sábado, 11 de mayo de 2013

Se cayó, del verbo caerse.

Soy una chula estoy loca tengo mala follá un puto pronto que me mata irascible de carácter incontrolable y la mayoría de las veces difícilmente aguantable intolerante absolutamente bipolar gritona prepotente egocéntrica-


Y esto sin adentrarme en mis defectos. La lista es hélas larguísima.


Pero por alguna clase rara de disfunción erectil que ninguna Universidad de las importantes ha tomado la molestia de estudiar aún, cuando me caigo pierdo la chulería. Hubo un año en particular, el año de las caídas, que mi vida parecía mismamente un vídeo de esos caseros que recopilan un montón de hostiones seguidos. Bueno, tal vez exagere pero es cierto que me caí tres veces como mínimo que yo recuerde.


La primera que recuerdo del año de las caídas (the falling year) fue en la discoteca de La Alfoquía, cómo se llamaba..., no lo recuerdo, sé que el DJ era Blas, era genial, con su Mariachi Total, lo volvimos a ver años después en Olula, con su mujer y su hijo, espero que todo le haya ido bien bien bien, bueno, pues eso, lo normal, te pones a bailar en una tarima, algo así como el It's my life de Bon Jovi, que digan lo que digan se baila pegando botes, y de repente alguien te quita la tarima de debajo y de un bote desapareces entre la multitud colindante (imaginad el gentío que te puedes encontrar en una discoteca en La Alfoquía). Y claro, como nadie me vio, pues tuve que ir y contárselo a la peña.


La segunda caída que recuerdo fue en las fiestas de La Alfoquía (¿sería el destino?). Estábamos en la típica caseta de música para jóvenes modernos, y de nuevo esa música infernal que me obligaba a pegar botes, sí, bailaba pegando botes, daba igual los zapatos, tacones, zancos, el caso era pegar botes, y en un momento dado, mis botes empezaron a llevarme para atrás, cada vez más atrás, tan atrás que vi cómo se alejaba la peña sin que ninguno se diera cuenta de que me iba para atrás, y parecía que nada me pararía pues la gente, imagino que pensando que se trataba de un paso nuevo, me iba haciendo el pasillo para que no interrumpiera mi baile para atrás. Pero todo lo bueno acaba en algún momento, y tanto que se acabó que me caí de espalda y de cabeza al suelo, incluso me mareé un poco, en pleno centro de un corrillo formado por dos parejitas que bailaban en plan más normal. Lo bueno es que conservé la decencia y me preocupé más por que no se me vieran las bragas que por el traumatismo cervical y encefálico sufrido. Y claro, como nadie me vio, pues me levanté con la ayuda de aquellos muchachos y tuve que ir y contárselo a la peña. Recuerdo que llevaba una minifalda negra y una camiseta negra. Por delante. Por detrás iba más tirando a color polvo del suelo de lo que viene a ser un terrario. Y hasta que no me di la vuelta no se creyeron nada de los motivos de mi desaparición. Y Jesús decía que en su coche no me llevaba con el polvo que llevaba que le iba a ensuciar el coche, que de eso también me acuerdo perfectamente. Y también recuerdo que entonces tuve conciencia de que los chichones no le salen sólo a los niños.


La tercera vez de aquel año que me caí fue en las fiestas de mi pueblo. Recuerdo que llevaba un vestido de tirantes largo y negro, pero esa caída no fue tan espectacular. Sólo me caí de culo toda la rampa de salida del Cáscaras. Algo así como hacer snowtubing sin snow, sin tubing y con traje de gala. Lo bueno es que no tuve que ir a contárselo a la peña porque estaban todos allí. De hecho tuve la sensación de que me había visto todo el pueblo. 


¿Y qué?


La última vez que me caí fue de rodillas en la alfombra de mi casa. Me hice mucha pupa. Eran las 7 de la mañana y me enganché con el cable del ordenador al coger mi Wiko. Como me dio tanta vergüenza admitir que había sido por un motivo tan idiota como coger el móvil ya de tan buena mañana, pues como que me callé. Del verbo callarse. Pero sólo hasta que llegué al instituto. 


Y ya está.


 Ahora a estudiar!!! ;))


(PD: Momento perfume. Momento algoritmo. Qué bonito)