miércoles, 3 de septiembre de 2014

Micropensamientos de verano. Epílogo.


O del tercer día del reinado de Daniel I




El infierno debe ser parecido a una mañana como la de hoy.
Pondría la mano en el fuego del averno a riesgo de condenar mi alma ya maltrecha a un suplicio eterno.
Con su calor sudado y pegajoso de piel tibia mojada.
Si yo no sudo nunca, por qué llevo tres malditos días sudando como un chino???? Como un cerdo perdón, no está el horno para malentendidos.
Malentendidos como una mañana de sesión intensiva de evaluaciones.
No sé por qué cojones, ok, ya me lo dijo mi madre ayer, he vuelto del verano más malhablada que nunca, ¿o peor hablada que nunca? por qué cojones me empeño en suspender a nadie. Mañana urge una sesión terapéutica intensa con alguien lo suficientemente condescendiente como para lavar mi mala conciencia por algo que he hecho que creo que es lo justo pero tal vez no lo mejor.
Claro está que paradójicamente a todo lo que conforma mi existencia, soy la persona más condescendiente que conozca. Y no me sirvo.
Y tercer madrugón consecutivo.
El infierno debe ser algo parecido a esto, un sitio en el que te obligan a madrugar.
No. Yo quiero levantarme cuando me dé la real gana, cuando ya no quiera estar en la cama, cuando esté harta de darle vueltas y se me pase el sabor del sueño que acabo de tener, entonces quiero levantarme y no cuando suene ese maldito pi-pi-pi.
Odio madrugar, odio suspender, odio sudar, odio que en tres días no haya tenido más momento para sentarme a escribir que ahora.
Día tres y ya tengo la agenda repleta de otros. No. Nada de "yo" por ningún sitio.
Y este puto calor, ¿a qué viene ahora?
Todavía queda arena en el maletero del coche por aspirar y unas cuantas conchas. Y muchas piedras.  Y sigue el mismo CD en el radiocassette del coche.
 Ahora que me estaba poniendo romanticona va y resulta que se dice, cito textualmente, "ra-dio-ca-se-te". ¿¿¿Sete???? Uuuuffff, como me cansa y qué ganas de emigrar me entran a veces.
"Estrella de mar" de Amaral. No. No soy una de esas petardas que lo llevan todo a juego. Creo en el absoluto equilibrio y la bella armonía inherentes al caos y suelo aplicar este concepto en la medida de la libertad que me otorgan a todo lo que me rodea, cierto es que con resultados desiguales.
La elección fue absolutamente casual, iba en la guantera del coche y como no quería que se me rayara el de Guillermo (imposible de volver a encontrar) puse este y este se quedó.
Nudo en el estómago, hiperventilación, sudoración excesiva, dificultades para conciliar el sueño, descomposición de todo en general. En fin. Lo normal de un septiembre que comienza no muy distinto a cualquier otro septiembre. O sí.
Y esta ropa que me sobra por todos lados. Volver a llevar mangas, o cosas, de tela, de algodón, esas cosas, que cubren y tapan la piel ahí donde quiere estar desnuda para respirar y refrescarse.


Zambullirse y aguantar lo suficiente debajo del agua como para no volver nunca más a la superficie.


Y justo cuando todo estaba a punto de acabar, nació Daniel I, dando en ese preciso instante comienzo su reinado.