lunes, 3 de marzo de 2014

La estación de trenes

Es una estación de trenes chica, tan chica que de lo chica que es podría pasar perfectamente por insignificante. Sólo consta de un edificio que apenas logra tapar el andén desde la carretera. Su fachada que fue una vez antigua ha quedado renovada a golpe de brocha encalada y de tan blanca que ha quedado ofrece el aspecto aséptico de una enfermería. Se halla perdida en medio de una carretera que bordea los campos de hierba verde.

Durante el tiempo que estuvimos en la ciudad el año pasado, no pasamos por allí ni una vez. No hubo tampoco motivo. Pero ayer, íbamos a unas pequeñas urgencias y al verla, me acordé de inmediato.

¿Por qué no había caído antes de que estaba allí? ¿Por qué no la recordé? Mi memoria no encontraría motivo para hacerlo.

Hubo una vez unas tardes de viernes en las que estuve en ese andén que no se ve desde la carretera, esperando un tren. Hacía trasbordo en aquel pueblo que me sonaba mucho pero del que materialmente sólo conocía aquel andén. Era el punto de inflexión entre el tren que acababa de alejarme del apartamento donde vivía sola y desde el que oía las campanas de la Plaza de las Campanas y el que me llevaba lejos. Durante un año, aquella estación sólo fue un lugar de paso cuyo suelo me quemaba y moría con impaciencia por dejar para subirme corriendo a un tren que me llevaba a donde quería estar.
Los pocos viajes de regreso que hice en tren no pararon nunca allí. Así que nunca fue una estación donde fumarme la agonía de tener que volver al apartamento desde el que oía las campanas de la Plaza de las Campanas. Durante un año sólo fue una estación de ida. Sólo un andén de huida.

Ayer nos detuvimos unos minutos ante la estación a mi requerimiento.  Y me di cuenta de que nunca antes había estado a este otro lado. Y me pregunto si de alguna manera aquella que esperaba hace años su tren habrá notado mi presencia.