miércoles, 19 de junio de 2013

Mis pies

Lo sé, no es la entrada que más visitas va a recibir, no trata de temas truculentos, no hay indirectas ni directas que interpretar ni mensajes subliminales pero mis sufridores pies se merecían una entrada y como esta noche no parece que vaya a interactuar demasiado o tal vez es que no me apetezca en el fondo,

(lo siento, seguiré siendo en mi cabeza un ave solitaria hasta que me muera a la edad de 70 y pico años sola y abandonada en una ciudad sórdida del Medio Oeste americano, viviendo en un apartamento rodeada de gatos y alimentándome a base de hamburguesas de queso y batidos de vainilla)

voy a hablar de mis pies.


Me gusta tocar a la gente. Lo hago constantemente aunque todavía no he alcanzado el nivel "abrazo" aunque sí me dejo achuchar de vez en cuando. No se trata de ninguna filia ni de ningún tipo de desviación sexual. Sólo que me gusta el contacto físico con la gente, creo que es tan importante como una sonrisa o una palabra amable para demostrar nuestro no rechazo y nuestra aceptación del otro como semejante, y me he dado cuenta de lo poco que se toca la gente por aquí. De hecho, estoy convencida de que si la gente se tocara más, habría menos problemas de convivencia. Y no me refiero a cosas de esas llamémosles sexuales, aunque puede que también.


Pero hay una parte de mi cuerpo que jamás dejaré que me toquen y esos son mis pies. La historia tiene que ver supongo con unas verrugas pilladas en mi época de nadadora olímpica escolar cuando íbamos a la piscina municipal con la clase de CE1 o de CM2 y el tratamiento legal más nazi jamás inventado por el ser humano. De hecho estoy convencida de que las cucarachas sobrevivirían a un holocausto nucelar pero jamás de los jamases a aquel tratamiento para erradicar las verrugas y que consistía en quemarlas con un líquido abrasador y arrancar lo que quedaba de raíz cortando con una cuchilla.


Sólo de acordarme me mareo.


Consiguieron erradicarlas pero desde entonces nadie volvió a tocarme los pies. Nunca. Sobre mi cadáver. Incluso a veces me cuesta tocármelos a mí misma. Sólo de pensar que me los tengo que tocar me entra un no sé qué que me iiiiiihhhhh. Es más. Si veo a alguien tocándose los pies, por reacción empática, me da un no sé qué que iiiihhhhh. Así que os ruego que no os toquéis los pies en mi presencia. 



Un día os contaré lo que me pasa con las nueces de los hombres. No soporto que nadie se toque la nuez. Además, ¿a quién se le ocurrió la brillante idea de ponerles a los tíos un timbre en el cuello? Sólo de imaginarme a alguien tocándose la nuez me entra un no sé qué que me iiiiiiiihhhhhhh. Así que, ¿podríais evitar tocaros las nueces delante de mí?


Gracias.


Good night.