jueves, 14 de marzo de 2013

De espíritus....

(Haré un parón creativo en plena cogorza del mozo; dejaré que la duerma a ver si así se despeja y puede contestar a las preguntas de los investigadores. 

Lo bueno es que en lo personal esta noche me siento mucho más fuerte de lo que lo he estado desde el lunes...)


Hay dos temas que nunca fallan con los alumnos más recalcitrantes a la hora de prestar atención. 

El primero, el sexo. 

El segundo, los espíritus. 

Pero no os pongáis histéricas de antemano. Ya os estáis llevando las manos a la cabeza y aún no he dicho nada.

Con respecto al primero, sólo hay una cosa que no me hartaré nunca de repetir. La protección. En todo. Siempre protegidos. Para todo. La cabeza, las manos, los pies, las piernas, los antebrazos, todo, lo que viene a ser todo. Y punto. ¿Claro? Vale.


El segundo tema, bueno, siempre resulta mucho más interesante...



Supongo, mi estimado lector, que eres de ese 90% que no cree en los espíritus y que nunca ha participado en una ouija. Pues te invito a no hacerlo nunca pues sus consecuencias son imprevisibles...

La primera vez que participé en una ouija fue en un piso de la Plaza de Toros de Granada. Mi amiga Lupe me había invitado a café y estando allí metidas las cuatro y sin mucho que hacer, nos pareció una idea interesante para amenizar la sobremesa. En aquel entonces, no teníamos ni smartphone (algun@s seguimos sin) ni internet ni necesitábamos darle a la botella ni a nada en concreto la verdad. 

Los pasos a seguir para invocar un espíritu son muy sencillos. Sólo se necesita tener un dedo puesto encima de un vaso pequeño. Eso es todo. Y si no lo fuera todo, tampoco lo diría. No desvelaré ese secreto para evitar malas tentaciones...


Aquella primera vez para todas menos para Lupe, nos costó invocar a alguien al principio, pero la verdad es que en cuanto hizo acto de presencia, y supongo que alentado por la presencia de cuatro chicas de dieciocho años con ganas de diversión, pasamos los cinco un rato muy agradable. Tanto que acabamos tiradas en el suelo con sólo un índice puesto en el vaso, bien fumando, bien levantándose alguna para estirar las piernas y riéndonos muchísimo con él. Y claro, al final, todas le hicimos la pregunta de honor, quién sería nuestro gran amor y lo único que puedo asegurar es que su respuesta no respondía para nada a mis expectativas de aquel entonces y por eso no le hice ni caso y me lo tomé a guasa.

La segunda vez que hice una sesión de espiritismo fue en el dormitorio de una compañera de piso en la calle Beaterio del Santísimo, en Granada. El piso databa de 1876 ó 96. Tenía y lo aparentaba bien, más de un siglo de antigüedad. Con los techos altos, algunos pintados con frescos y semi derruido. En mi dormitorio de cama de matrimonio cabía un biombo y una sala de estudio. Sin embargo los dormitorios más bonitos aunque más pequeños eran los que daban a la calle porque les daba el sol todo el día. El mío era muy oscuro. Sea como fuere, era el lugar propicio para una sesión de ouija que demostrara de una vez por todas que no se trataba sólo de fantasías inventadas por Lupe y por mí.  En esa sesión, sí participó mi novio, el más escéptico de los ocho o diez que estábamos. El espíritu hizo su aparición tan deprisa que en seguida levantó la sospecha de que Lupe y yo estábamos moviendo el vaso. Así que propusimos al resto que realizara una pregunta al espíritu de la que sólo ellos conocieran la respuesta. Y el espíritu le contestó A-K-O a mi novio. Y desde entonces, nunca más ha dudado de que aquello pudiera ocurrir de verdad. En cuanto a los que no lograron creer aquella noche,, entre otros a la inquilina del dormitorio y a su novio, ya de madrugada, se les cayeron todos los libros de la estantería que tenía en el dormitorio. Gajes, supongo.

Hemos hecho sesiones de espiritismo familiares en casa de mi madre también, lo cual ahora que lo pienso puede ser una temeridad. Porque hay espíritus buenos, pero también los hay malos, y nadie quiere compartir casa y espacio con un espíritu maligno. Aunque hay veces en que he llegado a pensar que podíamos ser nosotros mismos los que movíamos el vaso con el simple poder de nuestra mente. No lo tengo claro todavía.

La última vez que hice espiritismo fue con mi hermana, una noche en que se fue la luz y nos quedamos en mitad de una película. Estábamos tan aburridas, sin nada que hacer, que rápidamente preparamos una ouija, encendimos dos velas y nos pusimos a invocar. No tardó mucho en darnos señales de su presencia.  La pregunta de rigor, ¿eres bueno o malo? Y después de unos minutos conversando con él, el vaso se deslizó hasta el final de la mesita del comedor y si no lo llegamos a coger antes, casi se estrella contra el suelo. Nos quedamos heladas. Quisimos despedirnos de él y una vez más el vaso se fue peligrosamente hasta el borde de la mesa. Pasó hace más de siete años así que no recuerdo cómo acabó pero sí que dejamos la ouija inmediatamente. Y todavía recuerdo el nombre que nos dio. Escribió que se llamaba Hahahel. ¿Es ese un nombre real? Aaah...



Buenas noches buuuuuuhhhh....


(Hay dos gatos que se han puesto a pelearse o a ligar, porque en el caso de los gatos, los maullidos son los mismos, del otro lado de la ventana, así que ahora es cuando yo me acojono subiendo por las escaleras a mi dormitorio y me escondo debajo del edredón hasta que dejo de sentir esa horrible opresión en el pecho...)