viernes, 23 de noviembre de 2012

Lecciones de psicología inversa

Llegados a este punto, he de admitir que de todos los infortunios que me habían acaecido en escasamente una semana, sin lugar a duda el más traumático fue el que me ocurrió el pasado martes llegando incluso y por unas horas a hacerme enfermar al punto de replantearme seriamente la mudanza a la tinaja de mi anterior post.


No fue tanto digerir unos resultados medianamente aceptables en matemáticas y en lengua de una niña de 6 años cuyo potencial jamás antes había sido puesto en tela de juicio como descubrir que este pequeño angelito pelirrojo de maravillosos ojos aguamarina nos estaba mintiendo, engañando y ocultando sistemáticamente los exámenes que le iban poniendo en la escuela.


Entiendo que el lector medio se enternezca de las travesuras de este adorable querubín y que como a algunos les dé por reírse pero los que se enfrentan diariamente a las trincheras de las aulas comprenderán por qué en cuestión de minutos se prendieran todas las alarmas, y no sólo las metafóricas, en el otrora dulce hogar de los Martos García y que la escena final revistiera espantosos tintes de tragedia griega. 


Sobre el estado de furia y desesperanza al que me arrojó el funesto hallazgo prefiero dejar vagar la imaginación del lector pero no hay peor castigo para alguien que durante toda su vida ha profesado el gusto por el estudio y fomentado la cultura del esfuerzo que la niña en dos meses en primaria le salga rana. 


Puesto en antecedentes, el lector seguro estará deseoso de conocer el desenlace de esta trágica historia. Pensará el lector que tras el estado de ansiedad al que estuvo sometida toda la familia durante aquellas dramáticas horas, la cosa cambió a mejor y que todo acabó resolviéndose satisfactoriamente en el mejor de los mundos.


Pues lamento informar al lector de que se equivoca estrepitosamente y hoy de nuevo la niña ha llegado del cole mintiendo, mejor dicho, no diciendo la verdad acerca del examen del lunes. 


Así que ante la imposibilidad de hacerle entender a tan pequeña criatura el funesto futuro que le cabe esperar de no recapacitar a tiempo, he tomado una drástica decisión. Con tono tranquilo y pausado, le he prohibido tajantemente que de ahora en adelante estudie. Le he liberado de toda obligación acerca de ejercicios y de deberes. Le he emplazado a no realizar nunca más tarea alguna y mucho menos estudiar para exámenes venideros. Le he exhortado a que aprenda a robar empezando por el monedero de la maestra y llegado el caso y por qué no a matar si tuviera la necesidad, y/o a casarse con el primer feo imbécil con dinero que encuentre y lograr así la felicidad que otorga el dinero. Que puede que en un momento dado, su padre y yo tuviéramos que divorciarnos por divergencia de opiniones acerca de la manera de criar a nuestros vástagos, o que el director de su colegio tuviera que echar mano de asuntos sociales y que estos se vieran en la tesitura de buscarle un hogar mejor, puede que con suerte en esa mansión que tanto anhela, pero que inequivocadamente, el pobre corazón de su anciana madre se resentiría y no aguantaría el golpe. 


El caso es que me ha perjurado entre sollozos que nunca jamás volverá a engañarme acerca de sus exámenes, que le deje por favor estudiar y se ha puesto a la tarea con presteza; es pronto para pensar que el método ha dado fruto así pues espero con impaciencia su próximo examen para comprobar el resultado de esta pequeña, poco ortodoxa y diría yo que políticamente incorrecta artimañana ¿pedagógica?.


Volveré a informar en cuanto se produzca alguna novedad.


Un saludo desde el frente. 


 Cambio y corto.