viernes, 16 de agosto de 2013

En la sala de espera

Ante la perspectiva de quedarme coja, de tener que verme sometida a una dedotomía o de ver mi elegante y sexy andar deformado para siempre, me he decidido por fin a acudir a urgencias. Y creedme si os digo que este acto revela casi del milagro pues sufro de medicofobia lo cual compensa y atenúa mi hipocondría.

Lo primero, comprobar lo de siempre. Que en cuanto aparezco por aquí las visitas sufren automáticamente un parón de mínimo media hora. No me lo invento. Cualquiera que haya asistido a consulta en mi compañía lo habrá comprobado.

Lo segundo, comprobar lo rápido que se llena una sala de espera cuando las consultas sufren un parón de media hora.

Lo tercero, pensar que una es especial y comprobar que hoy viernes y por los andares de los adultos que asisten a consulta es el día de las cojeras. O sea que de especial nada. Jo.

Por fin y en plena redacción de esta entrada, cuando se han cerciorado de que no me importa esperar, me han llamado a consulta 1.

El médico es joven y entra en la categoría de los vírgenes. Parece de mal humor. Cómo le digo yo ahora que no soporto que me toquen el pie. Ay dios mío, por qué- venga, ok, mejor me callo. Últimamente estoy yo de un dramatismo. El caso es que ha empezado a manosear mi pobre dedo hasta que ha logrado que haga auch, con pronóstico de contusión. Una cosa tan chica, quién lo diría. Así que ipso facto para rayos.

En rayos compruebo mi casi nula capacidad para entender las indicaciones más tontas- ponga el pie así- no así no no, no no- no mire deje su pie se lo coloco yo- Jo.

Me entregan las radiografías y antes de dejarlas en el mostrador no puedo evitar echarles un vistazo. Gajes del oficio. Lo que yo decía. Ni fisura ni fractura. Una simple contusión. Ahora bien, no sé muy bien cómo me lo han vendado que cojeo más que antes.

Felices fiestas de San Roque!