domingo, 12 de enero de 2014

Vidas de serie B: acólitos

El encuentro de esta mañana ha sido fortuito. Llevaba dos días pensando en otra entrada, desde que los vi a los dos vendiendo caracoles. O eso creía. Ella se rió de mí. Siempre lo hace. Oí que me ofrecía coles en lugar de caracoles y mi malentendido le hizo gracia. Le dije que no quería caracoles, que los caracoles me dan asco de siempre y que nunca me he comido ni uno. Es la verdad. ¿Así se ganan la vida? pensé, ¿vendiendo caracoles? Pero estaba equivocada. Cuando fui de segundas a por los churros, vi que ya no estaban detrás de las dos bolsas de caracoles. El dueño había vuelto de desayunar y a cambio de vigilarle el puesto se habían ganado el café de la mañana. 

Nunca le caí en gracia ni ella a mí tampoco. Mucho antes de lo que es ahora, cuando aún vivía en una casa de verdad, con techo y con su propio dormitorio, no nos caíamos bien. Por qué lo íbamos a hacer ahora.

Pero siempre que la veo no dejo de preguntarme qué o quién decide los derroteros de cada existencia, qué hace que yo tomara el mío y no uno como el suyo.