sábado, 22 de febrero de 2014

El vecindario

Sí. Escribir era probablemente lo que menos me apetecía hacer. De hecho, lo único que me apetece de verdad es no hacer nada más que pasarla. Como quien pasa una enfermedad o un estado febril. ¿Cómo es posible que a mi edad siga teniendo que pasar por momentos como este? En serio, pensaba que una de las ventajas de la adultez era la ausencia absoluta de embrollos preadolescentes de los que crees que van a acabar con tu mundo. Pues no. Y además ahora me he hecho follower en twitter de una barbie a la que siguen kilos de chicas de mi misma edad mental ávidas de frases lapidarias con las que adornar sus agendas escolares.Yupi por mi madurez y yo o mí.

Claro, que por otro lado, escribir es una de esas escasas cosas que todavía no se me dan mal del todo. Eso y hacer bebés bonitos. Menudo currículum. Estoy hecha polvo y cuando lo estoy, mi sarcasmo aflora así que no llamen todavía a los servicios de salud mental.

Mientras tomábamos café, ha surgido el tema y desde la apatía me han entrado ganas de escribirlo. 

Mi vecindario. Nunca lo he mencionado hasta la fecha, al menos de forma explícita. 

Cuando la cuento, nadie se cree nunca la extraña fauna que puebla mi calle. Empezando por mí, claro. Es variopinta, prolífica en géneros, clases y razas, un auténtico paradigma de la diversidad y para qué nos vamos a engañar, del frikismo también. Empezando por mí, por si no había quedado claro. Y también es ruidosa, absoluta y tajantemente ruidosa, en constante alboroto. 

Uno de mis sonidos favoritos es el del coche del reggaeton turco. Primero el ligero temblor de los cristales al ritmo de un tam-tam lejano, y poco a poco el temblor y el tam-tam se van recrudeciendo hasta hacer peligrar la integridad de mis ventanas y de toda la casa que se mueven frenéticamente al compás de un endiablado y sabrosón reggaeton.

A veces cuando lo oigo llegar, no puedo evitar soñar despierta que en una vida paralela en la que soy una choni, estoy incondicionalmente enganchada a ese coche azul violáceo eléctrico del que sale el atronador reggaeton de toda la vida cantado en lo que debe ser turco porque no he logrado entender nunca ni una palabra. No, definitivamente, no es ni la altura desgarbada, ni esa sonrisa de dientes enormes y nariz aguileña, ni ese fino bigotillo a lo Clark Gable del conductor a medio camino entre el cine de los Coen y Ken Loach. Lo que me fascina de mi vecino es su coche, su música, las tropecientas maniobras que realiza al aparcar que hace que se prolongue el placer de escuchar su música al infinito y la relación tan íntima que se ha establecido entre todos ellos. 

Porque desde que se sacó el carnet y descubrió el fantástico universo del automóvil, mi vecino sólo existe por su coche, toda su vida gira en torno a su estrenduoso vehículo mientras su mujer y sus hijos se han adaptado a la perfección a su otra vida sin él. Al menos la viven aparentemente con normalidad. El niño mayor le ha salido un pelín bigardo. Pero bueno. Nadie es perfecto. Y todo iba sobre ruedas, sobre todo las del coche con BSO arábigocaribeña, hasta que el otro día desembarcaron el abuelo y el padrino del niño. Han venido libremente o solicitados para encargarse del niño, eso no lo sabemos. Dicen del abuelo que es un hombre fuerte, duro, desterrado de un gulag y que ha informado a las autoridades competentes de su malestar por el comportamiento del niño cuando él sabe bien lo que es educación, que estudió bajo el comunismo allá en el país del este del que proceden.

Y mientras platicábamos sobre esto y aquello tomando café, he querido recordar cuándo fue la última vez que escuché reggaeton turco.



(Me ha costado esta vez. Agonía, pongamos que este es el punto cero).