyó pero para ella, el mal ya estaba hecho, el pecado consumado, la sangre corrupta, era inconcebible que ya nada la redimiera de todo eso que le había cicatrizado adentro. Pero le había empezado a gustar ir, como si aquel fuera el único lugar en el que una forastera como ella podía rozar, oler, intuir el perdón y la paz.