jueves, 29 de agosto de 2013

Una mañana fuera del mundo

Un año después ha vuelto a suceder. Cuando el calendario me había hecho prácticamente perder la esperanza de que sucediera. 

Esas horas perfectas compartidas a la orilla del mar.

El cielo está rodeado de nubes, sin nublarse nunca, sin despejarse del todo. El aire del norte arrastra las olas mar adentro  y al ralentizar su cadencia, estas se contonean en una insinuante danza del vientre hecha de agua cristalina y de espuma. La arena no quema. Los guijarros barridos por el viento adornan de color la orilla.

Cada elemento en su lugar, en su momento, cada uno discurriendo en concordancia con el siguiente en un frágil e imperceptible equilibrio del que está hecha la felicidad, prácticamente solos, prácticamente fuera del mundo.

Me he llenado de su aire hasta cansarme de respirar, he buceado en su agua y mientras lo hacía he bebido de ella intentando saciarme de aquellas horas pues nunca deseé tan poco alejarme de un lugar.

Y ha sido al echar una foto cuando me he dado cuenta a través del objetivo de que la Torre está prácticamente a la misma distancia que lo había estado el año anterior y me he sorprendido porque se trata de una playa casi infinita. Y me he preguntado si ese era nuestro lugar en el mundo.