miércoles, 11 de junio de 2014

El pantano

Los ojos chapoteaban en la superficie de la orilla. La mayoría nunca se adentraba lo suficiente como para permitir que el agua les acariciara tan sólo las corvas. Ya no los culpo. Aunque hubo un tiempo en que no entendí que otros ojos iguales que estos nos miraran con extrañeza a nosotros, los habitantes del pantano. Y de ese resentimiento cumplido se me agota ahora la vida. Algunos ojos aburridos se distraían observando con una admiración chocante cómo tú hacías tus cabriolas para inmediatamente después zambullirte y resurgir con la destreza de un batracio de las aguas del pantano donde ellos y tú, vosotros, pasabáis el rato remojándoos.

Y yo que te contemplo como esos ojos y que no te creo. Como no creo tampoco ese líquido acre embotellado que haces brotar de tus pupilas a ratos como brotas palabras adquiridas en un todo a cien.

Tú no perteneces al pantano. Jamás viviste ni tan siquiera cerca de él.

No digo que me diera cuenta en seguida. Quise apiadarme de ti creyendo que al igual que yo tú también te habías criado en este mar estanco, lóbrego y maloliente y que de él procedía tu condena.  Pero desde el momento en que fuiste incapaz de reconocer el olor del miasma que se desprende de él incluso en las horas más gélidas que preceden el amanecer, lo supe.

Tú no perteneces al pantano. Fingiste para reírte de nosotros.
Iluso.
No saldrás ileso de aquí. Tal vez yo no lo consiga porque mi corazón se va debilitando a ratos, lo noto, por culpa del aire viciado del pantano. Pero habrá otros como yo y tú morirás aquí. Atrapado en el pantano al que pensaste que podrías burlar. Y por el marasmo de tu alma y el olor que emana de ella y que empiezo a percibir puede incluso que tu fin esté demasiado cerca.
Imbécil.