sábado, 4 de mayo de 2013

The Paint-Your-Own-Pottery studio

Hemos ido las dos, mi grande y yo, al taller esta mañana por primera vez. La insistencia de mi compañera ha acabado despertando nuestra curiosidad y la verdad es que pese a la hora temprana, ha merecido la pena.

Por fuera, el escaparate se parece más al de una sala de exposición de objetos de porcelana que al de un taller de cerámica como me imaginaba que sería y mi Gabriela ya tenía dudas sobre si lo encontraríamos. Pero bueno, ha sido cuestión de probar suerte y de preguntar si aquello era el sitio y así era.

 Es una sala de paredes blancas, con bastante fondo, tanto que la luz del día penetra con dificultad pero aún así, las luces no están encendidas y sin embargo se ve con claridad. La estantería de la derecha cubre toda la pared y está llena de botes de pintura y de figuras de porcelana blanca cruda. Supongo que el término técnico será el de terracota sin cocer. La verdad es que no tengo mucha idea. Y también hay un montón de cerámicas ya pintadas y cocidas, desde figuras muy pequeñas hasta otras espectaculares en su complejidad y en la paleta de colores desplegada. En la pared de la izquierda, han colgado otras figuras y en medio de todas ellas, hay como un gran cuadro hecho de azulejos; cada uno de esos azulejos parece haber sido pintado por alguien diferente, y no es difícil imaginar que ahí han quedado reflejadas las firmas de todas y cada una de las personas que han pasado por las vidas de los dueños del taller. Pero creo que lo que de verdad atrae la atención del que va a pintar por primera vez es el aspecto esmaltado de la cerámica, la magia de los colores cuando brillan. 

Los dueños son ingleses y más allá de la barrera del idioma está la barrera de las costumbres. El fallo ha sido mío por entrar de forma tan directa y olvidarme del país en el que me hallaba. El inglés no es como el español, no le gustan los cambios bruscos, le gusta tenerlo todo controlado y planeado con anticipo. Así que no me he sorprendido cuando la dueña, con aspecto amable y voz dulce, me ha repetido que había que reservar. Para tranquilizarla, le he pedido disculpas y le he dicho que no nos importaba volver la semana siguiente. Pero al final no le ha importado que nos quedáramos.

Y salvado ese primer malentendido, la verdad es que han sido muy amables los dos y con lo que le gusta pintar a mi Gabriela, ha disfrutado un montón pintando aquellas mariposas. En lo de pintar y dibujar le ha salido a su abuela Gabriela, no me cabe la menor duda. Aunque el otro día, y después de encontrarle un dibujo de una sirena desnuda y de un hombre también desnudo me costó una clase de historia del arte del desnudo hacerle entender que no había nada de qué avergonzarse si lo que de verdad le interesaba era dibujar cuerpos desnudos.

Poco a poco, durante la hora y pico que hemos estado allí, hemos hablado de nuestras cosas y la verdad es que son una pareja entrañable. Y después de ver lo bonito que queda aquella pintura esmaltada al cocerse, tengo mucha curiosidad por ver el resultado y por ver cómo han quedado las piedras pintadas con una pintura especial que se llama cristal y que lleva pequeños trozos de colores que al hornear las obras estallan y se transforman en destellos multicolores.


Lo que me sorprende y me choca es que nunca antes había oído hablar de este tipo de talleres. Pero bueno, siempre hay una primera vez. Esperemos que como buena idea que es prospere.