domingo, 5 de enero de 2014

El olivar

Pasado el puente el camino se desdobla hacia abajo hasta llegar a la ramblilla que siempre llevaba agua hasta este año. Va seca. Es extraño. Una de dos, o alguien se está quedando con el agua o este año ha sido más seco que ninguno. La rambla se ha secado y ahora guarda el aspecto de un camino de tierra. 

Si tiras para arriba, te encuentras pronto con el carril que va rodeando los cerros hacia los bancales de olivos. Andan desperdigados por las laderas escalonadas por ribazos tan viejos como los propios árboles o escondidos en barrancos que el ojo inexperto jamás descubrirá. Son árboles centenarios, los más jóvenes, los plantones, no andan lejos de los 70 años de edad. La tropa de jornaleros conoce cada paraje por su nombre, desde el de las aguas vertientes en el cerro más alto hasta el del aguaor abajo. Y en uno de ellos quedan, y mientras media tropa camina carril abajo, carril arriba, portando los fardos y la espuerta, algunos sacos y las escaleras, como por casa, los otros cruzan por los cerros, subiendo y bajando como cabras el monte. Hablando de animales, esta mañana hemos visto bajar como alma que lleva el diablo a cinco jabalíes enfrente de nosotros. Uno de la tropa se había percatado antes que el suelo había sido escarbado y se ve que los hemos sorprendido por donde estuvimos ayer, en busca de nuestros desperdicios. El aire trae aromas que no consigo distinguir pero con los que me lleno los pulmones. Me informan que es romero, y tomillo, y que también puede ser la albaida que huele muy bien.

Se escoge el olivo y se pone los fardos por debajo para que las olivas queden recogidas en la red. Aquí se les llama olivas, no aceitunas. Se corta la retama que no deje que se estire bien el fardo. Con el trabajo que cuesta cogerlas nadie quiere que se escape ni una. Se avisa de si hay algún agujero que haya quedado tapado, la entrada a la madriguera de algún conejo o de algún zorro. Las caídas y los esguinces no son raros en un terreno tan escarpado. Algunos recuerdan cómo antiguamente se daba caza a los conejos con hurones, que luego prohibieron. No mucho más lejos encuentran la salida.  Las mujeres cogen las olivas de las faldas, incluso las del suelo, los hombres se atreven a subirse a las escaleras a por las ramas más altas. Se sierran algunas. Cuando se acaba la recogida, se recogen los fardos, se le quita la broza más gorda, se llena la espuerta y de la espuerta al saco, y a otro olivo. 

El sol pega pero no quema. El viento sopla de vez en cuando y estremece. Pero se está a gusto o no hay tiempo para pensar en el tiempo, sólo que no quede ninguna de esas olivas negras escondidas entre las ramas espesas de hojas verdes y platas que brillan con el sol de cara, ciegan y no dejan verlas. 

Empieza a haber hambre. Se llena el saco con el último fardo, se recogen los aperos y se baja hasta el siguiente bancal. La tropa se sienta en el suelo, no hay lugar para remilgos, no se come, se devora, nada hay más bueno que una comida en el campo. Es así. Pero hay que volver pronto a la faena y se vuelve porque es lo que hay que hacer. 

Y por encima de todo, está el sentimiento de que estamos solos. En ese momento no hay nadie más en el mundo que nosotros. Estamos solos. Hasta donde alcanza la vista no hay nadie. Sólo cerros y más cerros. Se oye el viento. Los demás ruidos apenas se distinguen. No hay nadie más que nosotros y el tiempo ha debido de parar para los demás porque el día ha transcurrido en aquel lugar y sólo para nosotros.