martes, 24 de junio de 2014

Lluvia de verano

Después de encenderse el cigarro con una cerilla, se había apostado como cada noche contra el muro del patio, subida encima de los dos ladrillos superpuestos que colocaba a sus pies para poder asomarse y mirar al otro lado entre las nubecillas de humo blanco que jugaba a dejar escapar de su boca. A pesar de ser verano, hacía fresco, lo notaba, vestida únicamente como iba con una fina camiseta de tirantes y las bragas. 

Apostada contra el muro, observaba a lo lejos cómo los rayos descargaban todo su aparato eléctrico contra el horizonte ondulante a ratos iluminado a ratos tan negro como la noche y las nubes que la habían cubierto, y contaba maquinalmente, como lo había hecho siempre, los segundos a la espera del trueno para calcular la distancia a la que se encontraba la tormenta. 

Entonces sintió el ligero roce de una fina llovizna de agua salpicando su piel desnuda y no agachó la cara para protegerse sino que la levantó al cielo para recibirla gozosa, tan pura, clara y fresca. Cerró los ojos y dejó que las finas gotas se posaran delicadamente sobre su tez. Lamió con una avidez desconocida las pocas que se detenían sobre sus labios y aquel agua apenas catada le pareció fría y deliciosa. 

Quieta, con la cara levantada y los brazos abiertos, apenas salpicada de rocío, aquella llovizna incipiente fue despertando en ella el deseo primigenio y trémulo de ser empapada por aquel agua, y se impacientó por la levedad de aquella llovizna, pues ahora sabía que la quería fuerte, intensa y violenta. 

Y la noche de San Juan escuchó sus plegarias de ser bañada por la lluvia y el cielo sobre ella se iluminó intermitentemente a la vez que estallaron los truenos y se sobresaltó sabiendo que la tormenta estaba ahora encima de ella. Y en el segundo que siguió el estruendo, un aguacero frío se arrojó sobre ella, y el agua cayó sobre su cara levantada con tal fuerza que en un segundo ya no pudo respirar, sintiendo cómo el agua la ahogaba en un beso tortuoso y mojado mientras se derramaba por su garganta, pero no agachó la cabeza, y jadeando fuerte mantuvo su cara levantada contra la tormenta tal era su deseo de que el agua la tomara. 

Y mientras el agua se deslizaba por su ropa y la penetraba, sintió el deseo intenso de dejarla correr sobre su piel desnuda; deprisa, agitada con la promesa de la acometida, se quitó la ropa quedando desnuda bajo la corriente de lluvia que formaba escorrentías sobre la curva de sus senos erguidos y de sus nalgas que restregaba contra el muro para no caer, en un difícil equilibrio sobre los ladrillos, y en pocos minutos ya no quedaba un solo resquicio de su cuerpo por mojar. Entre jadeos, el agua corría por un cuerpo dócil y suplicante domesticado por el hambre, lo sujetaba con dureza contra el muro del patio y lo embestía con sus ráfagas y sus sacudidas una y otra vez. Los estallidos de los truenos cubrieron los jadeos y los gritos hasta que el cuerpo se sació, y poco a poco los gemidos se fueron agotando con el deseo colmado y fue entonces cuando la tormenta y los truenos se alejaron acallando poco a poco sus voces.

Y como si nada hubiera ocurrido nunca contra el muro del patio, el agua se retiró mansamente dejando discretamente su cuerpo empapado, jadeante y agotado con un recuerdo tan irreal como incierto.