lunes, 1 de julio de 2013

El don

Ahí donde la mayoría de la gente la hace de vez en cuando, yo tengo un don.  El don de la ubicuidad. No. Nada que ver, pero siempre me ha gustado ese don de ahí la mención. Y no se trata de una mera capacidad o de algo casual que suceda de vez en cuando. Lo mío es un auténtico don. Digno de un máster. Una cátedra. Un Nobel. Una medalla de Oro. Unos Mundiales. El don de liarla parda.


Yo primero la lío, cosa que le pasa con más o menos frecuencia a todo hijo de vecino. Y entonces, en lugar de dejarlo tal cual y que siga su curso natural, que normalmente suele ser el de desliarse solito, porque en el mundo normal, según la teoría del caos, las cosas se acaban arreglando por sí solas si las dejan.


Pues yo no. Yo soy especial. Yo oigo esa vocecita interior que me dice quieta pará, pero yo no soy de esas. Yo soy de las que intentan desliarla por impaciencia y por creimiento, y normalmente lo logro, porque si no, sería una mierda de don, logro liarla más. Y os aseguro que no es fácil. Entonces ¡oh horror! me percato de lo que he hecho no ya de primeras, que eso ya ha quedado para el recuerdo, sino de segundas, me pongo nerviosa, me aturullo, ideo rápidamente una salida genial y no sé cómo me la apaño pero lo brillante aplicado a la práctica acaba tomando tintes horripilantes y lo siguiente es aún peor, y liándola más y más alcanzo por fin el estado supremo de bola total.


Y es cuando me paro por fin. Cuando ya he agotado todas las posibilidades y maneras de liarla más, por fin paro. La única vía que queda abierta es prenderle fuego. Pero como no soy de prenderle fuego a nada, aquí estoy, con mi bola al lado, y de vez en cuando le doy un empujoncito a ver si se da la vuelta o se mueve un poco. Y son ya tantas bolas las que tengo aquí conmigo que ya no sé dónde voy a acabar metiéndome. 


Buenos días.