jueves, 11 de abril de 2013

La parábola de mi amiga Peggy

Reflexionando sobre las "cosas" que ocurren, me he acordado de una chica que un día fue mi mejor amiga.

Se llamaba Peggy pero me es imposible recordar su apellido. Tengo un memorión para según qué cosas y para otras ninguna, lo que viene a ser una memoria selectiva.

Peggy aparece en todas las fotos de fin de curso de mi etapa en el colegio de monjas. Y también en las del instituto. Sí. Estuvo en mi vida durante siete años y no soy capaz de recordar su apellido. Lo admito. No lo siento.

Hace un par de años mis padres me convencieron para que colgara una foto de mi curso cuando estuve en "seconde" y así lo hice. Curiosamente la única que se puso en contacto conmigo fue ella y ya no llevaba su apellido. Así que supuse que al final había abandonado la idea de hacerse monja para casarse. Pero aún no le he contestado.

Éramos las mejores amigas. Era esa persona a la que conté hasta mis más íntimos secretos y supongo que la primera persona en la que confié.

Una mañana de lunes como cualquier otra, cursábamos las dos "seconde", no recuerdo los detalles concretos de cómo sucedió pero sé que en algún momento de la conversación de aquella mañana al llegar al instituto, después de los dos besos de rigor a todos, así hablando, me enteré de que había invitado a Éric Bernoux, una enorme cabeza sobre un cuerpo larguísimo y altísimo, a su confirmación la cual había tenido lugar aquel mismo fin de semana.

No recuerdo cuántos días tardó mi cabeza en procesar aquello. Sé que una mañana llegué al instituto y simplemente no le volví a hablar.

La amiga de verdad de la que sí me acuerdo y que siempre estuvo ahí en mis dos años en casa de mi tía Antonia se llama Laurence Antoine. Con ella compartí mis dos últimos años de instituto y la verdad es que sólo guardo buenos recuerdos de aquella época que pasé con ella. Deseo que su vida haya sido igual de llena que la mía.

Buenas noches!