domingo, 5 de octubre de 2014

En un solo segundo



Se acercó a la ventana. Sus pasos sigilosos y rápidos quedaban escondidos bajo el largo camisón de color blanco roto; la tela al agitarse confería a su espectro un aspecto etéreo y más que andar, parecía estar flotando sobre las losas frías. Se sentía feliz. Miró a través del cristal. El otoño había acabado con las últimas trazas del verano. Los edificios, los árboles, las calles del mundo se mostraban apagados del gris que cubría todas las cosas. Era un paisaje triste en el fondo. Le gustaban más los colores de la primavera. Pero ahora sonreía ajena a la tristeza del mundo. Por fin estaba junto a él. Habían quedado unidos el uno al otro para siempre y pensó que a su manera lo amaba sin remedio. El cristal le devolvió el reflejo de su cuerpo yacente sobre la camilla mortuoria. Estaban en la misma sala de autopsia que entonces y si no era la misma, podría haber pasado perfectamente por la camilla sobre la cual él la había torturado, degollado, y sin esperar a que muriera, le había abierto la barriga y la había destripado. Nunca logró encontrar su útero. Tenía dieciséis años entonces, la mitad de los que tenía él ahora. Podía oír su respiración ronca, penosa que se ahogaba en los coágulos de sangre negra que iba formando un amasijo junto a sus vísceras bajo la camilla. Agonizaba, en unas horas habría muerto pero ahora parecía plácidamente dormido.
 



(Historia inspirada por la canción "En un solo segundo" de Amaral)