martes, 22 de enero de 2013

Las carretillas

Del repantigueo

Empecé esta entrada el mismo día de las carretillas de eso hace ya una semana. El por qué tardo tanto en escribir últimamente... Es por el repantigueo. Aparte de que hace un frío, ¿verdad? Brrrr. O también puede que sea porque no tengo una chacha que me haga las cosas, ni una nurse que cuide de mis niñas, ni un negro que dé las clases por mí (y me refiero al trabajador, ojo) ni una muñeca hinchable que converse con mi marido (y no me refiero a favores sexuales, ojo) así que cuando mi día acaba por fin, me gusta repantigarme en mi sofá, echarme una mantita encima y dedicarme a ver programas chorras hasta que me invade un sueño inevitable.

Hechas las presentaciones y dadas las explicaciones, prosigamos pues.


De las carretillas


Soy guiri, lo admito, soy guiri en mi tierra, y hay ocasiones como hoy en las cuales reivindico mi condición; es más, soy una guiri de las buenas, de las que se maravillan cuando descubren algo nuevo, que abren los ojos como platos y echan babilla cuando le cuentan alguna anécdota autóctona y que intentan memorizar repitiendo una y otra vez cada expresión nueva o palabra que sabe que no oirá en ningún sitio nada más que aquí. Eso sí. Os daré un consejo. No menospreciéis nunca a un guiri cerca de vosotros. Mirad a través de su mirada, puede que descubráis cosas que siempre tuvistéis delante sin verlas jamás.


El caso que nos concierne hoy es una serie de costumbres extrañas que se desarrollan por estas fechas en esta tierra tan rara a la que me tocó volver, la mayoría de las cuales están relacionadas con el fuego y lo que se denomina pól-vo-ra. Sí. El porqué, no lo sé, nunca he tenido la curiosidad de buscar la razón de la devoción reinante que existe por ella aunque intuyo que debe ser apasionante.


Hace unos años tuve la ocasión de vivir una noche de estas. Advierto que el miedo infundido y las recomendaciones ante el peligro de las carretillas no son vanos. Lo he visto vivido y comprobado.


Importancia de la ropa: siempre ir enfundado en prendas 100% ignífugas, o séase algodones, lanas y demás tejidos de procedencia natural.

(Fashion tips: como sabrán las más entendidas, la seda también es ignífuga; así que en lugar de ir vestidas como mineras, por qué no innovar con el primer mono carretillero de seda; eso sí, la cantidad de tiznajos hallados en la ropa es proporcional al apego que tengáis por la susodicha).

No dejéis ni un agujero, hueco o pliegue por el cual pudiera penetrar la carretilla. Remeted bien los pantalones y puños en botas y guantes. Está comprobado que una vez encendida, la carretilla se deshace en mil y una piruetas y en alguno de sus triples mortales de fuego, nadie garantiza que no penetre hasta el más recóndito recoveco en busca de vuestra carne.

 Guardad todos los enseres y menesteres callejeriles en cocheras, bajos y cobertizos. Cualquier y cualquiera que se encuentre en la calle a partir de las once podrá ser pasto y alimento de la pólvora y de  las llamas.

Tenéis hasta esa hora para disfrutar de la compañía de los vecinos en las lumbres que se han encendido en cada cruce de barrio. Ahí se come fiambres exquisitos, se charla y se disfruta del vino del país cantoriano,  de color rosado y muy rico pero en todo momento estad pendientes del reloj porque tenéis hasta las once.

Esa es la hora en la que salen los carretillos; una procesión de seres irreconocibles y casi fantasmagóricos de bocas y cuellos tapados con bufandas y bragas de lana, cabeza cubierta con gorras y cascos, y  ojos protegidos por enormes gafas, con el talín colgando del hombro, pero nunca agarrado al cuello para si se prendiera fuego poder soltarlo deprisa, y armados de un mechero chisquero.

No estaba programado, pero en pocos minutos nos convencieron para salir con ellos, dejándonos cascos y gafas. Nos iban tendiendo carretillas que íbamos encendiendo una tras otra con sus mecheros. Anduvimos con el grupo, siguiendo el recorrido de los portales en los cuales nos esperaban para ofrecernos bebidas y alimentos no sin haberles tirado unas cuantas carretillas antes. Yo aguardaba con impaciencia el momento de abandonar la compañía para seguir sintiendo el poder que otorga la carretilla cuando la tienes agarrada pero nunca apuntando a los demás carretilleros y de pronto se prende la pólvora y la limadura de hierro se desata en un haz de luz mágica. Una vez prendida, en lugar de tenerla sujeta hasta que muere la luz, algunos la sueltan al suelo y entonces la carretilla se vuelve loca y corretea furiosamente dejando un reguero de destellos como nerviosas serpientes de luz, envolviéndolo todo con el ácido olor de la pólvora que pica nariz y garganta pero que no quieres dejar de sentir. Si te mueves la carretilla te seguirá movida por la masa de aire que vas desplazando a tu paso.  


De aquella noche recuerdo muchas cosas. Aunque no recuerdo sentir calor o frío. Recuerdo no reconocer a la gente detrás de sus caretas. Las calles desiertas y en penumbra sólo ocupadas por el ejército de carretillos armados de sus carretillas iluminándolo todo a su paso. Unos pocos guiris como yo, pero estos en manga de camiseta tirados en la acera y borrachos en frente de la iglesia ajenos al peligro que corrían. Recuerdo ver la piel de un antebrazo picoteada por la limadura de hierro de un carretillero imprudente. Un talín prendiéndose fuego y cómo el carretillero lo soltó deprisa abandonándolo rápidamente en mitad de la calle. Recuerdo la unión de los carretilleros, el sentimiento de pertenecer al grupo, y de compartir con ellos la magia de aquella noche. Fue un momento extraordinario, una noche inolvidable...


Volvamos ahora al momento de repantigarnos..