jueves, 1 de noviembre de 2012

La tienda

Hay un comercio en esta  villa dedicada a la venta de ropa para niños. Es una tienda muy bonita en una esquina, con un escaparate muy cuidado que siempre llama la atención y tiene tal variedad de prendas y calzados que todos los años íbamos un par de veces acompañados de las niñas. Sin embargo, hace un año y después de nuestra última visita, decidimos no volver. El motivo es peculiar, lo admito. Pero era entrar en la tienda y de pronto las niñas adoptaban un comportamiento errático. Mis hijas no mean agua bendita precisamente, y sin embargo no son muy distintas a la mayoría de los niños, que en casa se comportan como bestias pardas y en la calle como angelitos; así son todos los niños o al menos la mayoría, incluidas las mías.


Pero en esa tienda no.


En cuanto la pisaban, se ponían muy nerviosas al punto de correr de una punta a otra de la tienda, gritar, esconderse en los probadores, huir de nosotros cuando intentábamos sujetarlas por el brazo, no atender a nuestras advertencias. Incluso en alguna ocasión, mi hija mayor que no contaba por aquel entonces más de 4 años, empezó a cantar: 

Pito, pito gorgorito
¿dónde vas tú tan bonito?
A la era verdadera.
Pim, Pam fuera.
La vaca lechera 
se ha comido 
Una mierda.


Me pilló de sorpresa porque nunca antes me la había cantado de aquella manera y no pude más que  regañarla y decirle que eso no se decía, a lo que volvió a cantarla igual; le regañé más fuerte y ella volvió a cantarla mientas las demás clientas empezaban a mirarnos. Por más que le dijera que no cantara aquella canción, la volvía a cantar una y otra vez hasta que decidimos huir de allí literalmente


Esa fue una entre otras aunque para mí la más memorable. Cada vez que pisábamos la tienda, era automático. Y en cuanto salíamos las niñas volvían a ser dos seres normales. Atónitos como nos quedábamos sin encontrar explicación alguna a semejante poltergeist, llegamos a pensar que era algo en el aire, algún tipo de ambientador que las ponía nerviosas a las dos y nos propusimos no volver al menos con ellas.


Hasta que hace un mes más o menos, algo le ocurrió a una prima mía que se casaba y había buscado una tienda que le ofreciera unos vestidos de arras parecidos a los que tenían ya mis hijas que iban a ir de arras junto a otras dos niñas y en esa misma tienda, la hija de la dependienta le había encontrado un modelo similar y todo estaba cerrado. Hasta que el día en que iba a encargar los vestidos se topó con la señora dependienta.


 Intentaré transcribir la conversación tal y como me la contaron.


- ¿Que yo te voy a vender un vestido de arras? ¿ Como que dos modelos diferentes? Yo tengo una reputación en este pueblo y no pienso dejar que asocien mi nombre a esta cutrez. Menuda horterada. Y esos vestidos. Por Dios, si esto se llevaba en los 80. Y de qué están hechos, si parece poliéster del barato. Yo vendo calidad. ¿Y a quién se le ocurrió ponerles medias? Esas crías van feísimas. Por favor, no pienso tener nada que ver con esto. Y ¿por qué quieres pagarles tú el vestido a las madres? ¡Eres tonta! ¿Te crees que te lo van agradecer? Yo regalé los dieciseis trajes de pajes de la boda de mi hija y ninguna me lo agradeció. Que se lo paguen ellas...
Y todo lo dijo sin pestañear, sin alzar el tono de voz, una voz aguda muy muy baja, con la mayor naturalidad del mundo, después de ojear unos segundos la foto que mi prima llevaba en su Iphone, sin mostrar ningún tipo de contemplación ni un atisbo de empatía hacia la novia  que se iba descomponiendo poco a poco. Es que esta criatura que despotricaba y despotricaba sin parar ni siquiera tuvo la inteligencia "comercial" suficiente como para refrenar su incontinencia verbal.

Lo que ha hecho que este pequeño incidente tenga para mí la relevancia suficiente como para dedicarle una entrada de este blog es si una cosa está relacionada con la otra, tomando en cuenta que ambos hechos anodinos pero sin duda anómalos ocurrieron en el mismo lugar. ¿Era la maldad aparente de aquella señora lo que presentían mis hijas y que las descontrolaba? Como una suerte de energía o de halo maligno que desprendiera aquella conciencia y que concentrada en aquel cubículo, hiciera que las personas más sensibles reaccionaran de forma anómala como lo hacían mis dos enanas. O tal vez la maldad habite aquel espacio desde la eternidad y esa pobre criatura no sea más que una víctima.


¿Quién sabe?


¡Feliz Día de los Santos!