jueves, 3 de mayo de 2012

La mirada del otro (impresiones)

Que nadie espere nunca encontrar aquí ningún tratado o ensayo ontológico. Y añado que carezco de la capacidad de trasladar mi experiencia personal al nivel empírico o al terreno metafísico.  Y dicho esto, vaguemos...


Esa mirada.


Ese niño tenía una mirada dura, anocrónicamente dura para su pequeña estatura. De hecho, creo que en todos mis años como enseñante, nunca me encontré con un caso parecido. He tenido alumnos muy jóvenes de miradas tristes, o ausentes, que sufren o enferman. He tenido alumnos con miradas duras también. Pero estos ya estaban de vuelta. De vuelta de todo.


Sin embargo ese niño, repito, presentaba un anacronismo terrorífico. El tono de piel claro de mejillas sonrosadas, los labios de un bonito tono frambuesa, los ojos grandes y adornados de largas pestañas aun infantiles, la voz cantarina de un niño chocaban de pronto con la dureza y la acritud de su mirada. Y no era el halo desafiante que la envolvía lo que más me incomodaba desde que me cruzaba con ella y que  parecía perseguirme hasta la mesa del profesor, sino el odio que me trasmitía.


Es fácil dar la apariencia de roca, con inteligencia y mucha práctica, al final se consigue, como todo en esta vida; pero la inseguridad y la vulnerabilidad siguen ahí dentro.  Y de pronto sientes que algo amenaza tu seguridad, tambalea el Establishment que tanto trabajo te ha costado montarte en la República Independiente de tu mente, y no sabes el por qué ni el cómo, pero te está mirando y algo tienes que hacer para restablecer esa seguridad que tantas hostias te ha costado conseguir.


Y te estás montando toda una paranoia cuando de pronto, oyes una voz de pito que reconoces, sabes que procede de esa mirada y su tono es cordial, te atreves a cruzarte con la mirada y el odio ha desaparecido. Y te das cuenta que en el espacio de pocos minutos, has juzgado, prejuzgado y condenado, te has creído el centro del universo y que el estado de ánimo y las vivencias de los demás giraban en torno a ti. Y tía, no es así. ¡Vive y deja vivir!





(And a rock feels no pain. And an island never cries.)