sábado, 12 de octubre de 2013

La cara de la muerte

Aquel hecho anodino ocurrió una tarde de verano en la que fueron al Alcampo. Su marido iba adelantado, con el carro, mientras las niñas y ella se habían quedado rezagadas al mirar los preparados y adornos para tartas del Dr. Oetker. En un momento dado, miró sin querer hacia la sección opuesta, al otro lado del pasillo y reconoció su larga figura. Haciendo alarde de su habitual simpatía, cogió a las niñas y las llevó en busca de su marido antes de que el otro se percatara de sus presencias. Nunca le había caído en gracia por aquel ego tan grande que le caracterizaba. Además y por lo general no le gustaban las personas altas. Siempre le habían parecido de otra especie diferente a la suya. Se preguntó si se toparían con su mujer y su hijo o si había venido solo al supermercado. Luego se acordó que necesitaba tahini porque quería probar a hacer humus pues aquella crema de garbanzos era una forma muy divertida de que las niñas comieran legumbres y en cuanto se reunió con su marido en la sección de vinos, se dirigieron a la de los productos "exóticos".


Un mes y medio más tarde, se despertó una mañana tras haber soñado con la mujer. Y al abrir los ojos, recordó de pronto que dos años atrás, aquella mujer no muy mayor que ella había muerto repentinamente de un ataque al corazón en la sala de operaciones de urgencias. La había imaginado en el pasillo de un supermercado porque había olvidado que había muerto. Y había olvidado que había muerto porque nadie debería morir como lo había hecho ella. Recordó su cara intentando reconocer algún rasgo, alguna señal que pudiera revelar tan funesto destino.