viernes, 7 de febrero de 2014

Domingo

Se quitó la sudadera y se quedó en sujetador. De todos modos en la habitación hacía calor. Se miró en el espejo mientras se soltaba el elástico de la coleta y se quitaba las gafas que dejó encima de la balda del armario. Esparció su pelo largo y liso sobre los hombros desnudos y se aplicó en cepillarlo. Se enfundó los guantes de látex, cogió el peine a modo de lápiz y dibujó una raya que partió su melena en dos. Con una nuez entre los dedos, se embadurnó el cabello a ambos lados de la raya, lo masajeó despacio, y tras cerciorarse de que todo estaba untado de la crema oscura que acababa de preparar, volvió a peinarse otra raya, un poco más a la derecha. Sacudió de un golpe seco el bote, desparramando un poco de crema sobre las yemas enfundadas en los guantes y volvió a masajearse el pelo. Lo hacía lento. No había lugar a la prisa. Le gustaba tomarse su tiempo porque quería hacerlo bien. Siguió el mismo proceso una vez y luego otra. La raya peinada recta, la sacudida al bote de plástico, una pequeña dosis de crema untuosa en la punta de los dedos, el frotamiento. Cuando llegó a la oreja, se agachó sobre la bañera y se peinó la nuca hacia adelante dejando caer su melena manchada sobre la cerámica. Se frotaba despacio el pelo a ciegas, se lo peinaba desde la raíz hasta las puntas, lentamente, hasta que todo quedó pringoso, cubierto del ungüento de color caoba. Cuando acabó con la nuca, se levantó y al hacerlo, echó su pelo hacia atrás de un movimiento delicado de la cabeza. Peinaba una y otra vez su melena que ahora brillaba como si estuviera mojada. Se miraba al espejo mientras lo hacía. El aspecto húmedo del pelo le gustaba. Ahora parecía más espeso, más tupido, y le gustaba el color caoba que había tomado. Siempre quiso ser morena. Sonrió. Se hizo un moño alto y lo anudó con la capa de plástico rosa chicle que venía en la caja del tinte. Se puso la bata y salió.