lunes, 10 de febrero de 2014

Insane (II)

El viento lleva tantos días soplando que ya no distingo bien mis propios actos de los que él me obliga a cometer.

Añoro ahora la serena brisa del jueves que se divertía enmarañándome la melena.

Pero esta noche ha sido la peor de todas. Conforme avanzaba la madrugada ha ido arreciando, llevándose por delante ventanas, arrancando arbustos, tirando contenedores y todo lo que se le ha puesto en medio.

Yo lo he oído esta noche. He podido sentir perfectamente cómo a medida que pasaban las horas, iba golpeando cada vez con más insistencia mi ventana. Y únicamente protegida por el cristal y la persiana de mi ventana, me he refugiado debajo del edredón mientras oía cómo rugía en la calle, un grito que era aliento y aire, hondo y sordo de mucho odio y de mucha rabia, oía cómo él intentaba colar a puñetazos sus tentáculos de aire por las rendijas de la caja de la persiana.

No es el aire de ayer. Es mucho más violento y aterrador. Lo noto en cada una de sus sacudidas, en cada uno de sus aullidos, lo noto en cómo se va ensanchando el agujero que siento en el estómago y cómo me arde.

Atenta a él, cuando creo que está amainando de pronto brama con más furia contra los batientes, la emprende a golpes, quiere entrar como sea, tengo miedo, puede que quiera que me enfrente a él, que salga ahí fuera. Pero no puedo salir, me arde el estómago. A duras penas puedo respirar y en cada una de sus embestidas el agujero se ensancha.


Mi tía ha llamado hace un momento. En la consulta del médico dos mujeres han llegado mareadas y medio desmayadas. Al parecer ha sido por culpa del viento. Es el aire, este aire, que de vez en cuando se lleva a alguno por delante.