domingo, 20 de octubre de 2013

El coche de mi marido

O diversas formas de cagarla, perdón, liarla (ligeramente)


No me gusta decir de este agua no beberé (lo de ponerse límites en mi caso es contraproducente) pero a Dios pongo por testigo que no volveré a coger el coche de mi marido para salir jamás. 

(Domingo 20. 12 del mediodía)

- ¿En qué coche vamos?... En el mío no, mejor en el tuyo... Es que quiero ver si le he hecho algo... No, no le he hecho nada, bueno, creo que no le he hecho nada, pero es que pasé tan cerca de la puerta, quiero ver si lo rayé o no... Si vas sin música en el coche y rozas una puerta, ¿eso hace ruido? Pero el coche se tendría que mover, ¿no? Digo yo que te das cuenta si le estás dando o no, ¿no?... Es que pasé a ná de la puerta, que me sorprende que no le diera... El coche de atrás estaba muy salido, imposible hacer maniobras para meterlo como lo hago normalmente-


(Viernes 18 a última hora de la mañana. Guardia pasillo. Reproducción ficticia de la conversación Whatsapp)

- A qué hora has quedado?
- Me lavo el pelo?
- Me pinto?
- Nos vamos luego a la feria de Huércal?

                                                     - No.

- Jo. 
                                                     - Es en plan informal. Sólo unas cervecillas. A las 8:30.


Debería haber escuchado mi instinto que intuía que cuando las Bridget se juntan por la noche nunca se toman una sola cervecita pero en ese momento mi instinto no insistió demasiado por miedo a estropear su intuición. Así que me limité a estrenar tacones (otros) (más cómodos).

Ahí estaban las cuatro, sentadas, hablando de manera íntima de sus cosas mientras tomaban unas copas de Chardonnay, probablemente jubiladas inglesas, y al lado estábamos nosotras, dos bodas, cuatro niñas, un proyecto de futuro de los importantes, y unos cuantos billetes transatlánticos después, la mesa cubierta de tercios de mahou vacíos (porque la cruzcampo es la caca del campo, no lo sabía y pido disculpas por esa ronda, no lo volveré a hacer) riéndonos a mandíbula batiente y nadie se habría creído seriamente que hacía al menos cinco años de la última vez que la liamos parda. Pero era así.

 
La única diferencia era que entonces las Bridget Jones no tenían smartphones. Gracias a Dios. Y eso unido a las pocas luces. Lo admito. Cuando me emociono me vuelvo gilipollas. Sube una foto inocente al instagram de las decenas de botellas de tercios de Mahou, añade un comentario mordaz acerca de quién se las ha bebido, remata con otra instantánea acertada de unos chupitos de tequila y tendrás a tus padres haciendo guardia de noche hasta las cuatro y media de la mañana. Sí. A las cuatro y media de la mañana pude ver la sombra de mi padre a la ventana del comedor observando cómo huía en el coche de mi marido y casi doy gracias por irme a mi casa a dormir. No sé si a mis años y a esas horas habría aguantado bien una bulla de mi padre.


Si el wiko no llega a quedarse sin batería y llego a subir a instagram las fotos de Jesús volviendo del eclipse del Calar Alto, la del baile del fiesta fiesta de la Rafaella Cará, la del inglés travestido de Rod Steward, la del facebook de Chiapas, la de la aceituna o la del Machu Picchu, no sé si ahora mismo estaría aquí tan tranquila blogueando. Y lo mejor del caso es que por lo general así eran las noches de las Bridget Jonestal y como las recordaba mi instinto.


Sin embargo, y a pesar de lo que ponía en el instagram, solo me tomé una cerveza con alcohol y dos chupitos de tequila en toda la noche. Y no por culpa del instagram, ni de un control de alcoholemia, ni por no preocupar a mis padres, ni por la resaca, o por tener que madrugar, ni por seguridad, ni mucho menos por falta de ganas, ni por nada parecido. Fue porque llevaba el coche de mi marido, y si no llego a dejarlo sano y salvo y sin hacerle ni un rasguño en la cochera, no creo que estaría ahora mismo aquí tan tranquila blogueando,

Feliz final de finde!!