martes, 4 de febrero de 2014

A ritmo de Melendi

La sexta hora del martes era el paréntesis de su día. Los martes no le gustaban, era la tarde de la catequesis. Había caído en la cuenta que  le recordaban demasiado aquellas tardes de miércoles en Saint-Priest de hacía un millón de años cuando su madre las llevaba a la fuerza, obedientes, a su hermana y ella a la escuela de español, que era como lo llamaban ellas. Una vieja sala en un edificio decrépito, una sala con apariencia de aula llena de mapas y libros viejos donde sentadas en lo que aparentaban ser pupitres, con otros niños que sí parecían españoles, y no como ellas tan pelirrojas y tan blancas,  alguien del que no guardaba el más mínimo recuerdo ahora, ella que siempre gozó de tan buena memoria, les enseñaba esa lengua que se les atragantaba y que tanto odiaban los miércoles por las tardes. La única posesión que atesoraba, que tan cara le era y que era suya y de nadie más, su tiempo, expoliado por otros. Los martes por la tarde se sentía patalear por dentro, como aquella niña con ganas de salir corriendo.

Por lo general odiaba los martes. Este en concreto tenía sabor dulce y amargo, dulce por las palabras que había leído por la mañana alentándola, porque la habían admitido en ese grupo donde al parecer esperaban que volviera a escribir reivindicativa. Una vez lo había hecho en aquel portal pensando que podría cambiar el mundo. Y el mundo había cambiado a peor. Era también un martes amargo, porque después de muchos días, hoy tampoco lo había visto y no sabía si no era mejor que no volviera a verlo para que se siguieran queriendo como siempre lo hacían en la distancia.

La última hora del martes era la hora en que les daba alternativa, o AE, atención educativa como lo llamaban ahora. Cuando los ocho que estaban y que en el fondo eran iguales, con los mismos anhelos y los mismos temores, recuperaban un poco de su tiempo de ellos, cuando volvían a ser un poco ellos mismos, fuera del mundo, al ritmo que marcaban las canciones de Melendi.