jueves, 17 de octubre de 2013

Al límite

Hace un par de horas. He sido incapaz de encontrar mi móvil. Llámate. ¿Para qué? Si tengo esa manía de tenerlo en silencio siempre. Es que me molesta que tenga que sonar para cualquier chorrada. Deberían ponerles tonos selectivos a estos cacharros y que sólo sonaran cuando algo o alguien es realmente importante. Pero ante esa laguna tecnológica me veo en la obligación de tenerlo siempre en silencio y que no me moleste. Mi vida está ya bastante llena de molestos como para añadirle uno más. No tendré de muchas cosas pero lo que son molestos, los tengo de todos los tamaños y de todas las condiciones. Dos horas subiendo y bajando, dos horas perdidas para nada, buscando y rebuscando e inventando elucubraciones elucubrantes sobre el paradero del dichoso móvil. Total para que apareciera en la única ubicación lógica en la que no había mirado. Si a eso le sumamos lo de antes. Antes son las suspicious minds, nadie se imagina hasta dónde estoy de sentirme fiscalizada toda la santa mañana. Ah y en catequesis también. Ahora le ha dado al cura por pasarse por las catequesis. Sí. ¿No querías lentejas? Pues toma tres cazos. Y hablando de curas está la monja que insistió que nos reuniéramos cada semana para diez minutos y en dos semanas hemos sumado ya tres horas de charlas amenas. Porque a mí me sobran tres horas. Claro. Por supuesto. Ah no, que se me olvidaba, que lo de cada cual es lo más importante y lo de los demás minucias. Esto como lema para muchos. ¿De verdad lo creéis? Antes están las chorraditas de la tonta de turno preguntándome si no voy a hacer esto o aquello. He dicho que no lo iba a hacer. ¿Me ves que lo esté haciendo? ¿No? ¿Y eso no te da pistas sobre si lo voy a hacer? Ese es uno de los motivos por los cuales no tengo amigos. Que me puedo morder la lengua cienes y cienes de veces que al final acabo cagándola siempre. Antes está este resfriado gilipollas que me pilla siempre en el mejor momento, ¿en serio que tengo tiempo ahora para un resfriado? y me hunde en la inoperancia de mis miembros. Es lo único que me jode de los resfriados. No estar al cien por cien cuando debería estar al doscientos. Eso y no poder volver a la infancia cuando una se ponía mala y se convertía instantáneamente en el centro del universo. Resfriada y con un dolor de pies por esos zapatos que me compré el otro día y que eran tan monos pero que duelen. Cómo duelen. Desde la patada al carrito del mercadona mi dedo no ha vuelto a ser el mismo. Duelen que me temblaban las piernas y que dos días después sigo teniendo agujetas. Así de mucho duelen. Jo. Eran muy chulos. Mañana me los pondré y que me amputen los pies si quieren. Antes son los deberes de una y la gimnasia de la otra. Eso no son deberes. Eso es que como unos juegos del hambre de segundo de primaria donde unas maestras son las encargadas de ir cargándose a los niños a base de cuentas y comentarios de texto hasta que sólo quede uno. Pero claro, si hay algo que no aguanto son unos deberes sin hacer. Es genético. Y me da igual que existan atajos. No puedo y punto. Y antes está que cuando más liado está todo y más agotada estás es cuando decides que todavía le quedan un par de barritas color ámbar a tu indicador de energía y que te puedes poner a preparar un cocido, unas espinacas con jamón y bechamel y unas coles de Bruxelas salteadas con vino dulce, como cuando el coche te dice que debes repostar y te lo tomas como un reto a ver hasta dónde aguanta. Y cuando por fin está ya todo hecho y te echas en el sofá te das cuenta que la única cosa razonable que te queda por hacer es arrastrarte hasta la cama porque ya no tienes viente años y rezar, rezar mucho por dormirte pronto y que el indicador suba aunque sea un par de barritas más que son las que necesitas para llegar al viernes hecha una papilla a la quedada de las chicas que como vengan todas como yo vamos a parecer las fugitivas de un geriátrico. Y con esto acabo mi lamento y plegaria, porque tengo cosas qué hacer vaya por delante por supuesto mi odio y asco profundo hacia todos aquellos que disponen de algo llamado tiempo para sus cosas. Gracias a lo que sea, mañana por fin es viernes, yupi, etc, etc, y bye.