domingo, 12 de octubre de 2014

Dreams

Dreams. Si se pronuncia en susurro, suena igual que un soplo de aire, que es lo mismo que un respiro, el que queda para algunos cuya vida se ha convertido en infierno.


La primera noche, soñó feliz que estaba junto a él y que en el momento propicio él se acercaba a ella  y besaba sus labios con un ligero roce que la hizo desvelarse inmediatamente. Aquella noche no volvió a dormirse recordando una y mil veces el  beso que tanto tiempo había anhelado y que por fin se hacía real en sus sueños. Durante las seis noches que siguieron volvió a soñar que la besaba. Nunca se repetía el mismo sueño, pero al final, siempre acababa besándola con un ligero roce de sus labios. Y entonces se despertaba. Así fue todas las noches. Y al despertarse, como no lograba volver a dormirse y el beso tenía lugar mucho antes del amanecer, entonces aguardaba despierta en la cama a que se hiciera la hora de levantarse dándole mil vueltas al motivo por el cual no volvía a conciliar el sueño. A medida que transcurrían las madrugadas de desvelo, aquel beso insomniaco del que se creyó enamorada en un principio se fue tornando cruel e insoportable, y la última noche se dio cuenta de que ya no deseaba ser besada por aquellos labios que sólo buscaban desvelarla sin sentir el más mínimo deseo por seguir teniéndola aunque sólo fuera en sueños.

Al séptimo día, un miércoles, se sentía apocada como en pocas ocasiones lo había estado antes, vencida por sueños que la estaban agotando de vida. Siempre había creído que el mundo de los sueños era el único resquicio que le quedaba para refugiarse de una existencia tan insustancial como gris, suyo, inalienable. Y sin embargo ahora sus sueños se estaban ensañando con ella, y cerrar los ojos era cruzar el umbral entre un mundo en el que ella existía y otro distinto y ajeno que estaba devorándole las fuerzas. La mañana del séptimo día, y sabiendo que no le quedaba mucho margen, que aquella misma noche agotaría sus fuerzas y sus esperanzas, fue en busca de él, conscientemente. Se cruzó con su mirada y leyó en ella desdén y menosprecio, escuchó su voz y esta le hablaba con indiferencia y burla. Claro que aquello la desconcertó, habiendo sufrido siete noches consecutivas el acecho de sus labios. Sin embargo, por curioso que le pueda parecer a quien lea estas palabras, al verlo y al oírlo, el peso de las horas de insomnio se desvaneció por encantamiento y sintió cómo recobraba sus fuerzas perdidas. Sin que él tuviera la menor idea del porqué, ella le regaló una enorme sonrisa. Sabía de sobra que a partir de ese momento jamás volvería a soñar con sus besos.