miércoles, 21 de noviembre de 2012

Parad el mundo que yo me apeo

Rebuscando al Santo Job y su inmensa paciencia (el primer caso de cámara oculta registrado de la humanidad) y convencida de que este había fijado su morada en un tonel, me topé con un habitante de tinaja mucho más interesante, si mi recién estrenada condición de catequista me permite la apreciación, y ese no es ni más ni menos que Diógenes.


Ya sé que cuando hablamos de Diógenes nos imaginamos en seguida pisos malolientes repletos de mierda, yo era de las que miraba a Diógenes por encima del hombro con profunda repulsión, y no sé quién promovió semejante campaña de desprestigio que no sean, claro, los lobbys banqueros que gobiernan y dirigen este mundo Kapital en el que vivimos pero Diógenes no tiene demasiado que ver con el preconcepto ni con el síndrome.

Curiosamente el papá de Diógenes también era banquero, y no sólo eso sino que era de los buenos, un banquero corrupto al que supuestamente habrían pillado fabricando monedas falsas. (Y si además la madre era concejala de cultura de alguna polis griega, estaríamos ante lo que se llama vulgar y comúnmente hoy en día un completo). Y el vástago de este digno ancestro de todos los que nos han metido en la mierda actual fue paradójicamente el primer perroflauta de nuestra civilización occidental.


Por cierto, perdonad que use términos malsonantes con tanta facilidad, pero si os habéis fijado en el título de esta entrada, no está el horno ni para bollos ni para buscar bonitos "retorismos".


Y hay momentos y días en que me encantaría padecer el síndrome de Diógenes pero no el inventado sino el genuino. Días como el de ayer en que acabas con la cabeza tan embotada pero no por ti sino por una "conspiracy" de ajenos que parecen ir a por ti concatenadamente y de pronto te quedas impotente y paralizad@ sin saber muy bien cuál es el siguiente paso que vas a tener que dar ni por qué tener que dar ninguno si a cada paso te hundes más y más en la mierda, y te peguntas si de verdad queda algo que merezca la pena. Y si no es así, puede que eso de desprenderse de los convencionalismos sociales, ocupar la plaza pública porque es de todos, no pertenecer a ningún sitio concreto sino ser un ciudadano del mundo, vivir libre y sin ataduras artificiales y superficiales no sea algo tan demencial  ni tenga tanto de malo en el fondo. Pero que no cunda el pánico que en el fondo soy una cobarde de la pradera y no preconizaré el diogenesismo más allá de esta entrada. Pero qué ganicas tengo a veces de mandarlo todo a tomar por el culo, dejarme caer en una esquina y verlas pasar.


PD: y por cierto, me encanta que haya tantas teorías sobre el lugar exacto donde se emplazaba la tinaja donde vivía Diógenes. Creo que eso es lo fundamental, que saberlo es de vital importancia, en serio. Esto y lo del síndrome del susodicho, algunas muestras más de la esencia de nuestra humanidad.