domingo, 9 de marzo de 2014

Sara cabreada

Anoche, antes de dormirme, me visitó mi muso a esas horas en las que no tengo papel ni boli ni una pizca de gana de levantarme de la cama para apuntar las frases que me inspira. Sí. Mi muso es un cachondo que normalmente me deja a medias. Pero esto es más o menos lo que me dijo.



La vida de Sara mantiene un equilibrio imposible
Y el hilo del que pende es tan fino y endeble
Que a la menor ráfaga de aire,
esta acabará desprendiéndose.


Lo último que vi antes de apagar el móvil e irme a la cama fue una foto suya en el instagram. Sara no se llama Sara en realidad, pero a nadie le interesa cómo se llama. En la foto, Sara estaba visiblemente enfadada. La foto la retrataba justo en el momento en el que se volvía hacia el fotógrafo, con la ceja levantada, una sonrisa a medias y esa mirada fría de pasar de todo. Sara ya no es esa niña siempre risueña, ahora tiene días de esos de estar cabreada con todo.

Sara no es una chica espectacular, su físico no llama la atención. Sus progenitores la dejaron tirada en la estacada hace ya tiempo. No entiende de mates, apenas de historia, pero es la biología la que le provoca pesadillas, tiene muy claro que nunca la superará. Y ahora además su chico está a punto de marcharse a otra ciudad, así que puede que lo suyo también tenga los días contados.

Desde que nos conocemos, hay días geniales en que Sara es feliz y se ríe y otros días no tan geniales en que con muy mala cara, se aparta a un rincón en el que cuelga el cartel de no molestar. Y entonces no la molestamos ni yo ni nadie porque Sara tiene sus razones.