viernes, 31 de octubre de 2014

Arboleas II

Al salir de la cochera, me sacudió los sentidos el suave aroma del azahar. No hay perfume en el mundo que pueda compararse con el azahar. En Semana Santa, mi pueblo huele a azahar. Es por los bancales de naranjos y limoneros que lo rodean al otro lado del río Almanzora. Pero estamos en otoño, mis sentidos debían estar equivocados, y no obstante el perfume seguía ahí, riéndose de mí con su presencia. Y me dio miedo de que por culpa de este calor anómalo los árboles engañados hubieran adelantado su floración, lo cual sería devastador. Y luego me pregunté si simplemente no era que el aire y la piel de mi pueblo habían quedado  impregnados para siempre jamás de la esencia con la que habían sido untados durante siglos. Si así era, no me había percatado hasta aquel momento pero me sentí extrañamente reconfortada por dentro como si aquella dulce fragancia acabara de darles un caluroso abrazo a mis sentidos.